Opinion · Otras miradas

La trampa política del tweet. ¿Representantes o ‘influencers’?

Joaquín Ivars

profesor titular de la universidad de Málaga y autor de 'El rizoma y la esponja'

El difunto Zygmunt Bauman parece que se quedó corto cuando desarrolló su original caracterización líquida de las sociedades, la vida, la modernidad, etc. Frente a la contundencia de otras épocas, el sociólogo premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades propuso una serie de reflexiones respecto a la fluidez de los tiempos que nos corren. Con el adjetivo “líquido”, les atribuyó efectos de flexibilidad e incertidumbre que se enfrentaban a los míticos pilares de las sociedades de la tradición y a una modernidad de sólidos principios racionalistas. Principios modernos que no necesariamente tenían que conducir al genocidio, por ejemplo, pero que sí proporcionaron los medios más eficaces (racionalidad instrumental y desarrollo tecnológico) para llevar a cabo con precisión acciones deleznables y sistemáticas en los campos de exterminio nazi o en los gulags, o testando sus bombas atómicas en los gratuitos lanzamientos sobre objetivos civiles de un Japón ya vencido y casi rendido. De esa modernidad que nos traía adelantos y conquistas fabulosas, sobre todo en cuestiones tecnocientíficas, había surgido una cara horrible que quiso poner “orden en el mundo” a base de simplificaciones racistas, xenófobas, machistas, eugenésicas, etc. Es decir, los modos reduccionistas de una ciencia eminentemente utilitarista se usaron como modelos de aplicación para otras muchas esferas de la vida con las nefastas consecuencias que acabo de mencionar y otras que puedo brevemente enumerar sin ánimo de ser exhaustivo: desastres ecológicos, geopolíticas dementes y colonizaciones aberrantes, totalitarismos, profundización en las desigualdades socioeconómicas, depauperación de territorios y poblaciones, amenazas armamentísticas, migraciones esclavizadoras, guerras energéticas, enfermedades artificiales y desastres genéticos, intoxicaciones de todo tipo, etc.

Esa época, la modernidad, pasó, y aunque las lecturas de lo que ocurrió después son diversas, en general se coincide en que todo devino mucho más complejo. En cierto modo, en el lado occidental del globo, comenzó a reconocerse que los adelantos y el progreso traían consigo efectos colaterales perniciosos para el devenir del planeta y de la vida. La ciencia admitió errores y se comenzaron a tomar ciertas precauciones, al menos en teoría, sobre el progreso sin control y los ultradesarrollos tecnológicos. Al mismo tiempo, después de la guerra fría, fraguaron las políticas del multilateralismo y por fin se abrieron paso las opciones de las diferencias sexuales, raciales, etc. Ahora, la necesidad de articulación de una sociedad mucho más compleja se venía haciendo imprescindible. Manuel Castell nos informó sobre la Sociedad Red y los efectos de internet y la globalización, y gracias a él y a otros sociólogos teóricos descubrimos efectos indeseables también en este mundo hiperconectado y “postmoderno”, por ejemplo: las flexibilizaciones laborales del capitalismo global, los casinos financieros en los que se juega el destino de muchas poblaciones, las amenazas terroristas internacionales, las deslocalizaciones laborales, las nuevas formas de esclavitud, el espionaje masivo, las manipulaciones mediáticas, etc.

