Otras miradas

'Blade Runner', elecciones y miedo en los ojos

Daniel Bernabé

Imagen de la película 'Blade Runner' (1982)
Imagen de la película 'Blade Runner' (1982)

Fondo negro, título en rojo de la película que está a punto de comenzar. Créditos a una velocidad pausada, una hipnótica música ambiental, con una melodía que se difumina al final de cada compás, nos advierte de que vamos a entrar en un universo tan atrayente como inquietante. Un breve contexto en cuatro párrafos se desplaza sobre la pantalla: los replicantes, criaturas creadas con ingeniería genética, más fuertes e inteligentes que los humanos, son utilizados como fuerza de trabajo esclava en las colonias fuera de la Tierra. Los Ángeles, Noviembre de 2019, lugar y tiempo. Primera imagen: una gigantesca ciudad vista desde el cielo, la cámara avanza con una lenta majestuosidad, explosiones, desde algo que parecen quemadores de gas, salpican un paisaje de altos edificios. Un vehículo volante atraviesa el plano. Todo se acaba reflejando en una retina que observa la escena.

Así comenzaba una de las películas de ciencia ficción que han marcado estos últimos cuarenta años, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), y que esta semana tomaba una especial relevancia por haber alcanzado nuestra línea temporal el presente donde se desarrollaba la historia. Nos causa especial curiosidad ver cómo imaginábamos el futuro, si alguno de los parámetros expuestos se han cumplido a pesar de que el contexto de la película, basado en un cuento escrito en 1968 por Philip K. Dick, era una distopía donde la superpoblación y algún tipo de catástrofe ecológica habían asolado el planeta.

Rutger Hauer, el actor que daba vida a Roy Batty, el líder de los replicantes insurrectos, falleció este mismo año como su personaje, una de esas casualidades que unen a intérprete con un papel que marcó de forma definitiva su carrera. Quedarán siempre entre nosotros esas últimas líneas de un existencialismo arrebatador pronunciadas por una criatura más humana que los humanos que buscaba, después de haber asesinado a su creador, la propia trascendencia metafóricamente expuesta en las imágenes alucinantes que había podido presenciar en su corta vida.

Una de las características de los replicantes, condenados a una vida de trabajos extenuantes o prostitución, dependiendo de su sexo, era que su reloj biológico no sobrepasaba nunca los cuatro años. Para intentar evitar el desequilibrio psicológico de haber nacido adultos pero carecer por completo de bagaje vital se les insertaban recuerdos artificiales, es decir, se les proporcionaba una identidad ficticia para dotarlos de un ser. El individuo necesitaba saber quién es ya que de alguna manera esto es lo que le vincula al mundo y le hace tomar decisiones, desde las más prosaicas hasta las más definitorias, en relación a esa experiencia.

La grandeza de Blade Runner no se puede medir desde la vulgaridad de enfrentar la técnica presente a la imaginada, sino por haber sido capaz de colocar al espectador en medio de una serie de preguntas ontológicas, aquellas que afectan a la profundidad de nuestra existencia, mediando una estética alucinante entre el retrofuturismo de entreguerras, la majestuosidad decadente de una ciudad en ruinas donde nunca acaba de ser de día y un diseño contextual que hace que la máquina narrativa parezca que tiene vida propia. De ahí que, vista el mes que viene, seguirá hablándonos de nuestro vacío, nuestra soledad y nuestra nostalgia (sin saber ya de qué) como el día de su estreno. O quizás incluso en nuestro presente de una forma más precisa.

Hoy todos somos replicantes por la sencilla razón de que la relación entre nuestra identidad y las formas de crearla nunca habían sido tan artificiales como ahora. La identidad es una compleja mezcla entre nuestra experiencia y las mediaciones culturales. Importa, en un gran grado, lo que vemos, tocamos, con quién hablamos, lo que nos sucede al ir a coger el autobús o el vehículo con chófer, la habilidad que tenemos para esquivar las reprimendas del jefe o de la que hacemos gala para lanzarlas, el apelativo al físico que una mujer recibe por un desconocido, lo que nos queda en la cuenta al final del mes y el tiempo y la manera empleada en ganarlo.

Pero también creamos nuestra identidad en base a los libros que leemos, las películas y series que vemos, la música que escuchamos. La frecuencia con la que accedemos a estos artefactos, nuestro capital cultural para entenderlos. Nos formamos una identidad con el entretenimiento, accediendo a Youtube, materializándonos como producto al subir nuestras imágenes a redes. Creamos una identidad con nuestra ropa, nuestras gafas de sol o nuestro peinado. Nos formamos en base a lo que otros ya han pensado o experimentado.

