Opinion · Otras miradas

Irene…, que estás en los cielos

Van ya para 20 años que la tierra, espero, te haya sido leve. Dos décadas han pasado desde que definitivamente asaltaste los cielos. Por aquí, muchas cosas han sucedido, bastantes te hubieran alegrado y otras no tanto. Estas últimas, tampoco te sorprenderían porque las vistes y las oístes muchas veces en otros tiempos, con otras gentes y otros lenguajes, pero siempre las mismas retóricas y prácticas, aunque ahora lo llaman relatos y narrativas. Un balance, ya sabes, “con bastantes flores y algunos abrojos”, como escribió Pasionaria en la segunda parte de sus memorias.

Aquellos días de agosto de 1999 en San Rafael (Segovia), tras la llamada de tu hermana Kety, no los olvidaré nunca. Te fuiste apagando como una vela, cada mañana un poco, hasta cesar y sólo quedar el trocín de cera, como huella de la luz hecha noche para siempre. Como tu pequeño cuerpo testimoniaba el fin de la vida de “la niña de Chamberí, pero educada en alemán”, que sobrevivió a la Guerra de España, la Segunda Guerra Mundial, el castigo estalinista y un exilio de 38 años. Tu serena paz esos tres días, mientras se apagaba tu existencia material, fue una lección más que tuve la fortuna de aprender a tu lado.

Siempre aprecié tu sencillez política, y por qué no también ese “romanticismo militante” de tu generación, señalado por Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo de tus memorias. Aún siendo una manifestación de la “alienación militante”, en categoría de Adam Schaff, ese romanticismo militante es más humanista y democrático, diría yo que la actual epidemia de “aristocracia política”, de políticos star, al modo de las estrellas de rock. De hecho, me atrevería a decir que para alienación, la “alienación dirigente”, en la que incurren quienes siendo dirigentes políticos, representantes públicos, olvidan muy, muy pronto que lo son por los militantes, que se deben a quienes fueron sus electores y no al revés. Fruto de esa alienación dirigente, destruyen las organizaciones, militarizando a la afiliación, como peones de la lucha por “su” poder. Tengo para mi, que primero es la disputa dirigente, y luego se visten con las diferencias para justificar la guerra fraticidad entre compañeros y compañeras, por quitame de aquí esta paja o por ver quién es el propietario de la criatura. Me viene a la memoria aquel debate de  Carrillo, Claudín y Semprún sobre quién era el padre del “eurocomunismo”, o ya más reciente, aunque menos visible, la tensión latente enrre Iglesias, Sartorius y Anguita sobre quién era el creador de “la convergencia social y política”.

Qué maldición nos ha caido a quienes cantamos, pero no practicamos, eso de “ni en dioses, reyes, ni tribunos, está el supremo salvador, nosotros mismos haremos el esfuerzo redentor”. También ni en diosas, reinas ni tribunas, porque no creo que exista una práctica política diferente, exclusiva de las mujeres. De hecho, las mujeres políticas, las políticas mujeres que conozco no me han demostrado, a la hora de la verdad, un comportamiento diferente de los hombres políticos, de los políticos hombres que he conocido. La misma voluntad de poder y el mismo narcisimo, se llamen Jesús o se llamen María.

Ahora, cuando te recuerdo, dos décadas después, también rememoro las dos décadas precedentes, aquellos veinte años que compartimos en las filas del comunismo español, cuando yo aún tenía carnet. Tu muerte hace de frontera. Al recordarte hago memoria militante: 20 + 20, con Irene Falcón y sin Irene Lewy Rodríguez.

Hace cuarenta años, por enero, recibí el carnet en la tradicional entrega de principio de año. El curso académico 1978/79 fue el acelerador de partículas, para ingresar en las Juventudes Comunistas (UJCE), y recien formalizada mi militancia, nos zambullimos a tope con la doble campaña electoral de elecciones generales y municipales, como este año de 2019. Aquella mi primera campaña electoral, sin edad para votar, fue una experiencia plena de ilusión, con buenos resultados, aun modestos, como recordarías si estuvieras entre nosotros: el PCE, y el PSUC en Cataluña, subieron en votos, escaños y conquistaron las primeras Alcaldías, cogobernaron Ayuntamientos y centenares de concejales y concejalas hicieron oposición aquella legislatura muncipal, con la democracia recuperada y la monarquía restaurada. Por cierto, la única vez que ha habido unidad de las izquierdas a la hora de gobernar en nuestro país. También mi primera decepción, cuando asistí al pleno del Ayuntamiento de Santander y ver que el Partido de Revilla, el de las anchoas, hoy Presidente de Cantabria y telepredicador de lo campechano, se abstenía para que gobernara la derecha de siempre en mi ciudad, obligando a mi profesor de Griego, el cristianó antifranquista, don Eduardo Obregón, a no coaligarse con PSOE, PCE y PTE. Ahí comenzaron las desilusiones y las decepciones personales.

