Opinion · Otras miradas

No ser madre

Ayer decía el líder del PP, Pablo Casado, que habrá que volver al derecho al aborto de 1985 para pagar las pensiones. Ponernos a parir como locas es su única y machista solución.

Que le quede muy claro a Casado y a todos los que piensan como él que, al menos yo, no voy a parir por la patria, no voy a parir por el Estado, aunque me tachen de mala mujer, mala española o golfa. A Casado y sus semejantes les da igual. Ante cualquier complicación, las ricas seguirán abortando fuera porque se lo podrán permitir. Las pobres lo tendrán mucho más difícil. Casado y sus semejantes pueden tener el dinero que buscan para las pensiones si sus partidos devuelven todo el dinero robado y corrupto, si rechazan reformas laborales que nos han empobrecido a todos y todas, si obligan a determinadas empresas a pagar el impuesto de sociedades, si los más ricos pagan más seguridad social, si no repetimos políticas de amnistías fiscales o si no rechazan la llegada de inmigrantes. Y a mí no me venden la mentira. Su fin no es sostener las pensiones, es privatizar las pensiones y nos usan y responsabilizan para disfrazar de falsa necesidad esa política machista. Porque si, de verdad, le importase la mujer y la natalidad fomentarían estabilidad laboral o políticas públicas de Igualdad eficaces.

Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre la no maternidad y me callo porque sé que no gusta que se hable de esto, incluso con compañeras. Desde que nos regalan de pequeñas la primera muñeca con el cochecito, no puedo evitar analizarlo como la forma de socialización más perfecta de lo que se espera de nosotras. De nuestro “destino biológico”. De convencernos, desde pequeñas, a ser madres en un mundo de tonos pastel, donde el bebé deja de quejarse “cómodamente” cuando les quitamos las pilas.

De pequeña me agobiaba con todo lo que aprendía más allá de aquel muñeco de Reyes, por ser mujer. Me agobiaba pensar que un hombre me pondría un día un anillo y que sería “de él”, como en los cuentos, porque decir “no” o separarse, por entonces, seguía estando mal visto. Una vecina del barrio se había separado y todo el mundo hablaba mal de ella. Me agobiaba pensar que, en algún otro país, sería la señora de X, cuando yo tenía mi propio apellido. Jugaba con los muñecos, pero me aburría pronto y los cambiaba por libros o el peluche de perro. Me molestaba el traje de princesita cuando había que disfrazarse, y lo rechazaba de forma frontal. Me agobiaba, conforme crecía, que un día una pareja me dejara porque yo NO quisiera ser madre. A día de hoy no tengo hijo ni perro, pero es mucho más probable que un día tenga el segundo que el primero.

Recuerdo que de pequeña, en una reunión familiar, dije que no iba a tener hijos. Se rieron de mí y dijeron que ya me tocaría. Obvio, tenía unos siete años, pero a día de hoy, ni me ha tocado ni ganas tengo.

Me irrita notablemente cuando dan por hecho que tengo hijos. O cuando respondes que no, y preguntan: “¿y por qué no eres madre?”. Básicamente porque no me da la gana y porque no tengo que dar razones. Yo no pregunto a mis amigas que son madres por qué han sido madres. Yo no he sentido nunca ese instinto materno y por eso no soy menos mujer ni una incompleta. Ni busco ese espíritu materno ni lo voy a buscar porque no se me ha perdido. Desde mi punto de vista, me ha parecido siempre otro invento patriarcal para removernos la conciencia sobre el ser madres o no. Ese… ¿por qué yo no lo siento y todas las demás, sí?

Hay gente que nos ha visto siempre como máquinas, como incubadoras andantes, con esa perspectiva biológica de que “algo le tiene que pasar si no quiere ser madre”. Pues podemos tener útero y no destinarlo a ello y nos gustaría que nos dejaran de preguntar o  de calificar si no contemplamos esa opción. Salen las estadísticas de la baja natalidad y las miradas se posan sobre nosotras. En muchos casos, además, sin analizar la maternidad desde una perspectiva de género, de ser mujer en la sociedad actual, de la brecha salarial, de nuestras condiciones sociales y materiales.

