Otras miradas

Vínculos significativos, o cómo hacer frente a la soledad no deseada en tiempos de confinamiento

Sandra Candelas y Cristina Martín

Expertas en trabajo comunitario en Equipo Andecha. Grupo Cooperativo Tangente

Beatriz Cubilledo

Psicóloga en Idealoga Psciología. Grupo Cooperativo Tangente

Una anciana, usuaria de una residencia geriática de L'Hospitalet de Llobregat (Barcelona), habla desde una ventana con una hija y un amigo de la familia. EFE/Toni Albir
Una anciana, usuaria de una residencia geriática de L'Hospitalet de Llobregat (Barcelona), habla desde una ventana con una hija y un amigo de la familia. EFE/Toni Albir

¿Puede esta crisis superar el individualismo y aumentar nuestro sentido de comunidad? ¿o todo lo contrario? En caso de que se produzcan cambios, ¿serán éstos perdurables o sólo pasajeros? Son preguntas difíciles de contestar en días de máxima incertidumbre lo que sí que está en nuestra mano es reflexionar y decidir cuáles son los comportamientos que queremos potenciar y qué postura queremos adoptar en cada pequeño gesto que llevamos a cabo.

En los últimos años se ha hablado mucho de la Soledad No Deseada (SND), sobre cómo prevenirla y cómo combatirla, un debate que en estos momentos se ha vuelto si cabe más pertinente y necesario. ¿Cómo cambia y cómo afecta este fenómeno social en esta situación de crisis sanitaria y confinamiento domiciliario?

La soledad no solo afecta a las personas mayores

Según un estudio de 2015 del Centro de Análisis Sociológicos, Económicos y Políticos de España, un 8% de la población se siente sola habitualmente, ascendiendo esta cifra en ciudades como Madrid al 9,3% según los análisis realizados por el Ayuntamiento de esta ciudad. Detrás de ese porcentaje no están solo las personas mayores. La soledad es un fenómeno transversal que afecta a todos los tramos de edad y que puede acompañarnos en cualquier etapa de nuestra vida. Cuando no es elegida, puede generar malestar, insatisfacción, incomprensión, indefensión e incluso, nuevas situaciones de riesgo. Como dijo Gustavo Adolfo Bécquer "la soledad es muy hermosa cuando se tiene a alguien a quién decírselo".

En el sentimiento de soledad no prima tanto la "cantidad" de vínculos que tengamos sino la "calidad". Por ejemplo, podemos tener una relación de pareja pero que no sea satisfactoria, encontrar nuestras necesidades cubiertas en una residencia pero no sentirnos acompañados o incluso llevar toda la vida viviendo en el mismo barrio pero no conocer a tus vecinas o vecinos del portal. La experiencia de soledad está relacionada con ese conjunto de apoyos formales e informales que necesitamos cada persona para afrontar la vida cotidiana, y si esos apoyos son idóneos o ajustados a los malestares que sufrimos las personas por cuestiones económicas, laborales, emocionales, de residencia, etc.

En momentos como los que estamos viviendo se pone a prueba más que nunca la calidad de esas redes o apoyos y nuestras habilidades personales para afrontar una posible experiencia de soledad no deseada. Durante estos días observaremos si nuestros vínculos son suficientemente íntimos, si nos sentimos queridas y acompañadas como personas en momentos duros y difíciles. O si, por el contrario, esta situación evidencia aún más las dificultades y conflictos que veníamos arrastrando. En este sentido, puede ser un acicate para replantearnos cambios y aprender de lo ocurrido.

Ante las dificultades que se nos presentan podemos optar por adoptar un estilo de afrontamiento activo, donde podamos hallar algo positivo en esta situación negativa, redefinir la situación, conectar con sentimientos negativos pero también positivos, no perder el sentido del humor y tener la capacidad de aceptar apoyo cuando lo necesitemos.

Efectos devastadores para la salud

Los estudios de la Universidad Autónoma de Madrid asociados a la OMS apuntan que la soledad y el aislamiento tienen efectos devastadores para nuestra salud. La falta de estimulación social se relaciona con deterioro cognitivo, peores hábitos alimentarios y de sueño, entre otras cosas.  Además, los sentimientos de soledad se agudizan en situaciones de dificultad económica, cuando estamos preocupados o cuando estamos enfermos. Esto nos recuerda que no podemos bajar la guardia y estar más pendientes que nunca de cuidarnos y de cuidar a las personas que tenemos cerca, mantenernos activos y seguir rutinas saludables.

El sentimiento de Soledad no Deseada guarda relación con la pobreza. La incertidumbre económica actual incide en el sentimiento de soledad con más fuerza en aquellas personas con menos recursos. Así mismo, la brecha digital en aquellas personas que durante estos días no tienen acceso a internet y a las tecnologías incide negativamente en el sentimiento de soledad.

