Otras miradas

¿Les cosemos a impuestos, o consideramos como genocidas a los ultra-capitalistas?

Joaquín Ivars

Profesor titular de la universidad de Málaga

Pixabay.
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Zygmunt Bauman decía que el genocidio nazi contra la "diferencia" (étnica, nacional, sexual, etc.) no tenía que ser considerado un hecho inevitable que venía de suyo con la Modernidad y sus espectaculares avances científicos; la aceleración de conocimientos en la ciencia y en la técnica durante la era industrial, propiciado por una racionalidad exitosa pero absolutamente instrumental, no tenía por qué haber seguido forzosamente esos monstruosos derroteros. Es decir, no era obligatorio el exterminio porque existiese una razón científica o técnica que lo avalase; una cosa es lo que se puede hacer y otra lo que finalmente se hace con lo que se puede hacer, y ahí la ética parece tener algo que decir. Sin embargo, sí nos recuerda el sociólogo judío polaco-británico que sin los avances modernos el Holocausto no hubiese tenido lugar, o no al menos de esa manera racionalizada, industrial, en la que se produjo y que nos llena de espanto cuando sabemos de sus cálculos y de la sistematización de la producción en masa de cadáveres que trajo consigo como si fuesen vigorosas factorías de coches, linternas o aparatos de radio.

En uno de sus acerados aforismos, casi de pasada y en un par de líneas el filósofo rumano Emil Ciorán nos dice así: "Se puede dar por seguro que el siglo XXI, mucho más avanzado que el nuestro, mimará a Hitler y a Stalin como a tiernos infantes". Se encuentra esta despiadada profecía en el capítulo Pensamientos estrangulados de su libro El aciago demiurgo escrito en francés en 1969 y traducido al español por Savater unos años más tarde.

Mucho antes que las cavilaciones de Ciorán o de Bauman, el militar prusiano Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz escribe la conocida sentencia: "La guerra es la continuación de la política por otros medios". Esta frase tan famosa forma parte de su monumental trabajo, un tratado que lleva por título De la guerra (editado en ocho volúmenes) y que hoy día, y desde hace mucho tiempo, es estudiado tanto en las academias militares como en cualquier aspecto de la vida en el que la feroz competencia tenga lugar, desde los deportes a los negocios pasando por las luchas territoriales, académicas, partidarias, etc.

En 1944, el jurista Raphael Lemkin, también judío de origen polaco, huido del exterminio y asilado en EEUU, acuñó la palabra "genocidio" en su libro El poder del Eje en la Europa ocupada; un término que ha llegado a nuestros días con los evidentes cambios conceptuales y jurídicos a los que contribuyen el paso de los años y las múltiples reflexiones que sobre este tipo de nociones suelen hacerse. En España se tipificó el delito en el Código Penal curiosamente en 1971, antes de la muerte del dictador, y en nuestros días es explicitado en la RAE como el exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad.

Una, dos, tres, cuatro aproximaciones y creo que ya estamos en condiciones de proponer variaciones de la pregunta del título: ¿El abuso económico como genocidio? ¿Sería posible acusar a los ultra-ricos de un genocidio masivo perpetrado con armas económicas y con la connivencia de algunas fuentes de poder religioso, mediático, técnico, político, etc. que se aprovechan del status quo? Si decía Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios (una frase que me resulta fácilmente reversible), ¿podremos algún día llegar a la conclusión más que obvia de que la economía capitalista supone la continuación de la guerra y la política por otros medios? Unas preguntas formuladas desde muy lejos de los tecnicismos jurídicos o de la filosofía del derecho y basadas simplemente en la observación de las cosas que nos pasan. Esos acontecimientos que nos suceden a diario, o que vemos en aquellos informativos que nos dejan ver algo, suelen ser habitualmente atribuidos al azar o los dioses cuando en realidad siempre hay quienes, además de aprovecharse de las circunstancias inevitables que la naturaleza nos impone, mueven y retuercen los hilos del destino desde sus privilegiadas y confortables zonas de poder; ya se sabe, si hay catástrofes, los ricos se recomponen siempre con más riqueza y los pobres con más pobreza.

