Otras miradas

Romper el silencio

Rocío Carrasco durante el documental emitido por Telecinco.- MEDIASET

"Ese silencio de las víctimas no puede correr contra ellas cuando finalmente lo cuentan a raíz de un hecho más grave". Eso es lo que dice la sentencia del Tribunal Supremo 2003/2018 sobre un caso de violencia de género.

Hace unos días, hablaba con mi amiga Nerea Pérez de las Heras sobre lo que supone romper el silencio para las mujeres que denuncian violencia machista. Comentábamos, en el caso de Rocío Carrasco, cómo se había notado en algunos periodistas u otras personas del entorno cierto temor a lo que pueda decir ella en el programa de este miércoles. Ese nerviosismo o recelo ocurre siempre que la víctima rompe el muro del silencio. 

Ocurrió con el #MeToo. También con las mujeres que denunciaron a Plácido Domingo. Y, aunque no veamos su dimensión, sucede lo mismo con cada una de las mujeres anónimas que lo hacen en sus entornos más íntimos, en su trabajo, en su familia. Aún sabiendo que la incredulidad y la duda van a estar, con altísimas probabilidades, sobre ellas. 

Hace unos días, en mi universidad, me invitaron para reflexionar sobre el relato de las víctimas de violencia de género en el periodismo. Justo comenté que ese relato no solo está compuesto por las palabras que plasman lo que vivieron sino que el silencio también forma parte de ese relato. No se puede entender su denuncia sin comprender antes todo lo que supone es carga silenciosa. 

Mi amiga me preguntaba por qué en las mujeres "lo digno" y lo que te convierte en "señora" ha sido siempre guardar silencio. Eso de "limpiar los trapos sucios dentro de casa". Para empezar, la violencia de género no son trapos sucios sin más, es un delito público. Pero, por otro, le decía a mi amiga que muchas veces pienso cuándo y cómo sería esa primera vez donde las mujeres guardaron silencio. 

Y siempre recuerdo el análisis de Gerda Lerner sobre el origen del patriarcado con el nacimiento de los estados. Considero que el aprendizaje del silencio tuvo que arraigarse en ese momento, cuando la función reproductiva de las mujeres comenzó a ser explotada para garantizar la supervivencia de las tribus. El momento donde ellas ya no podían decidir, sometidas a matrimonios forzosos y violaciones para traer hijos a esos grupos tribales y dinastías, sin otra función social. Porque las mujeres que no lo hicieran serían cuestionadas, castigadas y torturadas, y el estigma social y la culpa total caería sobre ellas. En situaciones de esclavitud, de opresión extrema, la indefensión aprendida hace asumir que el silencio es una técnica de supervivencia. Ponerse una mordaza ante una sociedad que te condena si hablas por romper la norma. Vivir o sobrevivir, no hay más.

Hay quien dirá que eso son cosas muy antiguas, pero no. Lo hemos aprendido en nuestra educación y cultura. Si así no fuese no habría unas cincuenta asesinadas cada año, ni violaciones ni abusos. Persisten porque la norma simbólica continua y por eso hablar sigue siendo muy cuestionado. 

No es cosa del pasado porque, de otra forma, permanece aún hoy. La vida es muy dura, en una desigualdad creciente, y muchas mujeres guardan silencio aún para no ser señaladas de malas mujeres, de malas madres, de locas que se inventan cosas. No solo en su vida práctica real, en su trabajo y su entorno familiar, sino incluso en el judicial. Porque si hablas corres el riesgo de ser "expulsada" de tu entorno y te quedas aislada, el objetivo del machismo. Separarnos entre nosotras y callarnos. 

Guardar silencio tiene un precio caro sobre las mujeres que lo hacen porque guardar la culpa y el dolor tiene efectos sobre su salud, sobre su angustia y sus noches sin dormir. Estos días recibo cientos de mensajes privados en redes porque aún temen verbalizar en voz alta lo que vivieron con alguien de su entorno. Por eso lo hacen por escrito. Y aún me sorprende cómo saben que es un paso decisivo y cuestionado, porque incluso en esos mensajes me piden perdón por escribirme, perdón por contarlo, perdón por no callarse. La soledad que mantienen con su dolor es inmensa. 

El machismo aplaude guardar silencio porque es la garantía de su impunidad. El silencio es una creación machista para su existencia. Pero para el feminismo, romper ese silencio es nuestra supervivencia. Nuestro antídoto. Tenemos enfrente un muro muy espeso de silencio que se rompe poco a poco con el testimonio de todas. Ojalá algún día, con tiempo, caiga el muro totalmente. Quizás no ocurra nunca pero espero que cada vez ese muro sea más fino, tanto, que al machismo ya no le quede espacio para esconderse. Y para que esas mujeres que han soportado el silencio puedan avanzar sin ese peso sobre ellas mismas.