Opinion · Otras miradas

Las manadas de MENAs

José Mansilla

Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU)

La presidenta de VOX en la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio (c), y el líder de Vox en Andalucía, Francisco Serrano (i), frente a un centro de menores del barrio de la Macarena de Sevilla. EFE/Julio Muñoz
La presidenta de VOX en la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio (c), y el líder de Vox en Andalucía, Francisco Serrano (i), frente a un centro de menores del barrio de la Macarena de Sevilla. EFE/Julio Muñoz

El pasado lunes, la portavoz del partido ultraderechista VOX en la Asamblea de Madrid, y una de sus caras más visibles y últimamente noticiables, Rocío Monasterio, junto a la candidata al Congreso por Sevilla en las elecciones del 10N, Reyes Romero, y el juez Francisco Serrano, presidente del Grupo Parlamentario del mismo partido en el Parlamento de Andalucía, se acercaron a las instalaciones del Centro para Menores no Acompañados (MENA) de la calle Los Polancos, en el sevillano barrio de la Macarena. Entre otras declaraciones, la Sra. Monasterio señaló que su presencia allí se debía a la necesidad de defender a los vecinos y vecinas de la zona de las “manadas de menas” que, supuestamente, degradaban el entorno con su mera presencia y actividades. Más allá del más que evidente carácter electoralista de la visita, y de las mentiras e intenciones que se ocultan tras este tipo de mensajes –según datos del Ministerio del Interior, solo el 0,54% de los delitos se encuentran vinculados a este grupo de población -, resulta de interés, por el carácter simbólico del mismo, la expresión manada de menas usada por la política neofascista.

Hoy día, los medios de comunicación juegan un papel fundamental a la hora de establecer categorías sociales y clasificaciones. Por ello, el uso que se pueda hacer de los mismos se aparece como de enorme importancia a la hora de producir realidad social. En cierta medida sería posible decir que los medios contribuyen a crear nuestro mundo cotidiano. En este sentido, la utilización del acrónimo MENA para designar, virtualmente, a un colectivo concreto de población con la comisión, sea real o no, de determinados delitos o, incluso, con su participación en la degradación de un barrio completo, tendría dos objetivos fundamentales. Por un lado, mediante un mensaje simple -y simplificador- contribuir a descomplejizar la realidad de un territorio –una ciudad, un barrio, una calle- que mantiene una historia concreta de carencias y necesidades y un presente siempre complicado. Y, por otro, a través del uso de una denominación técnica –MENA-, deshumanizar al grupo social que se encuentra detrás para, posteriormente, poder cargar sobre él unas culpas y males determinados, independientemente de si responden a la realidad o no. Así, UNICEF define a los MENA como aquellos menores no acompañados de un Estado no miembro de la Unión Europea (UE), o al apátrida menor de 18 años, que al entrar en territorio español no viene acompañado de un adulto. Se trata, por tanto, de chicos y chicas menores, niños y adolescentes, de los que los supuestos adultos garantes de su integridad han declinado cualquier responsabilidad. Tal estado de desprotección les conduce, en gran cantidad de ocasiones, a vivir situaciones realmente duras donde se pone en peligro su propia supervivencia,  a abusos y agresiones sexuales, principalmente las niñas, a caer en las redes de organizaciones criminales de trata de personas y a situaciones de estrés y crisis inimaginables.

Sin embargo, no deja de ser curioso que la Sra. Monasterio haya añadido otro término de triste actualidad, manada, a la hora de llevar a cabo su estrategia política estigmatizadora. Y es curioso porque, en este caso, la deshumanización de los componentes del grupo a los que inicialmente se conoció así –el caso de los condenados a 15 años de cárcel por el Tribunal Supremo por un delito de violación a una chica en las fiestas de San Fermín del 2016- opera precisamente en sentido contrario: desdibujando la gravedad del contenido de su acción. Es decir, como hace poco señaló la abogada Carla Vall en un programa de la Televisión Autonómica catalana (TV3), “es necesario dejar de decir que son una manada, son violadores globales o depredadores sexuales” ya que, únicamente de este modo, será posible situar de forma correcta en el mapa de la opinión pública la enormidad de un problema que no deja de estar presente entre nosotros.

En definitiva, la portavoz de VOX en Madrid mediante una especie de oxímoron simbólico evidenció que las palabras y los discursos contribuyen a crear nuestra realidad, a determinarla y que, sobre todo en determinados momentos de tensión política y social –como unas elecciones-, nunca son neutras, sino intencionadas. Pero, sobre todo, que para la construcción de la realidad el hecho de que los enunciados sean ciertos no tiene ninguna relevancia.