Las mediaciones culturales modulaban nuestra forma de ser, desde el sermón del cura hasta una novela de Kipling, por eso teníamos miedo al pecado o nos identificábamos con un casaca roja. Pero nuestra vida cotidiana nos llevaba a manejar otras formas de identidad por aquello que nos afectaba muy directamente: el trabajo y nuestra posición en la escala de producción era una de esas constantes que, entendidas grupalmente a través de una experiencia organizada y política, resultaban definitorias. Además, viendo una película en la que salía gente muy parecida a nosotros, sufriendo las mismas privaciones, compartiendo las mismas esperanzas, nos sentíamos parte de algo más grande, comprendidos en nuestra comunidad.

Más o menos en el mismo momento en que se estrenó Blade Runner, 1982, el neoliberalismo comenzó a destruir esos nexos comunes atomizando la producción y rompiendo la experiencia comunitaria política. Poniendo por delante de la idea de igualdad la idea de diferencia. Utilizando un arsenal cultural para que el individuo lo fuera todo y sus aspiraciones, regladas, medidas, dirigidas siempre hacia los deseos del mercado, sirvieran de pantalla a aquello a lo que realmente podía aspirar. Se nos rompió la idea de historia, de futuro y de pasado, quedando varados en un presente continuo donde estábamos más solos pero sobre todo infinitamente perdidos.

La cultura es el sustrato donde el poder arraiga, donde las ideas toman, más allá de su validez real, la vigencia para ser llevadas a cabo, donde eso llamado sentido común marca qué es lo que se puede desear y realizar y lo que no. Una cultura se hace dominante cuando se eleva sobre todas las demás oscureciéndolas, una cultura se hace hegemónica cuando consigue no ya pasar por una arbitrariedad, una forma concreta de interpretar el mundo a través de unos valores, unas ideologías, sino como la forma natural en que suceden las cosas.

Hoy, en nuestro presente, el neoliberalismo como fase capitalista es un modelo en descomposición incapaz de recurrir a otra cosa que no sea la fantasmagoría financiera de la especulación. Pero la sociedad que ha creado tiene una hegemonía total sobre la idea de que pueda existir algo diferente: ni siquiera nos podemos plantear otros horizontes porque no los concebimos. Somos replicantes trabajando en un mercado laboral destruído por sueldos infames con los que ni siquiera conseguimos una estabilidad mínima, quizá un gadget tecnológico o unos cuantos miles de seguidores que nos otorguen dopamina con sus likes. Apreciamos por encima de todo nuestra individualidad como manera angustiada de situarnos en una sociedad puerilmente comprensiva con nuestras diferencias, pero atrozmente despiadada con nuestras desigualdades.

Vivímos en un páramo de irrealidad y nos movemos en círculos sin instrumentos de navegación disponibles. Sin embargo una pulsión surge poderosa de nuestro desasosiego: los iconos sonrientes y las toneladas de antidepresivos crean al final una neurosis que hay que solucionar de alguna manera. Como los animales que buscan el agua por instinto, nosotros buscamos la comunidad en la que sentirnos resguardados. Unos lo hacen en grupos cada vez más fraccionados y específicos, otros en masas cada vez más grandes y transversales. Todos, a pesar de los filtros fotográficos, tienen miedo en sus ojos.

La relación que concebimos mayoritariamente con la política es emocional, de acuerdo a esta pulsión de desasosiego. Unos se agarran a la nación como algo que expulsa y que necesita de un antónimo para funcionar: eres más español que el de al lado y le golpeas con la bandera en el mitin, eres catalán como refugio frente a los mesetarios polvorientos que te roban. Otros, desde la tribuna, piden a su público que vaya a votarles y les exigen un sí circense, de insistencia infantil, que debería cuando menos sonrojarnos. Otros juegan un poco a lo de las banderas, diciendo que van a meter a la cárcel a los malos para sin solución de continuidad sujetar un perrito entre las manos. Otros se dejan barba y se dejan hacer, que es lo que pasa cuando tienes buena cuna, que puedes jugar a incendiario y hombre de Estado según toque.

¿Qué esperábamos? Como individuos aislados compramos un sucedáneo de política que nos haga sentir menos solos, que nos hable sólo a nosotros como ese producto que te va a hacer más feliz. Consumimos no ideología, sino aspiraciones ficticias y dirigidas. La izquierda que queda hace lo que puede en un juego que no es el suyo pero al que han decidido jugar. Fuera de las instituciones hace un frío tremendo. Dentro un calor abrasador que se ha llevado las energías de aquello que se llamó cambio. Con resistir, al menos resistir, se habrá demostrado que recordar mínimanente los senderos vale de algo. Lo extraño, poniendo la oreja en los bares, es que aún sigan vivos.

Alguno irá a votar al que más voces dé, a costa incluso de poner como centro de nuestras desdichas a un grupo de menores extranjeros que han llegado al país sin sus padres. A quien toque menos a los consejos de administración que miran satisfechos el escepticismo, el desencanto y el miedo con admiración. En alguna película de moda se habla de matar a los ricos. Los ricos saben que antes nos acabaremos matando entre nosotros, los penúltimos contra los últimos. Y no le llamaremos ejecución, tan sólo retiro.