Opinion · Otras miradas

Capitalismo auto-organizado; multitudes auto-confundidas

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga y autor de ‘El rizoma y la esponja’

Pasado el cúmulo de elecciones de todo tipo, y a pesar de estar en tiempos de pactos, quizás tengamos un hueco en nuestra saturada agenda mental para pensar más allá de lo urgente.

Oímos hablar de multitudes auto-organizadas e inteligentes cuando se nos explicó que tras los atentados del 11 de marzo de 2004, el día 13, se produjo una especie de corriente de abajo-arriba (bottom-up lo llaman) a través de mensajes por teléfonos móviles que se expresó finalmente  con una multitudinaria manifestación de protesta frente a la sede del Partido Popular en Génova reclamando explicaciones y presionando al partido aún en el gobierno para que dejase de decir mentiras sobre la autoría del atentado; o también se ha hablado de ese fenómeno en casos similares como el 15 M cuando este movimiento ‘espontáneo’ tomó la Puerta del Sol en Madrid, o en el caso de Occupy Wall Street en Nueva York, o en las Primaveras Árabes, etc. A todos ellos se les encuadra en procesos de inteligencia colectiva, auto-organizados, que se ponen en acción sin que nadie marque el paso de los participantes.

Estos comportamientos emergentes resultan de la combinación de miles de microdecisiones y su resultado es bastante sorprendente. Ejemplo de esto es que las hormigas, que no son animales muy inteligentes por separado, ni tienen conciencia de hormiguero y además carecen de jefe o jefa -la reina no manda, es una simple proveedora de efectivos (solo pone huevos)-, funcionan por pequeñas decisiones locales que van tomando los individuos “de a pie” sin que reciban órdenes superiores; ninguna de las hormigas dirige el trabajo ni da indicaciones de cómo hacer las cosas. Estos pequeños seres llevan con bastante eficiencia sus tareas sociales, constructivas y de supervivencia desde hace más de cien millones de años.

Las neuronas humanas, que tienen bastante menos recorrido vital, funcionan de forma similar a las hormigas (la autoconsciencia también parece ser un comportamiento emergente, como el hormiguero), y se han encontrado paralelismos con otros sistemas de los que se dice que funcionan de abajo-arriba. De modo que el concepto de auto-organización, mejor o peor explicado o comprendido, podemos decir que ha sido asumido como un componente más de nuestras vidas hasta el punto de que casi ha entrado a formar parte del lenguaje cotidiano, especialmente en el momento en que tienen lugar encuentros de multitudes del tipo que sean como hemos visto al principio con algunos ejemplos de carácter político.

A poco que nos fijemos, este comportamiento de abajo-arriba resulta algo cercano a los movimientos revolucionarios que tratan en un momento dado de aunar esfuerzos provenientes de los más bajos, insospechados y recónditos lugares para derrocar a aquel que está al mando allá arriba. Los de abajo toman decisiones mínimas que arrastran otras o se sincronizan o producen sinergias insospechadas con una multitud de pequeñas medidas que terminan confluyendo en el derrocamiento “auto-organizado” de la cadena de mando que hasta entonces venía determinando la vida.

Habría que decir que estas manifestaciones auto-organizativas han sido aquilatadas por la izquierda de vocación más asamblearia en no pocas ocasiones porque resulta algo agradable a la sensibilidad de personas con corazones insumisos y voluntades emancipadoras y solidarias. No hay duda de que la horizontalidad de la “auto-organización” suena bien; no digamos cómo suena ‘colectivo o comunidad auto-organizados’, ‘barrio auto-organizado’, etc., a todos aquellos y aquellas que buscan nuevos modos de disposición social para eludir las rigideces de los sistemas altamente jerarquizados por el poder, zafarse de tradiciones verticales, de los distingos de las clases sociales o las desigualdades de oportunidades y resultados, etc. y que se nos proporcionan de manera tan naturalizada.

En cierto modo, se encuentra en estos fenómenos de organización autónoma un elemento anarquizante que produce una cierta sensación de fuga, de liberación de la asfixia a que nos someten los sistemas directivos que podríamos calificar según el caso como rígidos o duros pero también como flexibles y seductores (políticos, religiosos, económicos, etc.) y que son los que habitualmente conforman y estructuran la vida de los seres humanos sobre la tierra a través de regímenes totalitarios o democráticos, mediante leyes o hábitos de consumo, como consecuencia del ejercicio monopolizado de la violencia por parte de los estados o de las manipulaciones publicitarias de nuestros datos, etc.

