Opinion · Otras miradas

Mis muertos vivos

Mi madre siempre dice que hay que hablar de la muerte con la misma normalidad que se habla de la vida. Supongo que la primera vez que supe de ello fue cuando escuchaba a mamá contar que no sabían si yo iba a morir unos días después de nacer. Luego, la muerte era evidente en las Nochebuenas, siempre algo extrañas porque mi abuela paterna falleció un 24 de diciembre y desde entonces, ella, aún ausente y sin yo haber podido conocerla, estaba presente. Conocí también la muerte en primero de EGB cuando mi amiga dejó de venir porque estaba malita. Nunca más volvió y fue ahí donde también comprendí lo que era la leucemia y pensaba, por entonces, qué había pasado para que le tocara a ella y no a mí, por qué unos sí y otros no. Me llevé el berrinche del siglo cuando llegó la muerte de mi canaria Deisy, a la que rescaté de la cocina de mi vecina de enfrente. Y conocí por primera vez el inmenso dolor y vacío real de la muerte cuando se fue el yayo.

Antes de irse, me llamó a su butaca y quiso despedirse de mí. Yo negaba con la cabeza, a pesar de que con mis diez años recién cumplidos me consideraba ya madura (inocente de mí). Luego vendría el puente de la Inmaculada, el dormir las tres hermanas juntas una noche, el que Irene ejerciera de hermana mayor y llorase sola ocultándonos la verdad, ver la cara de mamá, decirnos que el yayo no estaba, abrazar a la yaya… y que pasara el tiempo. Aquello fue en 1990 y desde entonces la vida que el yayo y la yaya me habían dado en mi infancia dejó de ser. Poco a poco, aquella terraza enorme que él compró para que las nietas jugaran dejó de retener las risas de mis hermanas, de mis primas y mías. Poco a poco, las rosas, los geranios y los jazmines dejaron de oler y se marchitaron. También desaparecieron las canciones para saltar a la comba o al elástico, se dejó de escuchar las cadenas de las bicis con las que aprendimos a montar, el bote de la pelota de ping pong, los golpes del yayo con la paleta en el borde de la paellera, la radio con el sonido del fútbol o el chirrido del metal del columpio que nos fabricó.

Ocho años después se iría tita Isabel. Le decíamos tita aunque, en verdad, era la hermana de la yaya. No conozco persona más bondadosa. Mereció tener una vida mejor, lejos de la resignación y de la vida a la que las circunstancias te llevan. Tita Isabel dejaba que hiciéramos de todo. Parece que la escucho ahora riéndose y llevándose las manos a la cabeza pero, a la vez, dejándonos vía libre para coger las sartenes bajo el horno. Sartenes donde luego mi hermana Eva y yo volcaríamos una mezcla repugnante de agua con hojas y pétalos de flores del jardín del yayo, que almacenábamos en los cascos de vidrio de refrescos. En mi defensa diré que, como hermana pequeña, me dejaba llevar por Eva. Y si Eva terminaba llevando la sartén al cuartelito de la cocina del yayo, donde él preparaba la paella, yo la seguía. Porque aquel cuartillo tenía más sartenes, paelleras, el peso de la tienda de mamá y los cestillos de verduras donde jugábamos a la frutería o recreábamos el programa “Con las manos en la masa”.

El aparador era otro tesoro… allí estaba el almacén dulce, el que desprendía el olor de las galletas de bizcocho, el de las magdalenas, el del chocolate… He de decir que el yayo y la yaya también me permitían de todo porque no me quedaba quieta. Desde quitar los zapatos de tacón a la flamenca que estaba encima de la tele, a perder las pelotas de ping pong, dejar que destrozara las magdalenas Bella Easo porque solo me comía la parte de arriba, o que el mini bombo de lotería que estaba en la vitrina perdiera todas las bolas por mi culpa.  A veces llegaban tarde, como cuando me comí la cáscara de sandía… El yayo me preguntaba que dónde la había metido y yo le señalaba mi panza. No he vuelto a hacerlo, que conste.

Por aquel entonces, yo veía ya en tita Mari un referente porque en ella había mucho de diferente: era soltera, trabajaba en una oficina, tenía su propio dinero, conducía su propio coche (Juanillo, le llamaba), devoraba los libros, compraba revistas femeninas, hablaba sobre los derechos de la mujer y, además, se había apuntado a yoga y tenía unas mallas y medias de colores como las de Eva Nasarre. Aquello, para mí, era de lo más moderno.

El tiempo pasó, y la marcha del yayo y de tita Isabel dejaron espacio a una nueva forma de vida. La infancia se fue, llegó la adolescencia, llegó otra etapa dolorosa, llegó una distancia y llegó una manera de entender que la sombra del yayo había sido tan grande en la familia que no me había dejado ver a las mujeres de mi vida.

