Opinion · Otras miradas

Franco, ¿por qué me persigues?

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga y autor de 'El rizoma y la esponja'

No creo que se trate de un delirio paranoide, no me siento irritado de ese modo ni sufro alucinaciones; solo noto una sombra que ennegrece el cielo que nos cubre de igual manera que la contaminación o que los acostumbrados eclipses de sol. Franco me persigue como lo hacía Enrique Vila-Matas a Antonio Tabucchi, quien se veía a sí mismo como la sombra de Pessoa. Creo recordar que el escritor catalán cuenta que al encontrarse con Tabucchi, este le dijo algo así como “Amigo, ¿por qué me persigues?” Y al recordar ese supuesto encuentro literario, entre ficciones y verdades, entre memorias y falsedades, he llegado también a constatar que Franco me atosiga con una negrura nada amigable, su nube oscura no tiene esas connotaciones benignas y de radiante admiración mutua que sí manifiestan los autores citados.

Cuando comenzó la agonía final del dictador yo era poco más que un saco de hormonas. Desde entonces he tenido vida pública y privada, y en ambas he procurado que Francisco Franco Bahamonde no marcase mi agenda productiva. Tan es así, que en mis labores creativas decidí no dedicarle energías ni tiempo a quien nos robó tantas energías y tanto tiempo.

Sin embargo, y a pesar de lo dicho párrafo arriba, una cosa es que yo no estuviese dispuesto a permitir que el personaje manejara mi vida o el rumbo de mis acciones y otra muy distinta que su espectro no haya dejado de mantenerse activo en mi cerebro y en el de varias generaciones durante numerosos lustros. Todavía hoy sigue el finado insistiendo en su grosera supervivencia fantasmagórica y atribulando la vida política de un país que no supo poner la suficiente saliva en los dedos como para pasar bien la página: unos no estábamos en ello porque sufríamos de embriaguez endocrina; otros no lo hicieron porque no querían que se acabase el régimen que los privilegiaba y encontraron resquicios para que se perpetuara su memoria en alcantarillas policiales, sectores del ejército del Estado y en contubernios del llamado nacionalcatolicismo emboscados en fundaciones y asociaciones de distintas calañas; y otros, en fin, no pusieron suficiente empeño en sepultarlo definitivamente en cualquier cuneta de la Historia por un sentido de la prudencia y la responsabilidad que generaciones posteriores y ciudadanos de otros países no consiguen entender del todo (véase, por ejemplo, la anulación parlamentaria en 2003 de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida en Argentina luego ratificadas en 2005 por la Corte Suprema que permitieron a la justicia de aquel país continuar con los procesos personalizados a secuestradores, torturadores y asesinos; todo un ejemplo).

Sea como fuere, Franco ahí sigue. Y me persigue. Aunque nunca me ha parecido bien hablar por otros, casi podría atreverme a usar el plural: “Franco nos persigue” -de un modo u otro, a todos y a todas. Lo ha hecho y lo hace con periodistas, cineastas y escritores, artistas visuales y productores artísticos en general. Y continúa provocando de forma inmisericorde a sus víctimas y a sus descendientes. Se le ha visto metido en cuadros, esculturas, collages, pelis, libros, artículos, del pasado y del presente… Y grabado a sangre y fuego se presenta indeleble en el recuerdo de herederos de represaliados y asesinados. Y también excita, y de qué manera, a “los suyos”. El difunto acapara como nadie el imaginario colectivo de una parte no demasiado pequeña de la población que se manifiesta cada vez con menos pudor y vergüenza (hemos comprobado su salida del armario en las últimas elecciones, igual un día sus huestes pretenden celebrar el Día del Orgullo Facha, como lo de Colón pero más bestia). Franco es el Cid muerto y erguido sobre su caballo ahuyentando al “moro”, pero también fue confiscador terrateniente en tierra de minifundios, sus genes se niegan a soltar el Pazo de Meirás, y fue la gran inspiración patria de no pocos corruptos y creadores de su época. Franco, ese hombre, rezaba el título de la película dirigida por Sáenz de Heredia en el 64 para conmemorar los XXV Años de Paz. Hoy en día, en tiempos de máxima espectacularización, quedaría flojo, más bien sería Franco, ese superhéroe de voz aflautada y ridículo brazo en alto, digno del reparto estelar de una de esas estruendosas pesadillas fílmicas del universo marveliano.