Un día, una compañera me dijo que para ella lo más importante en su red social era firmar como “madre” y que “ tú no sabes lo que te pierdes”. Las respeto, pero que me respeten. Yo no tengo necesidad de definir mi vida como mujer a través de la maternidad. Estos meses asistí a tres cenas feministas (con compañeras de asociaciones) y me encontré que, al final, en los tres casos, las conversaciones de la mesa llevaron a cada una a hablar de sus hijos, algunas en un momento de desesperación, intentando no sentirse culpables por esos mandatos de género que asumimos desde la más “tierna” infancia. Pero sí, las conversaciones giraban sobre la maternidad y sus hijos y sus remedios y sus notas de cole y yo… allí, en mitad… “eh, estoy aquí, y no soy madre”.

Otra compañera dijo un día en una conferencia: “El feminismo es una revolución sin sangre porque somos madres”. ¿Las feministas que no somos madres podemos acabar siendo sanguinarias o cómo va esto? ¿Tenemos menos capacidad de empatía o de pacifismo si no somos madres? ¿Tenemos alguna tara?

Quizás tuve, desde siempre, esta visión de la maternidad por tener cerca a mi madre y a mi tía Mari. Mi madre, por no educarme en ese camino y dejarme elegir. También por ver, con el paso de los años, cómo su vida quedó limitada a nuestra crianza, dejando al margen sus deseos, y por ver cómo la maternidad de sus tres hijas había dañado su cuerpo. Porque no nos engañemos… no todos los embarazos son como las que se muestran en Instagram. Mi tía Mari, sin hijos y sin ningún trauma en la vida por ello. Un buen ejemplo para crecer.

Doy gracias a todas esas mujeres no madres. Necesitamos referentes no madres. Cuando leo a Rosa María Calaf o a Maribel Verdú poner a la gente en su sitio con esta realidad, aplaudo. Gracias por existir, les digo, de corazón. Me ayudan a respirar aliviada, a quitarme peso. No soy rara, ni egoísta, ni menos mujer, ni inmadura, ni odio a los niños, ni seré una mujer amargada y sola porque he visto muchas madres solas, al final de sus vidas, y dolidas.

Tenemos el relato de la maternidad como “lo más maravilloso”. Tenemos el relato de todas esas madres que han mostrado también, con valentía, otra imagen de la maternidad lejos de ser edulcorada. Menos, escuchamos el relato de quienes no pueden ser madres. Pero necesitamos potenciar el relato de las no madres por decisión, hasta que se vea normal y no algo extraordinario. Las que no somos madres, además, somos las malvadas para esos partidos políticos y votantes tipo Casado y compañía, que defienden el concepto de “familia” porque nosotras no hemos querido crear la “nuestra”.

Por favor, que no se dé por hecho el ser madre. Ni de ellos hacia nosotras, ni entre nosotras. Alguna que otra vez pregunto a amigos: “¿hubieses seguido con tu mujer si ella hubiese dicho que no quería ser madre?”. Y me miran como si les fastidiara la vida planificada, como si esa opción nunca pudiera darse. Y al final, casi la mayoría (con afortunadas excepciones) me reconocen que las hubieran dejado porque en “su proyecto de vida” entraba ser padre. Yo quiero que me quieran por lo que soy, independientemente de mi capacidad de ser “madre” y de hacerle “padre”.  Cuántas amigas me han confesado… “lo tuvimos más por él, porque él quería ser padre”. Amigas que, luego, además, han sido madres solteras y han afrontado este proceso con fuerza y valentía, lejos de esos cobardes que huyeron en un momento de responsabilidad.

Ni el Estado ni el patriarcado me va a imponer tenerlos. Esto me lleva a pensar de nuevo en lo eficaz que resulta el Nenuco de los Reyes. Y me lleva a pensar en cómo se nos lleva a jugar a ser mamás para que luego, si alguna mujer no puede ser madre biológicamente, se sienta incompleta, se deprima, se vea en costosos y dolorosos procesos, y algunas terminen hasta por creer que pueden comprar bebés y alquilar vientres como quien compra los Nenucos. Porque creen que aquel deseo es un derecho, o una obligación social. Me parece demoledor por cómo marca y guía el destino de las mujeres y porque, en pleno siglo XXI, la no maternidad sigue siendo un debate, una ruptura de los esquemas y un rotundo desafío patriarcal.