Opinion · Otras miradas

Racismo líquido

Fernando Rey Martínez

Catedrático de Derecho Constitucional. Universidad de Valladolid

Fernando Rey Martínez
Catedrático de Derecho Constitucional. Universidad de Valladolid

El 4 de febrero, la Fundación Secretariado Gitano ha presentado su décimo Informe anual sobre Discriminación y Comunidad Gitana, que se ha convertido en un texto imprescindible para tomar la temperatura al tema de la discriminación racial en nuestro país. El trabajo del equipo de lucha contra la discriminación de la FSG es ejemplar. Su directora es Sara Giménez, que es una de las líderes más lúcidas y comprometidas de la comunidad gitana española. Es un honor y un placer colaborar con ellos.

A lo largo de estos últimos 10 años, la FSG ha registrado directamente 1.073 casos de discriminación. Son claros los avances, pero la realidad de la discriminación sigue siendo testaruda. La pregunta clave es por qué. Y yo creo que la respuesta está en que cuando hablamos de racismo en España no captamos lo que, en realidad, es el racismo. Como le ocurría al médico de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, muchos españoles son racistas sin saberlo. Esto es lo que yo llamo, con permiso de S. Bauman, racismo líquido, por contraposición al clásico racismo “sólido”, violento y consciente.

A los españoles nos escandaliza el racismo y nos lo tenemos prohibido en la dieta de las ideas políticas. De ahí que no haya partidos expresamente racistas. O que, en general, cuando se habla de racismo, la asociación espontánea de ideas remita a Luther King o a Mandela, es decir, al extranjero. Por otro lado, algunos indicadores muestran que la situación de las minorías étnicas en España es mejor que en otros países, lo que ha reforzado a nuestros actores políticos en la idea de que la discriminación racial no es aquí un problema serio, e incluso de que podemos sacar pecho. La presión de la lucha contra la discriminación racista, que proviene, sobre todo, de Europa, conduce tan sólo a disimular aún más el racismo a través de un insincero discurso políticamente correcto (la enfermedad subsiste, se camuflan los síntomas). Resulta difícil solucionar un problema cuya existencia se niega.

De todos los discursos de odio, el racista, que está estrechamente emparentado con los demás, sobre todo con el xenófobo (y, en España, con la islamofobia), es el que presenta peor pedigrí histórico, pues fundamentó el viejo sistema social de la esclavitud y está en el origen de las limpiezas étnicas, como la nazi, y es, junto con la homofobia, de los discursos de odio más infamantes porque no sólo supone la explotación de unas personas en beneficio de otras, sino, más profundamente, “el asesinato del alma” de las víctimas (F. Douglas) en la medida en que llama a su deshumanización. Las personas de otras etnias no son, en la mirada del racista, seres humanos del todo. De hecho, la propia etimología de la palabra “raza” (radix, raíz) apunta a la casta de origen, al linaje, y ello remite a los animales, pero no a todos ellos, sino sólo a los que se pueden domesticar. En otras palabras, la palabra “raza” remite a la esclavitud: los esclavos (la raza inferior) como un tipo de animales domesticados para complacer al amo.

Sin embargo, ese racismo de vieja escuela es minoritario en España (aunque no se pueda desdeñar: basta ver internet, los grupos neonazis, etc.); la corriente racista principal ha mutado y tiene otro rostro.

El racismo clásico, el viejo racismo, se fundaba en la (falsa) doctrina biológica de la desigualdad entre las razas. En el siglo XIX recibe un fuerte impulso doctrinal como justificación de la conquista colonial europea del periodo. En ese siglo, el, a su vez, viejo racismo anterior, el esclavista, se transforma en un racismo “científico”. Pierre-André Taguieff (El olor y la sangre. Doctrinas racistas a la francesa. Madrid, 2002) observa dos estrategias argumentativas que explican ese tránsito desde el racismo esclavista al racismo “científico”: la negación de la realidad (el racismo no era racismo) y la racionalización de la realidad, tanto religiosa (la desigualdad entre las razas es algo que quiere Dios y que aparece en la Biblia), como naturalista (la desigualdad racial tendría fundamentos biológicos y la superioridad de unas sobre otras es consecuencia del principio de la supervivencia del más fuerte: teorías del darwinismo social). A ello habría que añadir la operación racista por excelencia: la proyección, que consiste en culpabilizar a la víctima de su situación. Es una racionalización conservadora, fundada en la convicción de que el mundo tiene un orden natural y justo, de modo que las personas que están en desventaja lo están porque se lo merecen o se lo han buscado ellos mismos. No habría “víctimas inocentes”.

