Otras miradas

¿Cómo rastrear al ciudadano y preservar su privacidad a la vez?

Un tubo de ensayo con sangre falsa y etiqueta covid 19, una jeringa y los logotipos de Google y Apple. REUTERS/Ilustracion: Dado Ruvic
Un tubo de ensayo con sangre falsa y etiqueta covid 19, una jeringa y los logotipos de Google y Apple. REUTERS/Ilustracion: Dado Ruvic

Desarrollar una aplicación para conocer la propagación del virus ayuda a limitar su alcance. Para ello hay que controlar a los infectados y a los enfermos en potencia, que somos todos. Google y Apple se han ofrecido y lo tienen todo a favor, puesto que sus sistemas operativos de Android y iOS soportan todos los protocolos en desarrollo y ya tienen una plataforma para ello.

La UE está en un proceso tan crucial como el de mutualizar la deuda. Se trata de elegir entre protocolos de códigos centralizados controlados por los gobiernos, o bien los descentralizados ajenos a su control. El descentralizado se conoce como DP-T3 y no revela datos individualizados de los usuarios. Se activa con bluetooth, por lo que se evita la geolocalización GPS, tan del gusto de las tecnológicas imperiales. Otra propuesta dirigida por Alemania es el protocolo llamado PEPP-PT (Rastreo Paneuropeo de Proximidad para Preservar la Privacidad), un sistema centralizado de rastreo de contactos controlados por los Estados. Llama la atención su nombre: una aplicación para rastrear y preservar la privacidad parece contradictoria, aunque hace tiempo que la intimidad es un asunto público.

Desde una perspectiva sanitaria y ética es necesario conocer el itinerario de la infección para evitar muchas otras, por lo tanto, no se entienden las reticencias en ser geolocalizados e identificados por las autoridades. Sin la estadística no se pueden tomar decisiones técnicas sobre el individuo.

Pero una empresa que evade impuestos como Google no debe de llegar tan lejos, sin embargo, su poder de penetración en todas las sociedades e individuos es gigantesca, invasiva e irresistible. Se puede argumentar que los datos sanitarios y comerciales son inocentes, y que el interés de Google es únicamente el de ofrecer un soporte necesario en tiempos de cólera. Ofrecen una objetividad incontestable que salvan vidas, porque su poder va más allá de la memoria, de hecho, la suplanta hasta convertir la privacidad en un asunto colectivo.

La naturaleza de la memoria asociada a la salud es selectiva porque las enfermedades son materia de olvido. La memoria es una trituradora de recuerdos que selecciona lo que le conviene, mientras que los datos digitales son la realidad objetiva: un viaje, un libro, o la posibilidad infectarse en nuestro entorno.

Al margen de lo que decida Alemania sobre el modo de rastrear a los europeos, con esta gran crisis sanitaria Google ya acumula una cantidad ingente de sentimientos transformados en datos. El gigante tecnológico sortea las fronteras tanto como los impuestos, mientras los Estados que fueron paradigma del liberalismo hoy se miran con hipocresía el ombligo nacionalista. Las tecnologías se dilatan, mientras que las fronteras cierran el paso a virus y bacterias, adjetivados con nombres de países a los que condenan: En su día fue la mal llamada "gripe española" y hoy algunos lo llaman "virus chino o de Wuhan".

Al igual que hace décadas los antropólogos imperiales visitaban los países en vías de conquista, hoy los estudios de la masa previos a la invasión no serían posible sin Google, la herramienta uniformadora más formidable imaginada. El gigante norteamericano está en todos los lados, y aparece como solución milagrosa en los centros educativos. En efecto, Google Classroom es una herramienta utilizada hoy por muchos colegios públicos sin ninguna preparación digital antes de la crisis.

La economista Marianna Mazzucato señala en El Mismo barco (Rudy Gnatti, 2018) que el avance tecnológico es un progreso acumulativo de conocimiento que ha sido privatizado por las tecnológicas de Silicon Valley. ¿Cómo se produce el tránsito de un bien público hacia una empresa privada? ¿Cómo fue "inmatriculado" ese bien? El rastreo de los ciudadanos a estas alturas no va a eliminar el virus, servirá para prevenirlo y hacer numerosas estadísticas.

Si los Estados aprovechan la plataforma Google y añade sus aplicaciones, ¿Cómo fiarse de una empresa que evade impuestos, con un poder inmenso, y que además vende los datos de los usuarios para crear perfiles comerciales?: poco importa, hace años que la privacidad se cedió con total indiferencia.

La seguridad es el último reducto de la supervivencia. Y cuando se menciona, los/as críticas callan y el ambiente se ensombrece. Si la parca llama, todo queda supeditado a la supervivencia, y en el mejor de los casos a una democracia excepcional y vigilada por las tecnológicas.

Un tubo de ensayo con sangre falsa y etiqueta covid 19, una jeringa y los logotipos de Google y Apple. REUTERS/Ilustracion: Dado Ruvic
Un tubo de ensayo con sangre falsa y etiqueta covid 19, una jeringa y los logotipos de Google y Apple. REUTERS/Ilustracion: Dado Ruvic