Otras miradas

Nuevo ciclo electoral tras el fin de la nueva política: retomar la propuesta democrática (y 2)

Xoán Hermida

Director del Foro Obencomún y doctor en Gestión Pública

[4] Una nueva relación con la sociedad

Un año después del 15M y dos años antes de la irrupción de Podemos, en Galicia, AGE dio una solución práctica al combinar los parámetros nacionales y sociales, abordando el carácter nacional de manera transversal y poniendo las bases teóricas para un proyecto político de izquierda, autoreferenciado sobre el sustrato nacional centrado en el carácter democrático del derecho a decidir y sobre un soberanismo cívico, en lugar de un nacionalismo identitario de carácter ideologicista.

AGE acertó y conectó, electoralmente en un primero momento, con un sector amplio de la población al poner el acento en la coordenada democrática por encima de las otras dos: la social y la identitaria. Con posterioridad Podemos (En Marea, En Común y Compromís) también supieron situar el relato en el centro de la oferta política con resultados electorales inimaginables en la izquierda no socialista (noviembre 2015).

Pero el acierto electoral se convirtió pronto en fracaso, y lo que es peor en frustración, y en una derrota estratégica al no ser capaces (por acción o por omisión) aborda la nueva epistemología desde cuatro niveles centrales:

  1. El de la radicalidad política, frente al reformismo como estrategia y la ideología como acción política. No es posible construir nuevos paradigmas desde propuestas agotadas, sea esta la (neo) socialdemocracia o el (post) comunismo. Se trata de desenvolver un programa electoral de reformas fuertes que permita avanzar la propuesta de cambio, situar el programa de cambio como un elemento estratégico, en lugar de un elemento táctico, acabando simplemente en una agenda de gestión con falta de perspectiva.
  2. El de las relaciones con la sociedad civil como elemento de impulso para el cambio. El cambio se sustentara en el músculo social, en la autoorganización ciudadana. La llegada al gobierno de cualquiera de estas propuestas sin estar acompañadas por un movimiento ciudadano autónomo y fuerte está condenado al fracaso. La construcción es desde el movimiento hacia el interface y no al revés. La tutela partidaria que practicó la vieja izquierda no puede ser sustituido por el ‘partido totalista’, substitutivo de la sociedad, pues los resultados serían igual de nefastos.
  3. El de la diferenciación entre partido y proyecto. La desaparición del partido vanguardia o vertical (leninista) lleva consigo la necesidad de entender el proyecto de cambio como un proyecto compartido (compuesto por diversos agentes políticos y sociales) y cooperativo (conformado desde la pluralidad cívica). Esta necesidad de entender la política como cooperación es más acentuada cuando además existe un estado plurinacional, como es el caso español, donde los agentes periféricos y la estructura partidaria es diversa en los diferentes entes nacionales.
  4. El de situar el programa democrático, en su doble vertiente radical y regeneracionista, en el centro de la agenda política. Un programa para a una nueva democracia  que aborde: la reforma del sistema de partidos y de representación; las políticas de transparencia pública, participación ciudadana y administración; el control democrático y ético del ejercicio de cargos públicos; la reforma da administración territorial e institucional; el derecho a una justicia independiente, efectiva y transparente; el control democrático de las campañas electorales y el financiamiento de los partidos políticos; y el Derecho a una información independiente, veraz e de calidad. Y todo ello sobre el concepto de ‘gobierno abierto’[1] necesario para crear un nuevo clima de confianza y seguridad en la población.

Sin lugar a dudas, la radicalidad democrática es el frontispicio de la nueva política. Es decir, un programa de ampliación del modelo democrático tanto en el plano de la acción representativa como en el de la participación cívica. Hay una demanda para que se dé un nuevo equilibrio entre la participación ciudadana y su capacidad de intervención en las estructuras partidarias e institucionales.

Movimientos como DRY o 15M pusieron encima de la mesa los límites de la democracia representativa, más aún en un modelo como el español, fruto de una transición liderada por las élites del régimen anterior, un excesivo peso de los partidos políticos y una escasa tradición de cultura democrática.