En mi trabajo y en mi vida he tratado, como tantos otros, de no participar en el aquelarre de su pervivencia ni de su supuesta resurrección, pero creo que muchos buenos vecinos que sí han contribuido lo han hecho por la necesidad de tener que exorcizar los demonios que seguirán hincándoles el tridente mientras sus muertos no descansen en paz y la justicia de la memoria histórica no tenga un digno lugar en la Historia. Pero también hay que decir que junto a estos bien nacidos siempre han surgido quienes se han nutrido del muerto como gusanos o buitres, de izquierdas y de derechas, que trataban de devorar los restos y de paso llenarse los bolsillos; cosas que pasan en el arte y en la vida (como así ocurre en la obra de algunos artistas actuales que abducidos por el sátrapa han visto encadenada gran parte de su más afamada producción a su rancia figura: “Contra Franco vivíamos mejor”, se decía, y ahora hasta algunos ganan bastante dinero con el temita».

En fin, ya digo que el contexto no ayudaba, pero, a pesar de que toda familia española tiene su historial de guerra, intenté guardar una distancia resistente, y no es hasta ahora que, después de casi medio siglo de presión y de ver que no hay manera de acabar con la hiperactividad post mórtem del extinto, me surge el hartazgo, me doy por vencido y tengo que reconocer que el tirano lleva toda la vida acosándome y tendiéndome emboscadas en todos los frentes y con distintas máscaras; aunque no haya querido creerlo, no he podido esquivar que su avatar interfiriese en mis actos. No solo no ha desaparecido de la historia sino que se nos vuelve a presentar redivivo y, como siempre, amenazante.

Franco se ha perpetuado en su familia, y ellos y ellas también me importunan. Gracias a su “ilustre” origen, esta estirpe de altaneros, en lugar de abochornarse por las fechorías de su ancestro, continúa disfrutando y alardeando de un estatus económico, social y mediático que ha conseguido naturalizar con el apoyo incondicional de otros cínicos; y todo, ante el desconcierto de muchos conciudadanos que los observan dolientes e indignados. La soberbia, la astucia y el descaro se han mantenido en las carnes y gestos de estos descendientes del dictador. El papel cuché, ya de por sí patético y repulsivo, se ocupa desvergonzadamente de algunos de ellos. Esas publicaciones que pueblan las salas de espera de los dentistas para poner los dientes largos a sus clientes, también forman parte de la sombra que nos oscurece la vida con sus brillos y su glamour. Franco sigue ahí porque sus descendientes de linaje e ideológicos llevan más de cincuenta años removiendo simbólica y económicamente su memoria y su patrimonio, y el negocio es el negocio. Por eso nos molestan sus privilegios, y él nos parece un permanente resucitado mediático. No es cierto que haya venido la justicia social a provocar un escándalo al tratar de remover el cadáver e indicar que el Valle de los Caídos no era lugar para que Franco compartiera sepultura con las víctimas de sus tropelías. Ha sido la insensible terquedad y los desmanes de sus deudos lo que ha colmado el vaso de generaciones que no entienden qué pasó para que estos nietísimos puedan seguir campando a sus anchas. En verdad el Valle no es lugar para nada ni para nadie; metafóricamente hablando, un breve, nocturno y localizado terremoto que afectase solo al inmueble y no a las personas, sería prueba irrefutable de la existencia y la justicia divina, algo en lo que no creo. En todo caso, esa aberración arquitectónica, de no destruirse por catástrofe natural para recuperar las formaciones graníticas del Valle de Cuelgamuros, debería renombrar el paisaje como Valle de la Vergüenza, y ser tan accesible en esos términos como Auschwitz, Buchenwald o Dachau; lugares de catarsis que logremos visitar para poder derramar lágrimas de aflicción, impotencia y rabia sin tener que sentir la cercanía de ningún verdugo.

También nos acecha la existencia de los retratos ecuestres escultóricos o pictóricos del generalísimo de todos los ejércitos, algunos de ellos retirados de la circulación hace relativamente poco; lo hacen desde algún recóndito escondrijo o almacén, igual que nos atormentan la ignorancia y el retraso acumulado que detuvieron este país durante más de cuarenta años y que algunos listos han querido superar con un simple chasquido de dedos o con una movidita madrileña (a pesar de la buena voluntad de muchos de sus participantes, quizás algún día habría que estudiar con detenimiento La Movida como coartada de una tímida Transición o como cortina de humo que sirvió para tapar las vergüenzas que se nos estaban quedando al aire).

Franco nos fatiga porque nunca fue realmente sepultado, fue simbólicamente zombificado, ya digo, igualito que el Cid a lomos de su Babieca. Por otro lado, tampoco me extrañaría que al retirar su lápida se encontrase el vacío más absoluto. El zombi andaría vagando y habría dejado vacía su tumba como había vaciado de ética su régimen camuflándolo con la superchería de la tecnocracia y el más despiadado y colaboracionista de los fundamentalismos ultracatólicos, ese que se nos obligó a rumiar durante décadas y que siguen activos y reactivos vaciando de humanidad muchos cerebros de nuestra actualidad; mucho niñato que eleva el brazo cara al sol sin siquiera saber qué significan esos gestos. Una verdadera lástima y un espanto.