Fue entonces cuando empecé a descubrir a la yaya y a tita. Con la yaya conocí a aquella mujer que le encantaba leer libros, que recortaba recetas de cocina de las revistas y luego las cosía, la que había pasado por una vida que yo descubría poco a poco, la que desvelaba detalles desconocidos de mis antepasados, la que me hacía conocer mis raíces, la que me contaba lo que el yayo ya no pudo contarme, la que me explicaba cómo juntos sacaron hacia delante a cuatros hijos en plena posguerra, la que hablaba del barrio del Perchel, la que me cosía las bufandas ahora cuando antes había cosido la ropa de mi Chabel, la que siempre me llamaba los 26 de julio y los 14 de septiembre para felicitarme…

Lo que peor llevamos fue (aún no lo hemos asimilado) que tita Mari se fuera antes que la yaya, que se rompiera la ley de vida. Que la muerte se llevara a tita me dejó sin muchas conversaciones que cada vez me interesaban más, como cuando todas escuchábamos a la yaya hablar de la guerra civil, o cuando tita nos recomendaba libros y películas, o cuando me hablaba de Carne Cruda, de Gemma Nierga, de Julia Otero… o cuando nos sentó junto a la yaya para leer lo que el franquismo había hecho con las mujeres y tomar conciencia de lo conseguido. Si me viera ahora, si supiera todo lo que está ocurriendo, si pudiera recomendarle yo ahora libros feministas, si ella hubiese podido despedirse de su madre… Si leyera esto sé que me daría un beso en la cabeza (como siempre) y haría uno de sus chistes de humor negro, junto a su «!Qué haces escribiendo esto, Antonia!, como nos llamábamos entre todas nosotras cuando queríamos quitar hierro a un asunto.

Y, tras tita, nos quedó la yaya. No sé aún de dónde sacó toda esa resistencia, cómo sonreía y mantenía su lucidez. La recuerdo contando cómo huyó de pequeña con su madre y hermanos durante la guerra, mientras escuchaban las bombas por toda la sierra de Ronda, llegar hasta Marbella buscando protección, y alcanzar después hasta Málaga y escuchar los ataques del puerto en aquel refugio de calle Larios. La recuerdo hablar de su madre, mi bisabuela, por el dolor que almacenó toda su vida por la guerra, o de cómo leía los periódicos con avidez y le gustaba hablar de política, en lo que me recordaba a mí. Decía (quizás porque las yayas saben el futuro) que me veía por las mañanas en la tele cuando yo aún ni estaba (y así me animaba por estar en la cola del paro). La recuerdo cantando con mamá “El día que nací yo” o cuando decía bajito, con su 97 años y en cama, que “yo no como patatas fritas porque engordan”. Lo malo de que pase el tiempo es que, a diferencia de la muerte del yayo, donde el resto de la familia estaba detrás para sobrellevar la pérdida, la marcha de tita y yaya nos dejó viviendo sus muertes en soledad.

Este verano he tenido mucha nostalgia de aquellas noches en los Boliches. Me acordé mucho en San Juan, cuando el yayo celebraba su santo. Aquella noche pensé que, ahora que estaban todos en algún lugar (yo lo del cielo es que no me lo creo) estarían festejando la noche de San Juan a su manera, porque parte de su energía está en aquella casa… Poniendo el yayo nata a los flanes de limón de la yaya, friendo calamares o jugando al ping pong con tita Isabel. Pensé que tita Mari habría traído o dulces de la confitería Bernal o el helado de turrón y fresa de Verdú, junto al cortadillo de vainilla para la yaya.  Y cuando llegan las Navidades, en Nochebuena, me imagino al yayo con la botella de anís y la cuchara haciendo ruido, a la yaya llevando el bizcocho de naranja, y a tita Isabel preparando los potitos de lechuga y tomate y preguntando por la lata de melocotones, el bote de nata montada y los turrones.

Cuando la yaya murió y la enterramos junto con tita Mari y el yayo, cuando se cerró el nicho, vi pasar mi infancia y me despedí de ella. Respiré y lloré en silencio. Ahí dentro, en esos pocos metros, estaban mis raíces y las personas que me permitieron crecer feliz y también un cariño que no tiene sustitución. Sentía pena, dolor, pero a la vez tenía un agradecimiento eterno por lo que me ofrecieron. Desde aquí solo quiero que sepan que me hicieron ser, en aquella terraza y en las paredes de aquella casa, inmensamente libre y feliz. Escribo esto por si alguna vez me viene el alzheimer y se borra de mi memoria. Aunque hoy no estén aquí, aunque los recuerde si voy o no a su tumba, la mejor herencia que me han dejado no son un piso, ni unos muebles ni nada material. La mejor herencia que me han dado es el tiempo que compartí con ellos y los recuerdos únicos que me llevo. Eso me permite mantener a mis muertos vivos.  Para que no se me olvide de donde vengo, y para que nadie caiga en el olvido.