Otras miradas

Dejar de mirar por encima del hombro

Una vecina se asoma a la ventana de su casa en el pueblo de Lamas (Xinzo de Limia), en Ourense. EFE/Brais Lorenzo
Una vecina se asoma a la ventana de su casa en el pueblo de Lamas (Xinzo de Limia), en Ourense. EFE/Brais Lorenzo

Desde que sucedió el confinamiento, puse mi red en Instagram al servicio de las personas que me seguían, para compartir sus mensajes de angustia, sobre todo laborales. Les prometí hacer una columna con sus situaciones. Comunes a muchas otras que se han difundido, pero son historias que hay que recordar, y saber, y tomar conciencia porque en estos últimos años, además, las desigualdades se han acentuado y el confinamiento demuestra esa realidad.

María me hablaba del fallecimiento por contagio en trabajadores de Correos, de su miedo a tocar timbres o entregar certificados rompiendo la distancia aconsejada, sin protección.

Fernanda, como empleada de hogar, tenía que trabajar sin protección. Lo hace porque tiene a sus hijos en Colombia, a los que manda dinero, y que tiene miedo aún así de ser despedida, como su compañera de piso, a la que han mandado a casa sin ERTE ni prestación ni nada.

Fátima me cuenta que tiene que cuidar sola de sus dos hijos, que no puede trabajar online y cuidarlos a la vez, pero que además hay solo un ordenador en casa, que ella lo necesita para trabajar pero también los menores, para algunas actividades escolares. Me hablaba de su agobio porque no sabe cómo afrontar este rompecabezas. Patxi contaba de una amiga, con patologías previas, que trabajaba cada día asustada tras dar una compañera positivo por coronavirus porque su jefe se negaba a cerrar.

Arturo me habló del despido de su suegro con 52 años, con un hijo discapacitado y dependiente y que llevaba dos días sin recibir asistencia, cuando él solo no puede mover a su hijo ni en la ducha ni en tantas tareas diarias.

Luisa me contaba también que su novio es sanitario, que se levantaba a las 6.30 para el centro de salud y que a las 2 de la mañana muchos vecinos seguían haciendo ruido sin ser conscientes de que, a pesar del confinamiento, hay gente que trabaja y que necesita descansar.

Más personas me escribieron. Los primeros, personal de enfermería y doctores, diciendo que no tenían protección. Pero también mi pescadero y mi frutero pidiendo que le hiciera la compra porque surtían a restaurantes que ya no están y que no quieren despedir y necesitan pagar el autónomo. Cuidadoras de personas dependientes o mayores en casa que van con sus mascarillas caseras para ser la única cara que ven esas personas, quienes los asean y les llevan la comida. Muchas limpiadoras y cuidadoras (insisto) con historias brutales de falta de protección y de abandono, sin respaldo social en su situación, o madres solteras sin tener la ayuda habitual de sus madres o familia más cercana…

Trabajes desde casa o tengas que salir, hay algo que se ha puesto en evidencia y son los riesgos que unos sufren al enfrentarse a ello y las desigualdades sociales, una vez más. Por no hablar del tema de vivienda. No todo el mundo tiene una casa mirando al mar ni con jardín y piscina, obvio, sino espacios pequeños, compartidos y donde la vida se hace difícil. Estos días he vuelto a sentir aquel miedo social de 2008, cuando tantos fuimos a la cola del paro. Ese miedo de quienes estos últimos años levantaron un poco la cabeza y ahora temen perder lo poco conseguido. Y quienes no han tenido oportunidades de hacerlo y esta crisis les agravan aún más. Ojalá las medidas del Gobierno les lleguen y no queden en papel.

Solo espero que, cuando esto pase, se nos quite ese clasismo y esa manía estúpida de mirar por encima del hombro porque todas y todos somos absolutamente imprescindibles para que la vida funcione. En un hospital el personal médico y de enfermería está en primera línea. No sólo los que atienden el coronavirus, sinos aquellos que también siguen dando asistencia en quirófano, en las quimioterapias, en las diálisis. Pero ninguno de ellos puede funcionar en condiciones sin un personal de limpieza que desinfecte todas las zonas del hospital, esterilización, administración, celadores, conductores de ambulancia, cocina… y así, en una cadena infinita.

Y si tenemos nuestras neveras con comida es porque están los camiones en carretera, transportistas, y porque los agricultores, y los pescadores y tantos sectores de la alimentación no descansan (incluidas las temporeras de la fresa, incluidos esos inmigrantes a los que tanto se desprecia y que recogen el campo). Y porque están los reponedores, y las cajeras del súper y la persona que recoge los carros y los desinfecta. Y que por la noche siguen los servicios de limpieza en nuestras calles, recogiendo nuestra basura, y los servicios de transporte que cubren, ahora, trayectos vitales.

Y siempre se las olvida pero la vida diaria, ahora, confinada, dentro de los hogares, es sostenida como siempre por las amas de casa, las trabajadoras del hogar, muchas de nuestras madres que siempre han sido consideradas un cero a la izquierda y que son los auténticos timones. Por mucho que se hable de conciliar y de asumir tareas entre todas las personas de un hogar… no ocurre. Ellas son las que te descubren los trucos de limpieza, las que desinfectan y limpian corriendo la ropa, las que hacen la comida y la saben aprovechar y estirar estos días para que dure, las que hacen que toda pequeña estructura familiar funcione. Lo llevan haciendo siempre. Y quienes han entregado su vida solo a eso, sin poder trabajar fuera del hogar, merecen un reconocimiento y que ninguna desprecie ese trabajo, que ni tiene paga ni pensión.

Me dejo mucha gente a la que espero, después de estos días, que nadie mire por encima del hombro porque el papel de cada uno es crucial en la vida. Creerse superior a otra persona es una idiotez. Que somos clase trabajadora siempre. Que debemos hacer frente juntos porque vamos en el mismo barco. Decía Galeano que "mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo". Lo que ocurre ahora, cada día, lo demuestra.