Franco insiste en la persecución, no cejará en su empeño, y he comprendido que no tengo a donde ir para refugiarme de su mal de ojo, solo cabe resignación o enfrentamiento. El dictador no solo se reprodujo en su familia sino que fundó estirpes y linajes sin parentesco de sangre que en la actualidad vuelven a dar rienda suelta a sus instintos más crueles. Y aunque muchos de estos secuaces exclamen que hay que dejar en paz el cadáver, a mí no me engañan, es el cadáver el que no nos deja en paz a nosotros, como es el Pazo el que no dejaba en paz a sus vecinos (por cierto, enhorabuena a todos ellos por los visos de “reconquista”). Es su hiriente y tramposa memoria histórica la que no permite que a pesar de la legitimidad no pueda llevarse a buen término la Ley de Memoria Histórica. Por más que uno quiera armarse de buena voluntad y ecuanimidad, y por muchos errores que se cometieran antes del 18 de julio de 1936, no es posible la equidistancia entre la república y la dictadura; del mismo modo que no existe esa posibilidad entre los regímenes genocidas de Hitler o Stalin y sus actuales alternativas, por muy mejorables que estas últimas nos resulten.

Durante la transición y cuarenta y tantos años después de un régimen democrático, Franco sigue estorbando y manipulando nuestras vidas. Hasta en sus más acérrimos enemigos se pueden observar tics que recuerdan su figura; coló el tóxico del odio en las venas de varias generaciones de uno y otro lado. Había que haber retirado al déspota de la circulación hace mucho tiempo, inmediatamente, incluso antes de “su tiempo”, para que no infiltrase como un virus letal “bajo palio” la memoria de sus víctimas. Pero algunos creen que ya es demasiado tarde para dar por válido que “nunca es tarde si la dicha es buena”. Es difícil imaginar la dicha después de lo que nos trajo el caudillo, igual que nos dijo el filósofo alemán Theodor Adorno que es imposible imaginar la poesía después de Auschwitz. Aunque, personalmente, yo creo que sí existe esa posibilidad; lo que ocurre es que el aturdimiento no nos deja ver que está ahí, delante de nuestras narices. Nos aturden el entretenimiento y las fabulaciones narcisistas, la banalidad y los efectos especiales, el consumo idiota y la precariedad enmascarada con el uso infame de las tecnologías de la información y la comunicación. Queda mucho por restituir, muchas heridas por restañar y cicatrizar para que consigamos ver de nuevo algún atisbo de arte, poesía o vida en nuestras actuales construcciones. Por eso, y de momento, no sé dónde vamos a dejar lo que quede del menudo cuerpo para detener el itinerario de sus restos, a no ser que se meta en una cápsula espacial y se dirija a los confines del firmamento como mensaje fósil destinado a sesudos extraterrestres que sepan descifrar el mal augurio. Aunque aquí, en nuestros confines territoriales, existan progenies que confunden a Franco con un actor de cine, o con algún marqués del Siglo de Oro (tal es el grado de confusión que reina en las mentes de muchos de nuestros estudiantes gracias a nuestras fantásticas leyes de educación), esto no es óbice para que el adalid de las persecuciones y las purgas siga surtiendo de toxinas la actividad política y social de este país. Todo lo que vino desde el llamado alzamiento nacional fue nefasto (en la vida, en la ciencia, en el arte, en la política, en el derecho, en el pensamiento, en la emancipación), y lo peor es que Franco sigue ahí, muertito y coleando, y corrompiendo lo mejor de cada casa. Yo siento que me sigue como una mala sombra, un malasombra, y le pregunto sin cariño: “Franco ¿por qué me persigues?” No me contesta, pero me lo encuentro en multitud de detalles mayores y menores, incluso lo intuyo al acecho y perturbando los pactos que ahora nuestros políticos se traen entre manos; a veces hasta noto que mi cerebro más bárbaro se deja llevar inconscientemente por sus mismas malicias. Pero como no me resigno a someterme a su permanente amenaza ni a que mis derroteros físicos o mentales sean dirigidos por el imperio de su Ley de Principios del Movimiento, trataré de moverme y enfrentarme a él de algún modo lo menos artístico y poético posible (no quiero ganar ni un euro con esta basura); quizás lo haga con algún buen artículo en prensa del que este solo es un mal apunte.