Otras miradas

Movilizar el malestar

Raúl Camargo y Lorena Cabrerizo

Portavoces de Anticapitalistas

Las protestas de estos días por la libertad de Pablo Hasél no son una casualidad. Son espontáneas, porque surgen a través de un hecho contingente, pero responden a la conciencia de un sector de la juventud que sabe que cosas no van bien. La libertad en este país es un hecho constantemente amenazado y no siempre sale gratis ejercerla. Esta obviedad se entremezcla con causas más profundas. Hay un hartazgo juvenil totalmente legítimo. Las cifras de paro, una clase política privilegiada, totalmente corrompida y al servicio de los intereses de las élites económicas y la sensación de que el futuro que viene será peor: este es el telón de fondo de las movilizaciones, igual que lo han sido de la rebelión del pueblo de Linares frente a los abusos policiales.

Queremos mostrar nuestro apoyo a estas protestas, atacadas hipócritamente por los portavoces del régimen. Llamamos a participar en ellas: así lo ha hecho la militancia anticapitalista. La repentina preocupación por el mobiliario urbano de los tertulianos y políticos (que nunca dicen nada de los incendios que se producen en los poblados de Almería y Huelva donde malviven los y las trabajadoras del campo migrantes) trata de criminalizar protestas totalmente legítimas y ocultar los problemas que hay de fondo. La represión contra las protestas y la brutal actuación policial muestran otro problema: el comportamiento de unos cuerpos de seguridad del estado cada vez más corporativos, agresivos con la población y vinculados a la agenda represiva de la extrema derecha. Las organizaciones policiales son el núcleo de la base social organizada de la extrema derecha y hay que abordar ese problema. Van a aprovechar la situación para contratacar, intentar aislar la protesta social y tratar de fortalecerse con la complicidad del establishment político y mediático. Frente a eso, necesitamos una estrategia de conjunto que nos permita ampliar el campo de la protesta, evitando el aislamiento de las luchas, ligando problemas en una agenda propia.

En el fondo, lo que estamos viendo son los primeros estertores de una crisis social que va a ser muy profunda y que sin duda tendrá importantes repercusiones políticas. La apuesta del gobierno progresista por evitar cualquier tipo de cambio se traduce en cada vez más desafección entre el pueblo de izquierdas. Podemos intenta mantener una posición crítica con respecto a algunas cuestiones (les honra que, por ahora, no se hayan sumado a la criminalización de la protesta) pero carece de fuerza social para incidir en el devenir del gobierno. Esto contribuye a su desacople con la calle: estar en el gobierno bajo el mando del PSOE, como ya advertimos algunos, no se está traduciendo en conseguir mejoras sociales apreciables y sí lo está haciendo en una pérdida credibilidad.

En resumen, estamos ante una situación explosiva. El hartazgo social se acumula y los meses de pandemia tienden a añadirle más tensión a una situación ya de por si tensa. Desde la izquierda social y política necesitamos una estrategia ante la nueva situación. Junto a las movilizaciones espontáneas de la juventud, multitud de demandas se agolpan pendientes: la defensa de la vivienda, el regalo de los fondos europeos a las grandes empresas, el fracaso de las políticas sociales como el Ingreso Mínimo Vital, la privatización de la sanidad pública, la no derogación de la reforma laboral, la lucha por las libertades... Ninguna demanda debe ser abandonada: forman parte del mismo problema, la incapacidad del sistema para dar una respuesta a la crisis actual. Somos conscientes de que la izquierda no llega en su mejor momento y que los desgarros internos y las desconfianzas mutuas son parte de la ecuación. No vamos a caer en la cantinela burocrática de exigir la unidad de la izquierda, y menos en torno a este gobierno progresista fallido. Lo que sí que necesitamos urgentemente es convertir estos impulsos de las calles en iniciativa y construir una agenda propia, que impida que sea la extrema derecha la que esté estructuralmente a la ofensiva. Ello pasa por evitar el aislamiento de las protestas, por ampliarlas y por sumar cada vez a más sectores sociales.

En ese sentido, creemos que hace falta una reflexión estratégica en la izquierda. Para construir esa agenda social desde lo común, hace falta un mínimo de generosidad, confianza y amplitud de miras. La izquierda política y social debería apoyar sin dudas las protestas de estos días y condenar la violencia policial. Pero también dar un horizonte. Este no es nuestro gobierno, pero hay que exigirle que cumpla sus promesas y que gobierne para la gente trabajadora. En su momento, las marchas de  la dignidad jugaron ese papel de unificar demandas y movilizaciones. El plan de choque social fue un intento de hacerlo al inicio de la pandemia. Sabemos que el momento es otro, y que la composición de la coyuntura es muy distinta. Somos conscientes de que esto no se va a lograr de inmediato, pero es hora de abrir la discusión pública. Pero el horizonte sigue siendo útil: unificar las reivindicaciones sociales, exigir que se cumplan y dominar la agenda pública para evitar el aislamiento.