Si la modernidad tenía sus consolidados proyectos y sus férreas reglas, y cometió sus propios “pecados”, en la actualidad más que fluidez o liquidez parece que el mundo se ha convertido en una dispersión gaseosa y maloliente en la que todos pretenden sacar pecho y partido sin que se establezca ningún tipo de instancias de legitimación en las que poder creer, ni siquiera mínimamente (tampoco terminamos de creer nunca en la ONU, el BM, la OCDE, el FMI, etc.). En eso decía que Bauman parecía haberse quedado corto. Pasado el tiempo luminoso y estimulante del American way of life, del Welfare State, etc. nos encontramos con las sombras de una nueva era infinitamente más compleja y sin capacidad regulatoria alguna ni posibilidad de articulación medianamente sensata. Si los fluidos líquidos al menos siguen tenaces reglas gravitatorias, los gases se expanden y dispersan con muchísima más facilidad, su sentido de la “gravedad” es mucho más relativo e inconsistente. Todos campamos a nuestras anchas con el único argumento de la atomización etérea de la dispersa fuerza individual frente a una nueva ley de la selva bajo cuyo viejo mandato el que más puede es el que más abusa del resto, y este sometimiento se lleva a cabo conformando gigantescos lobbies de poder, en forma de mafias o corporaciones multinacionales, dedicados a la vulneración de derechos mediante la explotación de los más débiles o el tráfico de personas y cosas.

Y ¿qué hacen nuestros representantes electos para enfrentarse a esta locura gaseosa y pestilente, estúpida y caprichosa, agresiva y aprovechada en que se está convirtiendo esta humanidad suicida? Pues simplificar, igual que en la época de la modernidad pero en este caso, y debido a la inmanejable complejidad del mundo, sin criterio ni proyecto alguno. No hay argumentos ni construcciones de sentido en los programas de los partidos políticos, no hay intención de resituar las estrategias políticas ni de enunciar nuevas y más pertinentes formas del derecho por más que se usen fundaciones o pretenciosos Think Tanks en los que se quiere hacer ver que hierven los cerebros programando y facilitando el futuro de las generaciones venideras. Nuestros políticos o se corrompen o se sienten impotentes, van a salto de mata, el cortoplacismo es la norma, la velocidad les atraganta y les impide las digestiones lentas de procesos complejos, y por eso simplemente copian la capacidad mediática de influencers, instagramers y youtubers y se someten consciente o inconscientemente al dominio de los ilegítimos e ilegales lobbies multinacionales tecnológicos o financieros (en muchos casos aliados de regímenes corruptos) que desde sus verdaderos programas de conquista global y compleja, estos sí, van invadiendo territorios, explotando a sus habitantes y esquilmando el planeta sin que nadie les corte el paso.

Si las apabullantes e inmanejables corrientes de datos y los embobados solucionistas tecnológicos analizados por Evgeny Morozov nos dejasen detenernos unos segundos y emplear nuestro tiempo pensando, tendríamos la ocasión de observar que representante e influencer se dirigen en sentidos opuestos. En países regidos por democracias representativas actuar como representante de un número mayor o menor de personas significa tratar de hacer valer intereses, valores y sensibilidades compartidos y llevarlos en la medida de lo posible a su realización, lo que significa ponerse al servicio de los ciudadanos. Por el contrario, un influencer es un negocio encarnado en una persona que intenta hacer llegar sus intereses, valores y sensibilidades al mayor número de followers posible, lo que le reportará algún tipo de beneficio individual y no colectivo. Muchos políticos han caído, gustosa o inocentemente, en la trampa de Twitter o de Instagram o en la imitación de actitudes de bloggers, youtubers, etc. Si hace mucho nos dijeron que el medio era el mensaje, estas nuevas formas de comunicación política instantánea constituyen el medio que nos explica que no hay mensaje que merezca mayor elaboración que hacer algunas fotos o escribir unos cientos de caracteres; el eslogan o la imagen, incluso la sinopsis, que antes servían de resumen o de síntesis de algo mucho más pensado y elaborado que existía detrás, hoy día se han convertido en lo único que hay, no existe nada detrás, se trata solo de repentizaciones sobre la marcha digital de un dedo que surfea una pantalla táctil. El mundo político, incluso el más honesto, anda perdiendo el tiempo con supercherías y disputas de lo más pueriles en redes sociales mientras los amos del Mundo, excelentemente programados para el saqueo global (¡Programa! ¡Programa! ¡Programa! que diría Julio Anguita), se despachan a gusto en las despensas del planeta y en las espaldas y cabezas de los trabajadores o de los parias de la Tierra.