No hace falta decir que algunos de los mecanismos ideológicos de este viejo racismo aún perduran (la negación o la proyección), aunque se haya descartado como objetivamente falso su andamiaje biológico. Los racistas clásicos avant la lettre, por ejemplo, los grupos nazis, tienen un ajuar ideológico objetivamente delirante, pero sus acciones son tristemente reales. En cualquier caso, son una minoría. El fenómeno preocupante en la actualidad es otro. Federico Javaloy (“El nuevo rostro del racismo”, Anales de Psicología, 1994, pp. 19-28) lo ha descrito muy bien. Los primeros que empezaron a hablar de “neoracismo” o de “racismo simbólico” fueron D.O. Sears y D.R. Kinder en 1970.  En esta nueva modalidad de racismo, el lenguaje es decisivo, ya que es un racismo que no confiesa directamente su naturaleza y se refugia en sobreentendidos, suposiciones y afirmaciones implícitas. Es sutil e indirecto, lo que le reporta ventajas, como recubrirse de un aire de respetabilidad social y hacerse aceptable en el discurso político.

El racismo simbólico del que hablaban Sears y Kinder se fundaba en el prejuicio contra los afroamericanos, pero se disfrazaba de la defensa del estilo de vida americano frente a ellos. Importado a nuestro país: los gitanos, los inmigrantes, etc. no contribuyen al desarrollo del país, sino todo lo contrario; apenas aportan nada socialmente valioso y, a cambio, reciben abundantes prestaciones públicas. Las recientes declaraciones del alcalde de Vitoria respecto a que argelinos y marroquíes viven principalmente de ayudas públicas es un buen ejemplo. Las medidas de acción o de discriminación positiva hacia estas minorías son contempladas como injustas. Se niega la existencia misma de la discriminación: se niegan las desigualdades en el acceso a la educación, el empleo o la vivienda; muchos piensan que las oportunidades están abiertas a todos por igual (e incluso que las minorías abusan de los derechos y servicios sociales —estos serían, además, inmerecidos—) y si los gitanos y otras minorías tienen menos y peores trabajos o formación es estrictamente culpa suya.

El neoracismo hace compatibles sus prejuicios con una visión favorable de la igualdad de trato; al mismo tiempo, se rechaza la discriminación, pero también los medios destinados a combatirla. La crítica a las minorías étnicas es sutil (se utilizan las estadísticas, por ejemplo, para demostrar que el número de miembros de minorías étnicas en las cárceles es notablemente mayor que el de la población general); se rechazan los estereotipos burdos y la discriminación descarada. Se exageran las diferencias culturales. Este racismo líquido disimula la hostilidad racial, utiliza un lenguaje tan políticamente correcto como falso, genera una aceptación pública, pero un rechazo privado, produce reacciones de evitación de la convivencia, desplaza la idea biológica de raza hacia la cultura (“nuestra cultura” frente a la de otros) y la desigualdad hacia la diferencia (no habría discriminación, sino legítima diferencia, exaltando un enfoque multicultural y no intercultural: todas las culturas son respetables, pero cada una debe avanzar por su carril, sin mezclarse).

Para comprender mejor este racismo líquido, tan característico de la sociedad española, hay que tener en cuenta uno de sus elementos principales: muchas personas tienen comportamientos neoracistas, pero no son conscientes de ello; al revés, seguramente rechazarán vehementemente y con sinceridad el racismo o la xenofobia. Es un racismo a menudo inconsciente. El racismo se percibe por la inmensa mayoría como algo profundamente erróneo desde el punto de vista moral, social, cultural y legal; de modo que es algo que nos prohibimos ideológicamente. Pero los prejuicios racistas siguen incólumes. Así que esta contradicción se resuelve reprimiendo conscientemente el racismo, que, no obstante, emerge una y otra vez a la primera oportunidad.

Podemos poner algunos ejemplos de la vida cotidiana. La mujer que se niega a alquilar un piso a una doctoranda por ser peruana. El guardia de seguridad que escolta a una gitana en una tienda desde que entra por la puerta hasta que sale. El encargado de una piscina municipal que invita a una mujer gitana y a su hija a abandonarla para no contaminar el agua. El camarero que expulsa de un bar de copas a un grupo de marroquíes para que “no le espanten la clientela”. El empleador que se niega a contratar a alguien cuando se da cuenta de que es gitano. Todos estos ejemplos y muchos otros que podrían aducirse en causa tienen algo en común: los que discriminan no saben que han actuado por prejuicios racistas y las víctimas no conocen, ni confían, ni acudirán a los mecanismos de reparación de la discriminación (que, por otro lado, no están bien engrasados, pero de eso escribiré otro día). Eso y más pasa todos los días y sale gratis.