De aquella campaña electoral de 1979 recuerdo mi primer mitin junto a una bellísima persona, que fallecería cuatro años después en el accidente de vuelo Madrid – Santander, y al que yo había escuchado en la campaña electoral de 1977 en un mitin de barrio obrero, muy cerca de donde yo vivía con mi familia. Fue una charla en un pequeño pueblo cántabro, Revilla de Camargo, cuando hice de telonero del doctor Cesar Llamazares, pionero profesional de la nefrología española, internacionalmente reconocido, y militante antifranquista, que brevemente después, ya no militante del PCE tras las expulsiones de los renovadores en 1981, dirigiría el Hospital Marqués de Valdecilla hasta su accidentada muerte.

Este año de 2019, como en 1979, también ha habido doblete electoral. En estas elecciones generales hice campaña por última vez y en las municipales voté, pero hasta ahí; ya no hice campaña ni fui apoderado electoral. Votar, voy a votar, toda mi vida porque os lo debo a todos quienes, como tú, luchastéis para que yo pudiera votar. Aunque sólo sea por vosotros y vosotras, no me puedo permitir la abstención, pero estoy cansado, decepcionado. Me falta llama. No me quedan más que las brasas de la memoria, pero ya me cuesta imaginar que «sí se puede». Me gustaría no carecer de ese ardor militante, que hasta ahora me ha acompañado.

Lo confieso, me siento vencido, por los abrojos de hoy, como aquellos que tú conociste en tu nonagenaria militancia. No hay diferencia de edad, lo mismo son jovenes sobradamente preparados, que jubilados de reconocido prestigo profesional; ni de género, Irene, porque hay abrojos sí, pero también “abrojas”; ni tampoco de experiencia política, porque hay quienes llevan toda la vida siendo cargo público y quienes son recien llegados. No puedo con este déjà vu, con esta estafa moral e intelectual de decir una cosa y realizar lo contrario. Sé que la política es un honor y un horror, pero ya me estraga, me ahoga, asistir una y otra vez al personalismo, al fraccionalismo, al desprecio a la condición militante, a la diatriba dirigente, al “anticomunismo cultural”, al “franquismo sociológico”, a la incapacidad para unirse con mínimos comunes denominadores y manejar los tiempos de la política, al sectarismo de las almas, digamos reformista y revolucionaria, de las organizaciones, a la ficción democrática en la que los propietarios del capital si no les gustan los resultados electorales te hacen una “huelga bursátil” para que votes y hagas lo que ellos quieren (como hace días en Argentina) y al capitalismo “realmente exitente” de cárteles de empresas constructoras de las infraestructuras públicas, de consultoras que amañan los contratos de asesoría, de multinacionales petrolíferas que pactan el precio de la gasolina, según denuncia la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia, entre otras mafias del llamado mercado libre, de esta mercacracia que rescata bancos y deshaucia personas.

Por eso te escribo querida Irene, que estás en los cielos, en el veinte anivesario de tu muerte. Mantuve la antorcha, pero ya no puedo más, ya no puedo seguir tu ejemplo, mantener activa la militancia, hacer cordada con otros y otras en defensa del bien común, hilar y tejer, rodeado como estamos de quienes se afanan por urdir y maquinar. En fin, de mi “asalto a los cielos” ahora sólo me queda, y como homenaje a ti, mi cuenta de Twitter (una red “social” digital de comunicación, que no conociste y te hubiera sorprendido, a ti que fuiste de las primeras mujeres españolas corresponsales de prensa en el extranjero). Querida Irene, no me queda la determinación de la que escribiste cuando la expulsión de Claudín y Semprún. Y quizás, como escribiera Semprún en Autobiografía de Federico Sánchez, he perdido la fe del carbonero. Ya ni me ofende ese comentario. Estoy tallado con la pasión política, pero me falta fuelle.

Ahora está de moda descalificar a la gente que entrega voluntariamente su tiempo para organizarse colectivamente: ser militante es ser un gregario, un palmero. Qué gran trabajo cultural ha hecho el inconsciente franquista, repetido hasta la saciedad por los medios de comunicación, de “haga como yo no se meta en política”, que decía el asesino Dictador.  Se propaga el desprecio al afiliado político y se hace del liderazgo político, un nuevo “becerro de oro”, el único significante político que circula en los medios de comunicación, sean de política o revistas de moda. Una inmensa frivolidad; nada que ver con la talla moral de Enrico Berlinguer, quien se negaba a responder de cuestiones personales o familiares.

Se estigmatiza al militante y se ensalza al “no partidario”, como si fuera un antidoto contra las duras lecciones del tiempo del culto a la personalidad y, sin embargo, no hay cultura política más aristocrática y menos democrática que esta moda francesa del “macronismo”. Figurate, Irene, como es la cosa, que los mismos que no creen en los partidos, montan partidos políticos, eso sí suyos, de los lideres y lideresas que los montan, en un neoculto a la personalidad, como único programa político: soy de fulanito, soy de menganita. Y encima, con el neofascismo a las puertas y el chantaje permanente de que vienen los dobermans, pero en lugar de hacerles frente, les pasan la mano por el lomo. Qué vergüenza y que hartazgo.

