Otras miradas

Política de la vacuna. Salud, economía y legitimidad en juego

Con cerca de cien millones de casos registrados y habiendo sobrepasado la barrera de los dos millones de víctimas, la pandemia de coronavirus sigue su curso implacable: salud, economía y estabilidad se resienten tras un año desde que el mundo observaba, distante y arrogante, el confinamiento de Wuhan. Busquen el nombre de la ciudad china unido al de Chernóbil y encontrarán cientos de artículos donde inteligentísimos analistas aseguraban que este sería el principio del fin del país asiático. Tras una vuelta al calendario el mundo ha contenido la respiración pendiente del declinar estadounidense, simbolizado en tipos con cuernos sentados en la presidencia del Capitolio, más que de lo que sucedía en Zhongnanhai, la sede del Gobierno de la República Popular. Apréndanse el nombre de la nueva "Casa Blanca": todo cambia, hasta los topónimos y palabras que los idiomas de los países líderes exportan al resto, ¿好的 Hǎo de?

 Josep Borrell, el máximo representante de la política exterior europea, en palabras el pasado jueves 21 para la Cadena Ser, pidió a los Estados Unidos que se implicaran en la distribución de vacunas a los países que no puedan pagarlas. La razón parecía ser más estratégica que humanitaria: "China está haciendo un esfuerzo muy grande —y Rusia también— para presentarse como suministradora de vacunas, de la misma manera que lo hizo cuando, al principio de la crisis, lo que importaba era tener una mascarilla. ¿Recuerdan?". Recordamos. China exportando y donando material médico, camiones militares de Rusia por las carreteras italianas. En algunos balcones de Roma sonó el himno de la URSS en agradecimiento. La UE estuvo desaparecida un mes, el más duro, sin distribuir ayuda entre los países que la conforman. Nada se da a cambio de nada, Putin y Xi Jinping lo saben. También Merkel y von der Leyen. La mutualización de la deuda acordada por la UE en junio hundía sus raíces en este episodio. Crisis de legitimidad, lo llaman.

También el jueves, la canciller alemana manifestó su deseo de colaborar con Rusia en la fabricación y distribución de la Sputnik V a pesar de "las diferencias políticas". La vacuna rusa se empezó a aplicar en Moscú el 5 de diciembre. El día 8 se vacunó a la primera ciudadana británica con la fabricada por Pfizer y BioNTech. Para muchos medios lo sucedido en la capital rusa no tuvo lugar y la británica Margaret Keenan ostentó el título de ser primera persona en ser vacunada tras los ensayos. No estaba en juego tan sólo el absurdo galardón de un simbólico paso por meta, sí la geopolítica de la vacuna. Hungría, país díscolo de la UE bajo el Gobierno del ultraderechista Orbán desde hace diez años, ha roto la baraja aprobando este viernes el uso de la Sputnik V. Otros países, entre los que se encuentran Argentina, Venezuela, Emiratos Árabes Unidos, México y la India, la están ya aplicando bien por una compra directa a través del Estado, bien por la adquisición de las compañías farmacéuticas locales.

Pfizer y BioNtech, el consorcio norteamericano-alemán, firmó este fin de semana un acuerdo con la OMS para suministrar 40 millones de dosis de su vacuna a países de economías medias y bajas en este primer trimestre de 2021. Borrell sabía de qué hablaba al hacer su petición a EEUU, tanto como Merkel en su conversación con Putin. Se acelera la aprobación europea de la vacuna rusa antes de que más países desafíen a Bruselas en un momento donde la vacuna desarrollada por BioNtech, pero fabricada por Pfizer, ha sufrido retrasos en sus entregas. AstraZeneca-Oxford, cuya vacuna se aprobará por la UE a finales de mes, anunció también este fin de semana que no podrá entregar inicialmente la cantidad de unidades previstas. Moderna, con sede en Massachusetts, Estados Unidos, también suministra a Europa, pero en cantidades notablemente menores.