También es importante destacar su relación y prevalencia sobre todas aquellas personas asignadas a grupos considerados diferentes, raros, anormales o improductivos por cuestiones de identidad de género, orientación sexual, diversidad funcional, cultura y edad, por poner algunos ejemplos. La experiencia de discriminación y rechazo social constante plantea numerosas barreras a muchas personas a la hora de crear vínculos diversos o "ser tenidas en cuenta" a la hora de diseñar medidas, servicios o recursos comunitarios.

La SND es un sentimiento subjetivo, de forma que una persona puede sentirse sola aún estando rodeada de gente y, por la misma razón, puede sentirse acompañada aunque pase días aislada. Precisamente ahora, nuestra sociedad está poniendo en marcha nuevas formas de comunicación creativas y colaborativas. El vecindario, antes ausente y ajetreado en sus quehaceres diarios, ha salido a sus ventanas y balcones a aplaudir, a charlar, a proponer juegos, a bailar. Resulta muy paradójico que ante la orden de aislarnos, respondamos con estrategias que, en cierta manera, nos mantienen más unidos y unidas que nunca.

La gentrificación aumenta la soledad no deseada

A nivel social y comunitario, en los últimos años diversos factores como el aumento del individualismo y la disminución de la solidaridad, la desaparición del pequeño comercio, la deshumanización de los barrios o la gentrificación también han contribuido al aumento de la SND. Generando consecuencias como son la falta de cohesión grupal, el incremento de la marginación y el aislamiento, el miedo al contacto o la desconfianza social así como el debilitamiento de redes naturales de apoyo. Nuevas formas de participación, más participativas y autogestionadas, han emergido en los últimos años, cubriendo huecos que no son cubiertos por la administración o por las organizaciones sociales. Pero aún así, seguimos encontrando numerosas desigualdades estructurales y cotidianas, que influyen negativamente sobre el sentido de comunidad en los barrios. Y es que la SND, también está relacionada con el conjunto de activos en salud accesibles en un barrio.

El sentido de comunidad es inversamente proporcional al sentimiento de soledad de sus habitantes. Se define como una experiencia subjetiva de pertenencia a una colectividad mayor, formando parte de una red de relaciones de apoyo mutuo en la que se puede confiar (Sarason, 1984).

Redes vecinales y comunitarias: antídoto frente a la soledad

Reivindicamos el abordaje de esta problemática desde un enfoque de construcción de redes vecinales y comunitarias, pues son estas redes las que mayor capacidad de incidencia han demostrado, por su proximidad y cotidianeidad con las personas. Son las únicas capaces de realizar un apoyo sostenible en el tiempo, pues se sustentan en recursos humanos basados en la solidaridad, y son más resilientes y adaptativas ante situaciones de desborde institucional como el que estamos viviendo.

Estas redes tendrían una múltiple función. Por un lado, contribuyen a identificar y diagnosticar casos de soledad, convirtiéndose en "radares" de estas situaciones que actúan desde la cotidianeidad (panaderías, farmacias, porterías…). Por otro, pueden ofrecer soporte y acompañamiento de cercanía a esas personas. Desde nuestra experiencia, creemos fundamental el establecimiento de lo que llamamos "vínculos significativos", capaces de generar confianza y sentido de pertenencia, sin que la persona pierda en dignidad y autonomía a la hora de tomar decisiones o participar socialmente.

A lo largo de estos días seguimos asistiendo a una oleada ciudadana de solidaridad, en la que miles de personas han comenzado a enviar cartas de apoyo a personas enfermas y algunas instituciones han puesto en marcha servicios de llamadas de personas voluntarias a personas mayores solas. Estas iniciativas, loables sin duda todas ellas y que responden a una situación de alarma social, se han puesto en marcha sobre la nada, es decir, sin existencia de redes previas y sin que existan vínculos previos entre esas personas. Además, también existen otras, menos mediáticas, con menos recursos o dirigidas a población con menor reconocimiento social, que están permitiendo a muchas personas y familias sostenerse en estos momentos tan difíciles.

Su puesta en marcha sobre unas hipotéticas redes vecinales supondría un salto cualitativo muy importante, pues esos vínculos significativos podrían, sin lugar a dudas, conocer mejor las necesidades de esas personas, generar confianza en las mismas para compartir sus profundas emociones o poder saber, por ejemplo, si la persona está atravesando un proceso de deterioro emocional, cognitivo, ansiedad o inestabilidad económica asociada al confinamiento. Así pues, esta emergencia pone de manifiesto en nuestra opinión, la imperiosa necesidad de trabajar por la generación de redes vecinales y comunitarias y la importancia de los espacios de participación social, que funcionan como soporte ante situaciones de emergencia social.