En estos veinte años desde que te fuiste he asistido a momentos destituyentes y a instantes casi constituyentes. Hasta se estuvo cerca de “asaltar los cielos”, querida Irene. Recuerdo el aroma zapatista, la revuelta altermundista del cambio de siglo y los procesos de cambio social en la sangrada Latinoamérica. Rememoró el 15 de mayo de 2011 y el movimiento indignado levantado; una explosión de desobediencia popular, en plena crisis de subjetividad y de representación política, que te hubiera encantado, admirada Irene. Hago memoria de la alegría por los resultados de las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 y la creación de Podemos, una fuerza política surgida desde abajo y desde fuera del sistema de partidos, autofinanciada con microcréditos, sin pedir dinero a los bancos. Me acuerdo de la candidatura ciudadana de unidad popular, Ahora Madrid, con la que «asaltamos el Palacio de Cibeles», después de 24 años de gobierno y latrocinio del Partido Popular»; esta vez «sí se pudo» por la fuerza electoral de Podemos, el liderazgo de Manuela (¿te acuerdas, la abogada de Atocha, la compañera de “la viuda de España”, nuestra Lola González?) y la reunión de todas las fuerzas del cambio. Rememoro que derrotado el bipartidismo en las elecciones generales de 2015, el Comité Federal del PSOE prohibió una coalición de gobierno con Podemos y las confluencias de izquierdas, y el actual interino de la Moncloa eligió de socio de gobierno a una fuerza política con menos peso electoral, pero apadrinada por el Banco Sabadell y otros poderes para frenar la representacion empoderada de 6 millones de votantes y 71 diputados. Recuerdo esos cuatro años hermosos, históricos, de reparación política y social y un último quinto año de desazón y desasosiego.

Ahora, hemos vuelto a perder el Ayuntamiento de Madrid, por lo de siempre, la maldita alieación dirigente y la división política, en estas elecciones municipales de 2019. Ahora, Carmena ya no es Manuela. Ahora la confluencia de fuerzas del cambio ha saltado por los aires y cada retal saca pecho, soltando amarras con el palo de mesana que levantó la marea política del cambio. Ahora el bipartidimo al que habíamos derrotado, quiere volver por su fueros. Ahora, que había otra vez posibilidades de un gobierno plural de las izquierdas, me temo que tampoco mis ojos lo veran, como no lo vieron en 2015, ni en 2016, ni como tampoco lo vimos (¿verdad, Irene?) en 1993 cuando habiendo una mayoría PSOE – IU de 178 diputados, Felipe González eligió una alianza con Jordi Pujol, hoy imputado por corrupción y evasión de capitales, con la derecha nacionalista catalana. Es el sempiterno sectarismo de la socialdemocracia española, que haberlo lo ha habido siempre. No solo el sectarismo es patrimonio del comunismo español, en cualquiera de sus fornatos. Ya lo escribió Cervantes en boca del Quijote, “En todas las casas cuecen habas y en la mía a calderadas”.

Lo siento mucho, Irene, pero finalmente, yo paso, como se decía en mis tiempos de joven militante. No pierdo la esperanza, última brasa que me debe quedar de mi perdida fe cristiana, pero ya no sé alimentarla. Iré a alguna manifestación muy de tarde en tarde, haré todas las huelgas generales que se convoquen y eso sí mantendré mi afiliación sindical. Otros y otras vendrán  con su “alegre rebeldía”, como el nuevo movimiento por la justicia climática que está despertando la conciencia de la juventud en todo el mundo, como el movimiento feminista de hoy que ha internacionalizado una “huelga de cuidados” (¿te imaginas?) y que te hubiera emocionado conocerlo y participar, siendo com fuiste una de las pioneras. Quienes luchen y se organicen colectivamente contarán con mi apoyo y admiración, pero cuelgo las botas y me retiro, a ver los toros desde la barrera, después de haber hecho mi trabajo, de haber llevado un buchito de agua en el pico, como el colibrí ante el incendio. Desencantado y desarmado, moral e intelectualmente, he decidido iniciar un exilio interior, buscando refugio en la memoria.  Esta vez, Irene, me echo a un lado de ese “único camino” del que hablaba, nuestra admirada Dolores Ibárruri en sus primeras memorias. Lo hago sereno porque lo hago conscientemente, porque la niebla es acogedora tras la batalla, parafraseando a Sun Tzu: «Invisible es el soldado que cumple su misión y regresa a casa»…

Posdata: Irene Falcón falleció el 19 de agosto de 1999 con 92 años. En 1996 la editorial Temas de Hoy publicó sus memorias con el título Asalto a los cielos. Mi vida junto a Pasionaria