Y es cierto que sistemas auto-organizados se han denominado algunas formas de la anarquía, algunos sistemas colaborativos (incluso las simbiosis animales) o del llamado procomún, etc. que buscan alejarse de los organigramas piramidales al uso. Pero quisiera que no olvidemos algo muy sustancioso que a menudo dejamos arrinconado en algún lugar de nuestros conocimientos. El capitalismo quedó perfectamente plasmado como sistema auto-organizado (aunque sin mencionar esta palabra) con la célebre frase que subtitula el libro de Adam Smith La mano invisible del mercado en 1776: “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de donde cabe esperar nuestro almuerzo, sino de la atención a su propio interés.” Eso es auto-organización: no necesitar procesos regulatorios más allá del puro intercambio entre elementos simples que siguen las mismas reglas básicas y que redunda en beneficio de todo aquel que las siga. Es decir, el capitalismo productivo, en sus formas más primitivas, es un sistema de oferta y demanda que teoriza y practica el supuesto y beatífico beneficio de “todos” aquellos que siguen y respetan sus reglas elementales.

Sin abundar más en el tema, me pregunto entonces por lo que llamo, con perdón y a falta de un nombre mejor, multitudes auto-confundidas. Reconociendo lo anterior y todas las interpretaciones, adulteraciones y manipulaciones que el concepto de auto-organización ha sufrido y seguirá sufriendo, estimo que seguir recurriendo a ese mantra no nos conduce más que a un estado ilusorio que aumenta la autoestima solidaria mientras rebaja la autocrítica teórico-política. Así, por ejemplo, entramos en una etapa en la que pensamos que el mundo irá mejor si todos nos hacemos cargo de nuestras pequeñas responsabilidades; por eso reciclo envases y cartones, limpio la caca de mi perro, colaboro con este o aquel programa social, saludo y me intereso por los vecinos de mi barrio (aunque a veces desde su niqab no consiga ver si me sonríen o me hacen burla), me manifiesto cuando toca a favor de este u otro colectivo en dificultades y lucho contra los fondos buitre expresando mi indignación contra un desahucio, etc., etc., etc. De este modo pensamos que llegaremos al estado en el que por una suerte de contagio organizativo, auto-organizativo, todo irá mejorando; o al menos mi locus, mi proximidad, será más solidario, y esa es la manera más asequible y directa para que mis esfuerzos se tornen eficaces porque en todo el planeta terminará ocurriendo lo mismo. Así pues, nos venimos convirtiendo en una suerte de auto-organizados capitalistas del bien común en lugar de capitalistas del interés propio a lo Adam Smith.

No pretendo en absoluto criticar los fenómenos auto-organizativos, pero me pregunto si en cierta manera no están tendiendo a convertirse en una suerte de nuevo bálsamo de Fierabrás. Las relaciones horizontales son calmantes, y además de proveer soluciones a corto plazo y en lugares específicos, nos transmiten ese aroma de humanidad, de humanismo, de calor humano que tan bien viene a nuestras enfriadas y enloquecidas maquinarias productivas. Sin embargo, y a pesar de esta defensa a ultranza de lo horizontal colaborativo y solidario, estimo que necesitamos de una verticalidad paralela antagónica a la del capitalismo financiero (surgido del ‘interesado’ ingenuismo smithiano) que tan brutalmente golpea la vida desde flancos y momentos absolutamente inesperados. Y entonces me surgen multitud de preguntas que creo que deben resolverse a través de procesos teóricos imaginativos que resitúen a la buena voluntad, al voluntarismo buenista, en algo ciertamente balsámico que de momento solo sirve para ir parcheando y adecentando en la medida de lo posible la vida de cuantos logremos alcanzar con nuestros escasos medios; pero también sirve, de paso, para ir tapando las múltiples vergüenzas del Sistema.

La práctica está muy bien, pero mientras el más feroz y tramposo capitalismo financiero, francotirador que nos dispara desde cualquier ángulo y momento, ha hecho de la competencia salvaje y el utilitarismo su mejor arma, es probable que no necesitemos de una pericia similar solo en prácticas auto-organizativas. Quizás debamos proveernos de otros ámbitos defensivos más teóricos a los que reclamamos que piensen más y más lejos si no queremos pasar a la historia como meras multitudes auto-confundidas que solo saben jugar el juego que nos proponen nuestros mayores: los capitalistas que saben de la “sucia realidad” de este mundo. Es decir, no necesitamos solo políticos utilitaristas de izquierdas (por llamarlos de algún modo) que se las den de manejarse bien con la realpolitik. Lo que se necesitan son generales al mando del pensamiento, además de peritos bien adiestrados en la acción práctica del día a día. Ocupemos mentes y corazones en tareas más imaginativas y construyamos nuevos conceptos para llegar a ser verdaderamente prácticos antes de volver a salir a ocupar plazas y parques con las mismas consignas de siempre. Inventar es lo que necesitamos; lo otro es seguir con las monsergas y consignas que politólogos y sociólogos nos vienen contando desde hace algún tiempo subidos a estrados públicos o asomados a las ventanas mediáticas como si aún estuviesen en el aula impartiendo sus clases parlanchinas de lo que ya todos y todas sabemos y para lo que solo esperamos construcciones verdaderamente alternativas; horizontales o verticales, ya iremos decidiendo con qué nos quedamos.