[5] Y en eso llego Podemos y… Unidos Podemos

Uno de los mitos sobre los que se asienta la realidad de Podemos, - el otro es que es la expresión partidaria del 15M -, es que nunca una fuerza de izquierdas fuera del espacio tradicionalmente socialdemócrata había sido quien de tener una proyección electoral tan fuerte en el contexto europeo. La realidad es que el PCI y el PSUC a inicios de los 80, el BNG en Galicia a finales de la década de los 90, Syriza en Grecia hace cinco años o actualmente varias fuerzas verdes, el Sinnfein o ERC muestran que las 'excepcionalidades' son más frecuentes de lo que parece.

Todas estas experiencias tienen en común haber sido capaces, en diferentes momentos y contextos, de ir más allá de su espacio ideológico para abordar eso que los clásicos definían como proyecto nacional de clase, trascendiendo a los intereses corporativos de origen y formularse con niveles de transversalidad electoral amplios.

El 2011 fue un año de incorporación y reincorporación a la política. El 15M fue una escuela de politización para una nueva generación de activistas, para otros una puerta para la reincorporación a la política partidaria, tras años de desconexión, al entender que se abría una oportunidad de enmienda a la totalidad del que se venía haciendo desde los partidos en general, y desde la izquierda en particular, hacía buen tiempo. Para unos y otros un proceso de repolitización.

El 2012 nace AGE, como primera experimentación del nuevo tiempo y el cambio de la estructura de partidos en Galicia. Los primeros pasos de AGE en Galicia no fueron precisamente esperanzadores, con un peso excesivo de las cúpulas partidarias haciendo lo que mejor saben hacer, pactar en la trastienda. Todos aceptamos tácitamente esa situación entendiendo que se trataba de un período transitorio corto hasta que las dinámicas ciudadanas fueran recuperando el espacio demandado en las plazas y situando al margen las dinámicas competitivas de los partidos.

La irrupción de Podemos, en las europeas del 2014, fue una esperanza y la constatación de que más gente estaba pensando con las mismas lógicas en otras partes del Estado. La irrupción de las Mareas, en las municipales del 2015, una primavera democrática que permitía definir una hoja de ruta propia y a la vez distinta a un Podemos que ya comenzaba muy rápidamente a mostrar síntomas extraños.

A diferencia del 2015, el 2016 fue un año horrible para la nueva izquierda. Se inició con los errores, aparentemente tácticos, de cómo afrontar la investidura de Pedro Sánchez, siguió con la transformación de Podemos en Unidos Podemos (un elemento ya no tan táctico) y remató con la reorientación estratégica de Podemos en Vista Alegre II cara un proyecto que se estrechaba en su interpretación ontológica y en su concepción epistemológica (incluida la revisión del planteamiento real de la plurinacionalidad en la acción política).

Fue en noviembre de 2018 en un acto en Ferrol, con el motivo de la presentación de mi libro "Galicia no labirinto da nova política" (Editorial Galaxia 2018), cuando expresé por vez primera en público la idea de que entrábamos en la etapa post-Podemos (referencia que incluía además de a la propia Podemos, a las fuerzas del cambio que se habían vertebrado alrededor de él) y que ese nuevo tiempo sólo se resolvería bien con una vuelta a los orígenes del movimiento o con la posibilidad real de que fuerzas populistas de extrema derecha acabaran asomado en el panorama político aprovechando el caldo de desafección política (como así ocurrió con Vox).

Cuando hablo de la etapa post-Podemos no me refiero a la desaparición de Podemos (hoy Unidas Podemos) del escenario político, sino a la pérdida de su carácter central en la vertebración del cambio, su limitación a ser una fuerza política auxiliar del PSOE (que paso en el imaginario a ser desplazado como le ocurrió al PASOK a recuperar la hegemonía en el campo de la izquierda) y reducido en parámetros de voto popular en cifras más próximas al 10% que al 20%.

Hoy ya tenemos suficientes elementos de análisis que permiten asegurar que las decisiones tomadas entre enero y marzo de 2016 no respondían a una rectificación táctica sino que iba mucho más allá. La repetición de las elecciones generales (por la negativa a facilitar la investidura a Sánchez y ser la alternativa al gobierno PSOE-Cs), formaba parte de la alteración del discurso democrático de Podemos por uno frentista y por la prioridad en la alianza estratégica con IU que suministraría de cuadros políticos a un Podemos carente de ellos.

