Otras miradas

Una última de gambas, Chato. Por favor

Alejandro Torrús

Periodista en 'Público' y amigo de Chato Galante.

Chato Galante
Chato Galante

Nos escribimos por última vez el viernes. Eran alrededor de las 12.00 horas cuando sonó el móvil. La pantalla del teléfono mostraba tu apodo, el mismo que te pusieron tus compañeros de lucha contra el franquismo: Chato. El mensaje era breve. Besos, abrazos y la palabra dada de que pronto te pagarías, una vez más, una ronda de gambas y, por qué no, también un gintonic. Era una de las frases que más veces me dijiste. "Me llamas y nos tomamos unas gambas". Y cumplías. Ahora no entiendo por qué no utilicé ese comodín más veces.

He echado un vistazo rápido en redes. No mucho. Duele. Veo que hay mucha gente que se acuerda de ti, que te quiere y que ensalza tu lucha. Muchos recuerdan hasta el día en el que te conocieron. Joder. Yo no lo recuerdo y me siento mal. Han pasado ya unos cuantos años. Me acuerdo, eso sí, de tus saludos. De cuando me llamabas y comenzabas con un "ingeniero", un "socio" o un "delincuente". Eran tres de tus palabras clave. Tampoco olvido que una vez, hace un par de años, me mandaste un whatsapp para decirme que me querías. Yo me quedé sorprendido. Venía al hilo de un artículo que acababa de publicar, pero daba igual. Yo también, Chato. Yo también te quería. Ojalá te hubiese contestado eso en ese momento. Pero no lo hice y me duele.

Sí recuerdo perfectamente la primera vez que te escuché hablar de las torturas que sufriste por parte del policía Antonio González Pacheco. Sí, de Billy el Niño. Fue en una jornada que titulasteis 'Juicio Popular contra Billy el Niño' que se celebró en la Escuela Profesional de Relaciones Laborales, en la calle San Bernardo. El buscador me chiva que era abril de 2014. Nos dejaste llorando desconsoladamente y riendo a carcajadas. Las dos cosas a la vez. Porque ese eras tú. Te ganaste al auditorio. Con tu espíritu, tu ánimo, tu lucha. Eras un líder. Y, sobre todo, un seductor. Porque Chato, esto lo sabemos todos, tú eras un seductor. Capaz de despertar el mayor de los amores con tu enorme sonrisa.

Esta mañana volví a despertarme tarde, como tú sabías que suelo hacer. No puedo olvidar una conversación en Bruselas con motivo de una visita al Parlamento Europeo en la que tú, Carlos Slepoy y yo bromeábamos con la gente que llama a los móviles antes de las 10 de la mañana. Ni Carli ni yo éramos mucho de madrugar. Tú lo respetaste siempre con cierta sorna. "Buenos días delincuente", me decías en muchas de tus llamadas aunque fueran las 14 horas. Yo, por mi parte, trataba de no llamarte nunca a la hora de la siesta.

Pero esta mañana fue diferente. Los mensajes que tenía ya no eran tuyos. Llegaban de los muchos amigos que tenemos en común. Me informaban que el maldito coronavirus te había llevado por delante. Te habías ido y yo, en la cama, como un imbécil, te imaginaba junto a Carli en algún lugar que no consigo describir levantando el puño y animándonos al resto. Diciéndonos que la lucha sigue y aquí no se rinde nadie, joder.

Me duele sobremanera que te hayas ido sin ver a esta democracia quitarle las medallas y las bonificaciones en su pensión a tu torturador. Sin que un tribunal español te llamara para recabar tu testimonio. Me duele sobremanera que te hayas ido sin que esta democracia te reconozca todo lo que diste por ella en tu lucha contra el dictador. Me duele sobremanera que el Congreso haya entregado medallas a Rodolfo Martín Villa y no a ti. Me duele sobremanera esta democracia que para nacer y existir trató de que nos olvidáramos de ti y de los tuyos. De los que os jugasteis la vida luchando contra Franco y de los que la perdieron.

Fue precisamente en el homenaje a uno de ellos, a Arturo Ruiz, donde nos vimos por última vez. Eran los últimos días de enero. Bromeamos sobre tu nuevo aspecto físico. Volví a hacerte un chiste sobre el tamaño de tu cabeza. Me volviste a decir que conservabas fuerza suficiente para tumbarme de un solo golpe. Volvieron a brotar carcajadas y volvimos a citarnos para tomar unas gambas y un gintonic. Teníamos que ver cómo seguir exigiendo a este Gobierno el fin de la impunidad del franquismo. Porque tu lucha no descansaba nunca.

Ya han pasado 50 años desde tu primera detención, desde que sufriste las primeras torturas. Y no lo vamos olvidar, Chato. No vamos a olvidar ni por un segundo. No vamos a olvidar a los que te torturaron, a los que siguen cobrando un plus en su pensión por haberte golpeado. Tampoco a los que te condenaron ni a los que, ya en democracia, encontraron una y mil excusas para robarte el derecho a la justicia y cubrirlo todo con un manto de impunidad.

Siéntate Chato, por favor. Vamos a tomarnos una última ronda de gambas y también un gintonic. Tenemos muchas cosas que planear. Esta vez pago yo. Tenemos que tumbar la impunidad del franquismo.