Otras miradas

Las elecciones del nacionalismo y la desafección política

Octavio Granado

Exsecretario de Estado de la Seguridad Social

Octavio Granado
Exsecretario de Estado de la Seguridad Social

Las elecciones europeas del pasado 25 del domingo pasado necesitan un análisis en el ámbito continental y en el nacional. No debemos buscar causas nacionales para fenómenos que se reiteran en la mayor parte de los países, pero tampoco ignorar la deriva de procesos nacionales camuflándola dentro del problema europeo.

Por comenzar, los partidos que gobiernan han sufrido una erosión de magnitud variable, pero general. El Partido Popular español no es una excepción, pero sufre un acusado descenso desde las últimas elecciones generales, lo que indica que estaba administrando un voto prestado que no se consolida. Además, con la relativa excepción de UPyD y la minúscula de Vox, sus electores ocasionales no se refugian en otras opciones de derecha para volver al redil, sino que retornan a la izquierda.

Estas han sido las elecciones del nacionalismo. Los ciudadanos culpan de la crisis a las instituciones europeas y a sus representantes nacionales por no enfrentarse con las mismas. Es dudoso que ese enfrentamiento sea posible, y todavía más que la vuelta al nacionalismo reporte más ventajas que inconvenientes, pero para muchos la Unión Europea no funciona. El nacionalismo reviste la forma en el centro y el norte (Dinamarca, Reino Unido, Holanda, Austria, Francia, Hungría y, en menor medida, Alemania) de xenofobia contra la Europa menos aventajada, y en el sur de demanda de mayor gasto contra la hegemonía alemana. Los pobres, en el norte, y los ricos, en el sur, aparecen como beneficiarios de políticas que nos perjudican. Son los chivos expiatorios de la crisis, junto con los dirigentes políticos. Esta tendencia es mucho más preocupante en unos países que en otros.

Lo específico de la realidad española es la pérdida de apoyos de la oposición. En esto si somos particulares,  aunque también vamos a favor de una corriente general. El sociólogo Inglehart señalaba ya hace veinticinco años que nos encontramos con transformaciones en el sistema sociopolítico que se concretan en una pérdida de centralidad del histórico conflicto de clase. Nuevas necesidades que se traducen en demandas sociales y nuevos agentes políticos que responden a ellas. Por citar un ejemplo, Anker Jorgensen fue Primer Ministro socialdemócrata en Dinamarca con más del 40% de los votos, y la actual primera ministra también socialdemócrata tiene el 25% de los votos,  pero encabeza una coalición.

No obstante, en el PSOE, la ausencia de atractivo para los votantes más jóvenes, la falta de capacidad para abordar la crisis catalana, la falta de relevo generacional y la falta de sintonía entre la oposición institucional y la movilización ciudadana  provocan que el voto ideológico no sea ya suficiente. Izquierda Unida manifiesta los mismos defectos y corre idénticos riesgos.

Lo que no sucede en este periodo con el PP. Cuando tuvieron lugar en 1977 las primeras elecciones democráticas, el PSOE no llegó a al 30% de los votantes, mientras que el PCE, el PSP, la extrema izquierda y la izquierda democristiana juntaban el 20%. Felipe González llegó al Gobierno después del frustrado intento de golpe de estado, y los españoles progresistas se conformaron con un Presidente del Gobierno que no viniera del franquismo (Fraga fue ministro de Franco, y Suárez, que inspira ahora tanta devoción entonces provocaba recelo: había sido Secretario General del Movimiento Nacional). La derecha española es menos plural que la izquierda, pero también hay conservadores y democristianos. Pero todos aúnan el deseo de no volver al denostado Zapatero, que juega el papel de Franco para la derecha.

En cuanto al aspecto más interesante de las elecciones en España, el surgimiento de Podemos es directa consecuencia del movimiento del 15-M. Los ciudadanos cada día son más críticos con sus gobernantes políticos, y la democracia representativa es más débil. Los movimientos sociales no solo cambian el mundo, sino que son cambiados por la propia interacción del movimiento, y no era extraño suponer que el 15-M acabara generando un grupo político. La identidad diseñada por el movimiento en el plano simbólico se extenderá con facilidad a otros contemporáneos. El ejemplo clásico es mayo del 68, que ha generado una noción de compromiso que va mucho más allá de sus participantes. Mayo del 68 fue rechazado por la izquierda institucionalizada (SFIO –socialistas-, PCF), y como anécdota cabe resaltar que los manifestantes en un salto golpearon a un político considerado el ejemplo de oportunismo por su participación en diferentes gobiernos. Se llamaba François Mitterrand.

El futuro inmediato determinará si estamos ante uno de los movimientos típicos de las elecciones europeas, o de un partido que asuma el papel de la izquierda no reformista. Para ello, Podemos deberá aclarar su posición sobre Cataluña, la energía nuclear, los impuestos, y otras muchas cuestiones de contenido ocultas tras el rechazo de la disciplina fiscal y la "casta" política. Si es un proyecto fallido, no se consolida, o simplemente produce la demolición de los partidos tradicionales, su aparición puede paradójicamente contribuir a asentar un largo periodo de gobierno del PP en España. Si por el contrario es capaz de sumar y de sustituir sin destruir, volverá a acercar a la política muchos desencantados. Para ello, también hace falta que el PSOE se renueve en profundidad.