Vistas las circunstancias, la UE no desea, por motivos de presencia internacional más que médicos, que los rusos tengan que suplir de vacunas a la Unión, lo cual no implica que desde Bruselas se tenga en cuenta la Sputnik V como alternativa en el caso de que que el resto de las opciones no sean capaces de suplir las dosis necesarias para seguir el calendario de vacunación. Hay urgencia sanitaria, ya que, aunque las vacunas son efectivas contra las nuevas cepas, se teme que un desarrollo prolongado de la enfermedad propicie nuevas mutaciones en el virus que escapen a estos medicamentos. Pero, más allá, se piensa en la reactivación de la economía. Los países, o bloques, que consigan salir antes de la pandemia tendrán una ventaja significativa en términos de crecimiento. La UE no puede permitirse un nuevo resbalón como en marzo y abril del 2020, donde todo lo que pudo fallar, falló, pero a su vez sigue tutelada por Washington en sus relaciones con Moscú y Pekín.

La vacuna, además, no es tan sólo salud y economía, sino también credibilidad de las instituciones. En España, hasta ayer domingo 24 de enero, según el ministerio de Sanidad se habían distribuido 1346000 dosis, la gran parte de Pfizer, proviniendo tan sólo 35700 de Moderna. Se habían utilizado el 86,61 por ciento de las dosis distribuidas, alcanzándose la pauta completa de vacunación en 68456 personas, tan sólo un 0´15 % de la población. Este porcentaje crecerá significativamente en esta semana, ya que el lapso entre primera y segunda dosis dista 21 días, no iniciándose hasta la pasada semana la segunda vuelta de inmunizaciones. Aun siendo el ritmo más lento del previsto y desigual entre comunidades, España, con 1´92 dosis administradas por 100000 habitantes está por encima de la media europea de vacunaciones, 1,31 o de países como Francia con 0,74, siendo tan sólo superada por Italia, Eslovenia y Dinamarca entre los socios de la Unión.

Aunque podemos afirmar, viendo estas cifras, que la vacunación pese a ser mejorable es positiva, la opinión pública probablemente no tenga la misma percepción. La culpa la tienen alrededor de 500 cargos públicos, que conozcamos, que se han vacunado irregularmente. El protocolo, aprobado el 2 de diciembre y completado el día 18, establecía claramente la priorización de los grupos a los que se iba a administrar, explicando el criterio ético y técnico. Fue firmado por el Consejo Interterritorial de Salud, donde se encuentran tanto el ministerio como las consejerías de las Comunidades Autónomas. Los centros de mayores, los grandes dependientes y los profesionales de la primera línea en el ámbito sociosanitario, es decir, aquellos que tienen un "contacto estrecho" y están de "cara al paciente" debían ser, y están siendo, los primeros. Salvo estas excepciones.

La última y más sonada dimisión por las vacunaciones irregulares ha sido la de Miguel Ángel Villarroya, jefe del Estado Mayor de la Defensa. No parece descabellado pensar que la cúpula militar, así como otros representantes de las altas instituciones del Estado, cifra que no llegaría al centenar de personas, tengan que ser vacunados para garantizar la seguridad nacional. No haber incluido este epígrafe en el protocolo, algo que apenas se notaría en el desarrollo de la campaña, fue un error que ahora vemos clamoroso, tanto como vacunar a estos altos mandos de tapadillo. Si había una necesidad, obvia, esta no se puede ocultar por el miedo a las iras populistas, bien de la derecha, bien de cierto sensacionalismo mediático. El primer camino para ejercer un buen Gobierno es la firmeza y la pedagogía, incluso en tiempos miserables.

Donde no existe enmienda posible es en casos como el de los consejeros de Salud de Murcia, ya dimitido, o el de Ceuta, que sigue sin dimitir, ofreciendo además unas demenciales explicaciones donde aseguraba que a él no le gustaban las vacunas. Alcaldes, médicos jubilados, familiares de trabajadores de las residencias, funcionarios, en Murcia más de 400, y hasta algún cura, se han saltado a la torera el protocolo que, recordamos, era tan claro como específico. Esto nos señala un elemento que también se establecía en el documento, el de la trazabilidad de las vacunas, que ha parecido situarse sólo en su distribución, estableciendo responsables territoriales, pero no llegando hasta su aplicación final, algo que hubiera hecho imposible estas irregularidades. Se ha puesto sobre la mesa, de nuevo, la falta de ejemplaridad pública, justo en un momento, como ya decíamos, donde tras demasiados casos de corrupción hay un ambiente de desconfianza. La malversación es delito, y si no hay ejemplaridad deberá haber sanción, además del cese en el cargo. Repetimos que los casos, por su número, no son relevantes respecto al millón largo de vacunados, pero sí terribles respecto a la credibilidad en un momento de una gran tensión acumulada y demasiado oportunismo.