Las constantes perdidas electorales (en las sucesivas repeticiones de las generales, en la perdida de la posición en Catalunya y Euskadi, en la perdida de las Andaluzas y después en todas las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2019), las tensiones con Compromís en la Comunitat Valenciá y con En Marea en Galicia, las  diferencias con la formula Adelante Andalucía, o los conflictos en Madrid por el afán de tutelar las iniciativas municipalistas con la posterior ruptura con Mas Madrid; crean sucesivas contradicciones entre Podemos y sus aliados periféricos y, también, con las iniciativas de base ciudadano en el centro. Cada día se hace más difícil reconocer el discurso regeneracionista y de ruptura, radical democrático y plurinacional que alento las confluencias del cambio en otoño de 2015.

Lamentablemente, el 26 de mayo de 2019 se cerró el ciclo político abierto por la irrupción de las mareas municipalistas y se cerró (mejor dicho lo cerraron algunos con un portazo) la ventana de oportunidad abierta en el 2011. El espejismo de un cierto aguante de Unidas Podemos en las elecciones generales del 2019 (en las convocatorias del 28A y del 10N perdió casi dos millones de votos, 36 diputados y todos sus senadores) o la entrada en el gobierno, después de un proceso rocambolesco, no sirven para ocultar la crisis que sufre. La entrada de Unidas Podemos en el gobierno, en un momento de caída electoral y de desactivación de sus apoyos sociales, supondrá -tal como le ocurrió al BNG en el 2005 en Galicia (la comparativa es muy pertinente dado el papel que la crisis del BNG tuvo en la apertura de periodo de nueva política)- agudizar aún más sus propias contradicciones, acentuar su desconexión social y, el peligro real, de arrastrar al PSOE. Es previsible que un buen resultado de la acción del gobierno la rentabilice el PSOE y uno malo abra una larga etapa de gobiernos de derechas.

En el 2019 naufragaron los representantes de la ‘nueva política’. En la derecha, Cs más preocupado por competir con la derecha, resucitar el nacionalismo español, y abandonar el mensaje de centro moderno, perdiendo la oportunidad de crear una mayoría gubernamental con el PSOE que lo asentará en la nueva estructura de partidos. En la izquierda, Podemos, por acción o por omisión, renunciando a su proyecto democrático y recreando el espacio de IU. Ambos por perder la transversalidad, su afán regeneracionista y su misión de renovación democrática para acabar siendo proyectos auxiliares de otras fuerzas hegemónicas en sus espacios ideológicos.

[6] La nueva política en la encrucijada y la etapa post-Podemos

Seguramente desde el final de la transición no se diera una confluencia de tantos elementos necesarios para articular un movimiento de cambio. Había oportunidades políticas claras. Existían estructuras de movilización previas. Conocemos los repertorios de contienda política que se fueron construyendo. Y tenemos los procesos enmarcadores, incluido el momento simbólico marco: el 15M.

Una situación que fue aprovechada, por inteligencia o por oportunidad, por diversos actores políticos y sociales, para crear nuevos interfaces, que tenían como única misión ponerle letra a la música del 15M. Se trataba de formalizar un programa de mínimos a partir de las tres consignas/demandas explícitas del movimiento de indignación: regeneracionismo político ("no nos representan"), radicalidad democrática ("le llaman democracia y no lo es") y rearme ético ("no hay pan para tanto chorizo"). A esos tres puntos programáticos había que añadir uno más, fruto de la crisis territorial: el de la plurinacionalidad.

Si bien en un principio esos cuatro principios (regeneracionismo, democracia radical, ética y plurinacionalidad) estaban en el centro de la acción política y de las alianzas institucionales; a partir de enero de 2016 se produjo un giro total para volver, fundamentalmente Podemos, a una acción política dominada por el retorno estratégico a los viejos paradigmas de la izquierda subsidiaria de uno de los polos del bipartidismo.

A ese giro epistemológico de Podemos se sumó la incapacidad de los sectores salidos de la vieja izquierda, para abordar en serio la necesidad de repensar el paradigma de interpretación política (en ambos casos volviéndose a visiones de interpretación unidimensional lejos de realidades poliédricas más complejas).

