Otras miradas

Del 14 de abril a los campos nazis: compromiso y castigo

Rosa Torán

Historiadora. Amical de Mauthausen y otros campos

Francisco Ortiz, el 5 de mayo de 1945, tras la liberación de Mauthausen. CORTESÍA DE JUAN FRANCISCO ORTIZ
Francisco Ortiz, el 5 de mayo de 1945, tras la liberación de Mauthausen. CORTESÍA DE JUAN FRANCISCO ORTIZ

El día 14 de abril de 1931 las ediciones matinales de los periódicos ya daban noticia de los resultados de las elecciones municipales celebradas el domingo anterior y no tardaron en precipitarse los acontecimientos que inauguraron el nuevo régimen republicano. Plazas y calles se llenaron de multitudes que enarbolaban banderas tricolores y cantaban La Marsellesa, mientras circulaban rumores sobre la inminente proclamación de la República, tal como sucedió después de la dimisión del último gobierno monárquico y la marcha de Alfonso XIII y del manifiesto hecho público por el Comité Revolucionario.

Entre los hombres y mujeres que asistían a tan extraordinarios actos no faltaban aquellos que no tardarían mucho en empuñar las armas o en prestar su voz y su palabra ante el ataque de las huestes fascistas y derechistas, que no dudaron en emplear todos los medios para aniquilarlos y para borrar todas las conquistas igualitarias del régimen republicano. Ninguno de ellos podía imaginar que la defensa de las conquistas democráticas les convertiría en víctimas de la represión, persecución y asesinato, y en  protagonistas de una diáspora de dimensiones desconocidas hasta entonces, ni que la inestimable ayuda prestada por Hitler a los militares golpistas tendría su colofón en su internamiento en los campos de la muerte, ni que sus cenizas llenarían los cielos de una Europa dominada por el mal extremo.

La realidad fue que jóvenes y viejos republicanos perdieron su nombre y su identidad política, social y cultural, y que sus deudos se vieron privados de cualquier duelo ni consuelo curativo, sometidos a la ignominia de una dictadura que, tras su victoria militar, prosiguió su guerra con otros medios y con un alcance de larga duración. Son incontables e inconmensurables los daños infligidos a las víctimas de la deportación a los campos nazis y a sus familiares y amigos, así como también es tarea inacabable recabar las secuelas de su borrado de la historia española.

Su pérdida, la de los muertos en deportación y la de los supervivientes, es irreparable, pero su historia quedará para siempre unida a la vitalidad de los que nunca renunciaron a expresar sus ideas. Fue en Francia o en América donde sus huellas impregnaron de savia las iniciativas de recuerdo y homenaje al que siempre fue su referente político y emocional, la II República y el antifascismo; todo, lo contrario, para aquellos que pusieron punto final a su exilio y regresaron a España en la década de los 50, se vieron obligados a refugiarse en el anonimato y afrontar una nueva vida plagada de dificultades, en las que no faltaron el castigo y la proscripción. De hecho, en nuestro país pocos fueron los que, por el imparable avance del reloj biológico, consiguieron participar de las iniciativas de recuerdo y homenaje de tiempos recientes, en manos ya de nuevas generaciones.

Calibrar los efectos de las pérdidas aludidas y de las persistencias de su ideario  -defensa de sus principios y denostación de la Dictadura franquista- deviene ejemplar con el enunciado de algunos casos: antiguos deportados encarcelados por sus acciones clandestinas en la lucha antifranquista, como les sucedió a Manuel Azaustre o a Joan Pagès; sometidos a  penosos y duros interrogatorios policiales, como Antoni Ibern o Jaume Álvarez; privados de trabajo y de domicilio, como Marcel·lí Garriga; bregados en desafiar los peligros de su trabajo como emisarios políticos desde Francia, como Neus Català, Joan Mestres o Marcial Mayans; y un largo etcétera. A tales nombres habría que sumar una larga lista de hombres y mujeres que todavía permanecen en la oscuridad, como es el caso del deportado a Mauthausen Eliseu Villalba Nebot, muerto en 1977, al cual hasta el año 2018 el ayuntamiento barcelonés no le resarció con una placa de reconocimiento en el Mercado del Ninot, su lugar de trabajo como subdirector hasta su llamada a filas en 1938 y del cual fue privado por los efectos de la depuración que afectó a todos los republicanos leales.

Por fidelidad y junto a ellos, seguimos reclamando Historia, en un contexto de necesario rompimiento de tabúes e indignos revisionismos todavía vivos en nuestro país, como acto de inteligencia política y no partidista, para impulsar decididamente el conocimiento del papel de España en la Europa del siglo XX, en su doble vertiente de estado democrático y dictatorial, y así resarcir los logros republicanos y sus defensores y a la vez acabar con escudos protectores e inmaculados sobre el papel de instituciones y personas. Sin duda, una de las razones de la débil conciencia histórica y política, en buena parte de las nuevas generaciones, sea debida a la falta de insistencia en reseñar, una y otra vez, los valores aparejados a la democracia, en contraste al desprecio de los mismos en los regímenes dictatoriales.

La sociedad actual no tiene una imagen bien fundada del papel de España en los años treinta, cuando se abría paso una etapa de esperanzas de cambio, mientras el fascismo avanzaba en otros países. No sería descabellado recordar de vez en cuando a la opinión pública lo que significó desde el punto de vista político, aparte de las menos conocidas implicaciones económicas, la alianza de Franco con Hitler y Mussolini, en vez de relativizarlo en busca de un amplio consenso. Porque poner en el mismo rasero a los defensores del régimen legalmente establecido en 1931 y a los gobiernos que lo representaban hasta 1939, y a los que conspiraron y actuaron para derribarlo violentamente no deja de ser perturbador y profundamente inmoral, a costa de confundir la realidad con el imaginario propagandístico creado por la dictadura franquista, a lo largo de cuarenta años. La naturaleza del régimen de Franco hay que medirla no tan sólo por sus propias características de dictadura, sino también por los retrocesos culturales, por las ausencias políticas y por la demonización de los valores que son el arraigo de toda democracia.

Sí, tenemos que recordar la vida de otros, su diáspora, descubrir el valor de aquellos supervivientes que, en medio del desastre, pudieron mantenerse íntegros, sus distintas formas de coraje e ingenio, y su actitud como hombres y mujeres defensores de valores, por encima de posiciones vengativas, a pesar de sus experiencias abominables. El 14 de abril de 1931 se abrió para ellos la puerta a la conquista de las libertades y a la modernización de un país, lastrado por los dominios seculares de las clases dominantes, la iglesia y el ejército, y que se cerró violentamente con el triunfo militar de los sublevados, dejando al país sumido en la miseria material y moral.

Frente a la fragilidad de las emociones de corto recorrido y a los persistentes y engañosos mensajes, se impone el duro proceso de conquista de la memoria, que adquiere singularidades en cada colectivo y en cada país, como en el caso de la deportación de los españoles republicanos exiliados, motivada por su compromiso en la defensa del régimen del 14 de abril y los valores que encarnó y por la venganza de los que lo derribaron.