Otro inconveniente, a nivel español y europeo, con la vacuna de Pfizer es que cada vial contenía oficialmente cinco dosis, pero se podían extraer seis. La compañía anunció el viernes que, tras la aceptación por parte de la Agencia Europea de Medicina que se incluyera la cantidad total en el prospecto, comenzaría a cobrar por esta sexta dosis. El problema es que sólo es aprovechable con un tipo de jeringuilla especial, de la que algunas CCAA no disponían, desaprovechando ese "culillo", en palabras del consejero andaluz de Sanidad. La UE es quien negoció el acuerdo y paga las vacunas, los Estados miembros quien las distribuyen y marcan los protocolos, y en el caso de España los servicios de salud de las CCAA autónomas quienes las aplican al paciente. Tanto en este caso, como en otros que hemos visto a lo largo de la crisis, el criterio descentralizador que pretendía adecuar la atención sanitaria de forma más efectiva a las necesidades de cada territorio sufre una desarmonización nacional: algunas comunidades aprovechaban esta sexta dosis y otras la desperdiciaban. Una vez más buscando la especificidad hallamos la desigualdad.

Nos encontramos que el proceso de vacunación, como en general todos los aspectos relacionados con la pandemia, lo único que han hecho es acentuar problemas que ya estaban sobre la mesa antes de la llegada de la covid. En primer lugar, ya es hora de hablar de una sobreestimación de la capacidad de producción occidental, consecuencia de cómo la economía real ha quedado relegada tras la economía financiera y especulativa: los médicos no se protegen con acciones, los bitcoins no generan anticuerpos. Así mismo nos hemos topado con problemas administrativos, de desigualdad y de legitimidad, dejando a un lado las tensiones entre bloques que, jactándose constantemente de promover el comercio internacional, son incapaces de ponerse de acuerdo en un tema tan crucial como este. Quien llegue el primero de verdad a la meta, y no sólo en la foto, será quien tenga la oportunidad de situarse en una posición ventajosa tanto en el crecimiento económico como en credibilidad, interna y externa.

China anunció, a finales de noviembre, que en las pruebas con su sinovac había vacunado a un millón de personas, aunque desde julio ya se habían administrado en un programa de emergencia a miembros del ejército y trabajadores de actividades esenciales. La empresa fabricante, participada en un 51% por el Estado, se ha utilizado con criterios racionales. Los Gobiernos europeos, pese a haber aportado cantidades significativas de dinero público, carecen de capacidad de decisión en las farmacéuticas y del control efectivo del cumplimiento de los contratos. Si las carreras armamentística, espacial e industrial marcaron el siglo XX, la tecnológica y médica están definiendo el siglo XXI. Y aquí China ya juega un papel relevante respecto a los bloques americano-británico, europeo y ruso. Ya no nos causa sorpresa, pero hace treinta años China era un país en vías de desarrollo y a principios de siglo XXI se la consideraba tan sólo la fábrica del mundo. ¿Cuáles serán los papeles en el mundo post-covid?

Al inicio de 2020 se buscaron las excusas argumentales para pronosticar el fin del vertiginoso ascenso chino. A principios de 2021 no queda más remedio que reconocer su éxito, siendo esta vez la excusa argumental el autoritarismo cuando no la conspiranoia. Nadie parece querer ver que un sector público fuerte, la capacidad de planificar a medio plazo y de ejecutar las decisiones, el mantenimiento de una economía productiva que no sea subsidiaria respecto a la financiera, así como la posibilidad de operar sin interferencias notables de legitimidad, se están demostrando esenciales en la resolución de esta pandemia. También para acabar con el gran mal de nuestra época que ya nos azotaba antes de la enfermedad: la incertidumbre. No se trata de idealizar a China, sí de extraer conclusiones al respecto si no queremos quedar descolgados los próximos 25 años.