Otras miradas

La cultura navideña es más poderosa que la religión

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Javier López Astilleros

Las fiestas navideñas representan la apoteosis de una sociabilidad que todo lo aguanta y disculpa. El estadio superior de la fe no requiere el templo ni la ceremonia, pues el culto religioso se ha sustituido por la devoción a la cultura, que es como un sucedáneo del chocolate.

Esta es la causa por la que en los libros de primaria de lengua castellana (ed. Santillana), los niños aprenden a cantar villancicos:

Ande, ande, ande
San José es de mazapán, y la Virgen de canela, y este niño es un bizcocho, hecho de azúcar morena. Ande, ande, ande que hoy es nochebuena….

Las niñas de todo credo y etnias los memorizan, y después de múltiples ensayos, recitan las canciones en los auditorios y teatros de los centros escolares, ante las encantadas madres y algunos padres.

A comienzos de diciembre, las flautas se afinan día y noche en las oscuras y lánguidas tardes de invierno. Tan es así, que la primera melodía del amanecer es el sonido de la flauta, de estribillos solo comparables a los grandes éxitos de los cuarenta principales.

La Navidad es cuestión de Estado. No es necesario que los niños pasen por la pila del bautismo ni la confirmación, pues las criaturas quedan ungidas por el poder de los libros de texto, la familia, y la sociedad. La cultura es más poderosa que el rezo, y además exime de purgatorios, flagelos, y rezaderas febriles.

La pérdida de fe cristiana es sustituida por un abeto decorado con la saga de Marvel, nintendos, y multitud de artilugios que les harán sonreír por unas horas, para gloria de la industria del reciclaje y vertederos.  El resultado es que millones de plásticos están destinadas al olvido en febrero del 2020. Pero hay algo que sobrevive a este aquelarre de consumo, porque en realidad estas fiestas representan un hecho astronómico. Hay algo anterior al nacimiento del Cristo histórico, una fuerza que impulsa el valor del invierno. Por ejemplo, ciertas zonas del complejo megalítico de Newgrange (Irlanda) están orientadas hacia "el sol del solsticio", de tal manera que cuando los primeros rayos del 23 de diciembre aparecen sobre el gélido horizonte céltico, ilumina las estancias de los túmulos, en una preciosa alegoría que las tribus de hace milenios lograron plasmar con el lenguaje de la piedra y la luz.

Estas fechas representan un gran consenso que unifica las culturas, desde las escuelas del opus hasta las más laicas, en los trópicos y en los desiertos. Es natural que en un manual de lengua castellana los niños aprendan a cantar villancicos, porque hay un metalenguaje anterior a la gramática, y eso es lo que a veces se enseña en las aulas.

No es aconsejable buscar refugio ante el chaparrón de la Navidad, porque es fácil frustrarse, y además no todo el mundo se lo puede permitir. Pero si no queda más remedio, sorber el jugo del marisco, y saborear una buena chuleta acompañada de un buen vino, no es tan mal plan.

El arte son sus máscaras, anuncia un letrero de una cristalería en un barrio popular de Madrid