En lo ontológico esa involución hizo recuperar lenguajes y propuestas dirigidas a sectores minoritarios de la población en lugar de lenguajes y propuestas de carácter popular y nacional con capacidad de abarcar una transversalidad con potencialidad hegemónica.

En lo metodológico, tras un primer período donde se experimentaban opciones cooperativistas (caso de las mareas municipalistas), se volvió al modelo tradicional de la política y la fórmulas de coaliciones de partes donde la capacidad de intervención política de las personas queda anulada por las decisiones previas de los partidos. En clave interna la recuperación de la idea del disidente, tan recreado en la izquierda, y las propuestas de modificación del código ético anunciadas para Vista Alegre III son simplemente la imagen simbólica de un envejecimiento prematuro.

Seguimos en un momento, en realidad siempre fue así, de hegemonía cultural de la derecha en lo global y en lo local, y además se bien hoy existen movimientos de resistencia con capacidad de modificar agendas a corto plazo (feminismo, pensionistas) ha desaparecido el fuerte movimiento social estructurado con incidencia política a largo plazo.

En este contexto, si ya era preocupante haber renunciado el regeneracionismo político, más preocupante es que la extrema derecha ocupe parte del espacio simbólico de la indignación.

Al inicio del episodio constituyente que estamos viviendo (abierto simbólicamente en el 15M) existían tres grandes consensos en el marco de las nuevas reflexiones que la izquierda social y la parte más lúcida de política estaba teniendo:

  • la asunción de la construcción de una alternativa renovadora, entendiendo el agotamiento del modelo socialdemócrata de gestión, y los nuevos retos globales;
  • la claridad de la necesidad de construir instrumentos partidarios híbridos al servicio de los movimientos sociales que relegaran el interface político a una herramienta;
  • la conciencia de introducir mecanismos de participación directa que habían impedido el secuestro de las decisiones por élites y habían asegurado el control democrático de los procesos.

Cinco años después, esos consensos no se han trasladado a la praxis política y empiezan a estar cuestionados, con múltiples excusas, en el argumentario del día a día.  Necesitaríamos audacia y generosidad para no hacer fracasar la oportunidad de cambio en un episodio de transito aun abierto, pero igualmente necesitaríamos no desandar en el aprendizaje de un pensamiento crítico que tanto nos costó reivindicar. El debate de ideas lejos de debilitar la alternativa es lo único que la puede proteger de dinámicas curtopracistas y de las lógicas de poder.

Debemos impedir que se asiente en las bases del cambio una cultura acrítica y justificativa más propia de grupos de forofos que con el tiempo tendría un efecto aún más negativo que el dogmatismo dominante que acompañó la izquierda desde su nacimiento.

  • se hace obligatorio romper con la política de bloques que permitirá recomponer la estructura de partidos previa al 2011, para liberar a las fuerzas más democráticas del bloque de la derecha necesario para frenar la extrema derecha,  sustituir la cultura neofranquista dominante en la derecha desde la transición y oxigenar la democracia;
  • se hace preciso situar en el primer plano el reto de lucha contra el cambio climático y el modelo suicida de desarrollismo productivo y consumo delirante que el sistema tiene impuesto;
  • se hace necesario volver a vertebrar una importante estructura cívica y social colectiva que hoy está desmantelada;
  • se hace imprescindible retomar el programa de transito democrático. Con esa finalidad nació el movimiento del 15M, del que Unidas Podemos se dice heredero. Ese debería ser su principal aporte en una mayoría gubernamental. La propuesta social de corte socialdemócrata, importantísima para reequilibrar la desigualdad creada por la crisis, ya está cubierta por el PSOE.

Las próximas elecciones del 5 de abril indicarán si en el electorado aún pervive la confianza en la nueva política o si el episodio de transito se reorienta cara a las viejas propuestas. Ya estamos en un proceso de recomposición de la estructura de partidos previo al 2011 y creo que ya llegamos demasiado tarde. Veremos!

[1] Open Government, gobierno abierto. Obra coordinada por César Calderón e Sebastián Lorenzo. Algón Editores, abril 2010. http://www.netoraton.es/?p=12770 [Visitado o 04/12/2016]