Por supuesto que todo esto quedó claro hace mucho tiempo y que teóricamente lo tenemos asumido en muchos confines de la Tierra; que los responsables de lo que les pasa a los humanos, salvo circunstancias excepcionales, son los propios seres humanos. Pero la pregunta que resulta de algunas aproximaciones teóricas es: ¿Por qué entre las razones que se incluyen para definir el genocidio no se incluyen las socioeconómicas, incluso las ecológicas de las que ahora pendemos como de un hilo a punto de romperse para siempre y que por supuesto también tiene sus causas en la avaricia, la enfermiza acumulación de capital y patrimonio, el despilfarro desafiante de cualquier síntoma de cordura y el insultante y psicopático desprecio por las miserables condiciones en que viven tantos millones de personas que pueblan la Tierra?

Podemos repasar la lista de los considerados genocidios que se han dado en nuestro planeta desde la aparición en él del ser humano (incluidos todos en la denominación técnica de crímenes de lesa humanidad y por tanto sin posibilidad de prescripción), y vemos que hay dificultades para considerar algunas masacres como genocidios; se utilizan todo tipo de estratagemas y controversias para desligar del papel de genocidas a según qué tipo de actores y acciones. Pero en este caso que aquí traigo la cosa no me puede parecer más sencilla: Si mi libertad acaba donde empieza la del otro, o eso venimos proclamando desde hace décadas, ¿dónde acaba la acumulación de riqueza de unos frente a otros? Hay quienes muestran hipersensibilidad a la libertad de expresión, por ejemplo; sin embargo, a esos mismos habitualmente la brutalidad y crueldad económica no les parecen dañinas, ni siquiera dignas de mención, no les interpelan en absoluto. ¿No vamos a poner nunca límites serios al abuso? ¿Seguirán simplemente haciéndose informes de ensanchamiento de la brecha económica entre ricos y pobres y quedaremos pasivos frente al acontecer de los hechos? Un catedrático de economía, desde su acomodado observatorio financiero explica elegantemente que la brecha entre países parece disminuir mientras aumenta la que existe entre ricos y pobres. Muy fino.

Que esos ultra-ricos no nos vengan con el rollo de "yo me lo he ganado limpiamente con mi trabajo y mi esfuerzo y tengo derecho a disfrutar de mis dotes, sean las que sean"; había que ver cuáles fueron sus armas iniciales y cómo y a costa de quién se emplearon a fondo y hasta dónde han llevado sus despotismos. Ciorán nos indica casi a renglón seguido de la cita que trasladé anteriormente: "Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo". Toda esta nueva tecnología informática que ha facilitado el abuso global a través de la economía tanto productiva como financiera supone el cumplimiento de la cita de Ciorán en la que viene a decir que Hitler y Stalin serían, aún, políticos y toscos infantes frente a esta panda de sofisticados tiburones de las finanzas y la explotación económica a escala mundial. Esos enemigos, los máximos acumuladores de capital (ese uno por ciento del que se habla que acumula más del 80% de la renta mundial o algo parecido, según distintos informes), que campan a sus anchas por el largo y ancho mundo, no se merecen otra cosa que (como medida terapéutica y por su propia salud mental y el bien global, y como aviso a envidiosos navegantes que anden pensando en seguir esos "ejemplares pasos") les cosamos a impuestos hasta que se les pase la fiebre del oro y bajen sus humos, o llegue el momento jurídico en que les podamos acusar de genocidas que destruyen física y mentalmente las vidas de millones de personas. La filosofía del derecho tiene aún mucho trabajo que hacer y los economistas de bien también. Seguro que muchos están en ello, pero resulta desesperante que el planeta, ya sin tiempo, colapse por culpa de los viciosos acumuladores de capital y que nada ni nadie consiga reventarles los negocios de la muerte con que se nutren sus asquerosas vidas, y encima nos vendan sus putrefactos éxitos como ejemplos a seguir y nos quieran hacer beneficiarios de sus obscenas caridades. Vómito.