Otras miradas

Los dos golpes del 6 de enero

Xoán Hermida

Director do Foro OBenComún

El edificio del Capitolio, en Washington, visto a través de una valla de seguridad. REUTERS/Joshua Roberts
El edificio del Capitolio, en Washington, visto a través de una valla de seguridad. REUTERS/Joshua Roberts

Cual idiotas que cuando se señala la luna miran al dedo, así se encuentra la infantilizada y acrítica sociedad actual. Nunca tanta información se ha compartido y nunca tan poco informada estuvo.

El pasado 6 de enero en Estados Unidos se produjeron dos ataques al estado de derecho y a la democracia liberal. Del primero, auspiciado por la extrema derecha populista (el asalto al Capitolio) se hicieron eco todos los medios de comunicación global y fue condenado por la práctica totalidad de los columnistas de opinión (y no era para menos: en casi doscientos años se realizaba un punch al corazón mismo del poder popular).

Del segundo, auspiciado por las corporaciones de la información de redes, y amparándose en su carácter privado, (el cierre de las cuentas del actual inquilino de la Casa Blanca) se informó sucintamente pero ningún comentarista ni creador de opinión alerto sobre las consecuencias que para el Estado de Derecho y la democracia puede tener este acto a medio o largo plazo.

El punch golpista fue parado por el FBI y la Guardia Nacional. El otro acto tiene consecuencias a más largo alcance que obligan a abrir un debate profundo sobre el carácter de las redes sociales en las democracias del siglo XXI.

Pero vayamos por partes.

El populismo contra la democracia

El Trumpismo con Trump o sin Trump va a seguir estando presente en EE.UU., del mismo modo que el populismo de derechas y de izquierdas está instalado en nuestras democracias pues responde a una crisis de representatividad. Una parte importante de las clases medias y bajas han perdido la confianza en el sistema tras un proceso de empobrecimiento generalizado y continuado y junto a esto, a la percepción de que son apartados de las decisiones de una clase política cada vez más alejada del pueblo.

Los dos grandes enemigos de las democracias liberales son el populismo y el nacionalismo.  La izquierda, en lugar de dar una alternativa de mejora y regeneración en los mecanismos de representación política se ha sumado a la corriente populista de cuestionar los propios mecanismos democráticos de existencia de instituciones respetadas y de contrapoderes de carácter ejecutivo, legislativo y judicial.

Esa misma izquierda, que a principios del siglo formulo desde el altermundismo una alternativa al globalismo liberal, ha renunciado a esa apuesta y se ha refugiado en un nacionalismo regional o nacional que nos retrotrae al mundo previo a la segunda guerra mundial.

No existe un populismo y un nacionalismo de izquierdas y otro de derechas. Existe un único populismo que va a seguir poniendo en entredicho la propia democracia mientras la derecha y la izquierda democrática no se libren de la presión del populismo y del nacionalismo que condicionan sus agendas estratégicas y sus programas de actuación. En el caso de la izquierda global, además, va a tener a mayores la necesidad de reinventarse y volver a situar un programa de acción global más allá del resistencialismo y de las propuestas locales.

Libertad de expresión en el siglo XXI

Hoy las redes sociales juegan el papel que otra hora jugaban los medios de comunicación tradicionales. El proceso de transito avanza a una velocidad imparable que debe conllevar de los poderes públicos, profesionales de la información y sociedad abrir un debate necesario sobre el papel de cada uno y los límites de la información y la veracidad.

La influencia, y el uso casi monopolista, de ciertas corporaciones en el control de las redes sociales obligan a no verlas como un asunto privado sino un asunto de interés público.

La potestad de un medio, tradicional o de red, sobre su línea editorial permite claramente a Twitter o Facebook señalar un post o eliminar un twit en concreto del mismo modo que un periódico se reserva la orientación de sus columnas o la publicación de tal o cual noticia. Cosa distinta es el bloqueo o la eliminación de una cuenta de un personaje por muy deleznable que este sea.

Ni Omid Kordestani ni Mark Zuckerberg son quien para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes. Solamente un juez en sus atribuciones constitucionales y en función de un posible delito es quien para cerrar una cuenta social o paralizar la difusión de un medio.

Si permitimos que sean los propietarios de las corporaciones quien decidan lo permisible o no conseguiremos un doble movimiento: el de debilitar a un Estado de Derecho ya deteriorado y el de dar argumentos a los populistas sobre el secuestro de la democracia por las grandes corporaciones.

Casi una semana después del doble golpe del 6 de enero solamente la canciller alemana Merkel ha expresado su preocupación por esta situación demostrando, una vez más, que es de las pocas líderes globales que le queda a la ya maltrecha democracia.

¿Mientras la izquierda dónde está? En el mismo campo del populismo y del nacionalismo que Trump.