Otras miradas

El debate del debate

 

¿Se equivoca Pablo Iglesias, el candidato de Unidas Podemos, negándose a debatir, en plena reñida campaña electoral, con quien ningunea las amenazas que ha recibido él y su familia por carta, con cuatro balas de Cetme  –el fusil de dotación de la Guardia Civil y de la Policía Nacional- incluidas?

¿Se equivoca Angels Barceló, la periodista conductora de ese debate, permitiendo que se vaya Iglesias, víctima de estas amenazas, en vez de echar a  Rocío Monasterio, la candidata de Vox que declaró que no se las cree, siendo tan escalofriantes como explícitas?

¿Se equivoca la cadena Ser al montar el debate "y yo más", después del de Telemadrid, sin tiempos tasados –para que no sean monólogos y sea más entretenido– permitiendo así que se convierta en el parque de atracciones de la ultraderecha y de cualquiera que no respete ni a la moderadora ni al resto?

¿Se equivocaron Ángel Gabilondo y Mónica García, los candidatos de PSOE y Más Madrid, al quedarse a intentar debatir hasta el primer corte de publicidad, en el que se dieron cuenta de la que se estaba liando en las redes y en los medios?

¿Nos equivocamos todos los que pensamos que es mejor para la democracia tratar de dialogar con la ultraderecha? ¿No se puede hablar con ellos o no se puede si se les permite saltarse las reglas más básicas del diálogo (respetar los turnos de palabra, respetar los argumentos del otro, reconocer incluso en lo que pueden tener parte de razón, aunque digan cosas que uno no solo no comparte sino que en el fondo desprecia)?

¿Nos hacen falta grandes fact-checks, pre y post debates, para que las fake news no sean parte del juego, para que nadie lance datos no contrastados?

En cualquier caso, sean cuales sean nuestras respuestas a estas grandes preguntas, en Europa ya se ha respondido a muchas porque llevan más tiempo lidiando con este tipo de partidos. En Alemania y Francia, cordones sanitarios y en Italia, barra libre –por poner los ejemplos más notorios y conocidos y recordar los resultados de ambas estrategias.

Y, en cualquier caso también, no creo que lo ocurrido en el megadebate nos ponga en otra campaña electoral, como dicen algunos analistas. Creo que seguimos exactamente en la misma;  en esa que, ante el empate técnico, intenta movilizar a los que llevan décadas inmovilizados. Hablo de más del 30% de los votantes madrileños, de ese millón y medio que viven mayoritariamente en los barrios más humildes y que siempre lo pasan mal y ahora peor.

Con ese objetivo, en esta campaña, en los programas electorales de los partidos que se dicen progresistas han florecido subsidios para mejorar los que ya hay para los que están peor, lleguen o no:  les proponen los subsidios de los subsidios. Por su parte, la ultraderecha intenta llegar a ellos aprovechando su escepticismo hacia la política y los medios y hacia los partidos que, gobernando, no les han mejorado la vida en décadas de democracia. Ante la desesperación que le generan sus encuestas desfavorables, Vox les interpela con la más pura antipolítica, –propone la mitad de diputados autonómicos y casi de consejerías y el cierre de Telemadrid– y con el liberalismo económico más burdo. Estos ultras ondean un españolismo que se revuelca en una xenofobia selectiva contra los africanos porque persigue el voto de la inmigración latina: es la versión interesada roja y gualda del viejo sálvese quien pueda entre los que no pueden casi nada. Y es una incógnita si ese discurso que habla a las tripas y no a las cabezas y que, desde luego, no se dirige a lo que llamamos corazón o ética, prenderá en la desesperación iletrada mezclada con la flagrante falta de memoria histórica, de la que son culpables todos los gobiernos pos Franco pero más los que se dicen de izquierdas.

Ya están aquí, a pesar de nuestro pasado franquista reciente, ya se han atrevido a dar la cara completa y, claro está, llegan en el peor momento posible, que siempre ha sido el mejor para ellos. En estos periodos es cuando o la democracia se hace más grande o se hace más pequeña y, pensando en eso, conviene tener presente que las asignaturas democráticas pendientes, como la falta de memoria, la desigualdad obscena o la exclusión social son lastres inflamables que ponen en peligro al propio sistema.