Otras miradas

Catalunya, en deuda con Pablo Iglesias

Jordi Molina

Periodista y asesor de En Comu Podem

El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante un acto de la campaña electoral catalana, el pasado sábado. EFE/Alberto Estévez
El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante un acto de la campaña electoral catalana, el pasado sábado. EFE/Alberto Estévez

La política que se cuece en Madrid no ha sido, por así decirlo, un vivero de dirigentes sensibles con los derechos nacionales de Catalunya o, sin ir más lejos, la diversidad cultural del país. Más bien han sido excepciones los que, con mayor o menor contundencia, se han comprometido con el derecho a la autodeterminación o que han sentido como propias las vulneraciones de derechos que los catalanes hemos vivido en los últimos tiempos.

La emergencia de Podemos en las europeas de 2014 acabó con la marginalidad de la plurinacionalidad. Pablo Iglesias, un madrileño de barrio humilde y con coleta, decía sin tapujos que "Catalunya será lo que los catalanes quieran que sea". El famoso "apoyaré" de Zapatero en referencia al Estatut quedaba sepultado por un compromiso muy más explícito. Y lo decía en Sevilla y en Barcelona, con el mismo tono y énfasis. Admitía preferir que Catalunya permaneciera en España, sí, pero entendía que esa decisión era estrictamente del pueblo catalán. Es decir, decía exactamente lo que el independentismo y el soberanismo venían reivindicando años atrás.

De hecho, hace pocos días, en plena campaña de las madrileñas, Iglesias le planteaba a Joan Tardà, en un plató de TVE, un gobierno con ERC, comunes y CUP que pudiera defender el derecho a decidir. Eh, y jugándose Madrid con la extrema derecha. Ese es su principal mérito en una política de cálculo y regate corto. Que nunca haya renunciado a decir lo que piensa sobre Catalunya, sociedad a la que admira, aun teniendo elevados costes electorales en el tablero estatal. Incluso yendo más allá que sus propios socios en Catalunya, cuando comparó el exilio republicano con el de Puigdemont. Un error si lo analizamos desde una mirada memorialista, pero que sirve para entender hasta qué punto Pablo ha sido ajeno a la criminalización del independentismo que tanto se enquista en la esfera mediática madrileña y hasta qué punto sus ideas han estado por encima de los intereses partidistas.

Es este compromiso ideológico el que explica que haya sido el único político español que haya acudido a Lledoners o antes a Soto del Real. Se lo agradecía en un tweet sincero Josep Rull. Carambolas de la vida, tuve la suerte de formar parte de esas expediciones a la cárcel, acompañando a su amigo y dirigente de los comunes, Jaume Asens, a quién Pablo tenía y sigue teniendo como brújula de la convulsa política catalana. Y recuerdo perfectamente la fascinación y el compromiso que expresaba Iglesias tras esos encuentros entre barrotes con Oriol Junqueras o Jordi Sánchez. Y es que seguramente es más fácil comprender la represión de los demás cuando tú mismo has sido víctima de las cloacas y sabes lo afilados que pueden ser los colmillos del Estado cuando se trata de amordazar a la disidencia política.

No se puede generalizar, cierto. Pero no se puede decir que el independentismo, en su conjunto, haya sido muy agradecido ni con Unidas Podemos ni con Pablo. A veces ha dado la sensación que desde el mundo independentista se le daba mayor importancia a cualquier diputado europeo que se fotografiase con una estelada, por escasa representación que tuviera, que entender a una formación de la importancia de Podemos como una aliado en la mejora del autogobierno e incluso por el derecho a decidir. Hoy muchos de los que glosan su figura son también los que desaprovecharon su valentía política.

Y es que, probablemente, si algún día las ideas de Iglesias sobre la ordenación del Estado son mayoritarias en España, los independentistas que queden lo tendrán muy difícil para ser hegemónicos. Esa es la clave de tuerca de este embrollo. Y lo que explica que el independentismo lo haya visto también en él un adversario. No por antagonismo. No por centralista. No por nacionalista. Sino porque su idea de España, republica y plural, conecta con una Catalunya fraterna que, pese a su anhelo de soberanía, no levantaría la bandera de la independencia si no se sintiera agredida y humillada como con los gobiernos del PP.

El martes por la noche Pablo puso punto y final a una carrera política meteórica, fundamental para que las izquierdas y las periferias dieran un paso hacia delante en las instituciones. Decidió coger la katana y, con perdón de la expresión, y morir matando. Su cuerpo y su inteligencia al servicio de una última causa que, como no, debía ser épica. Con él, no solo se va un dirigente fundamental para la política contemporánea española. Algunos no lo confesaran, pero con todos los errores y aciertos, se va, también, un pedagogo por las Españas de la causa soberanista. Un normalizador de la plurinacionalidad como valor democrático. Se va el mejor amigo que Catalunya haya podido tener en estos tiempos tan sombríos.