Otras miradas

Desde Ceuta

Julio Basurco y Mohamed Mustafa

Politólogos ceutíes

Dos menores sacan sus manos por una ventana del albergue de Piniers, a donde han sido trasladados algunos de los 850 menores inmigrantes que permanecen en la ciudad española de Ceuta.- EFE

En agosto de 2018, Marruecos procedió, de manera unilateral, al cierre de su aduana comercial con Melilla. Poco más de un año después, en octubre de 2019, y también sin informar a la otra parte, decidió poner fin al denominado "comercio atípico", una actividad económica de significativa importancia a ambos lados de la frontera que separa Ceuta del reino alauita. Estos dos ejemplos sirven para ilustrar no sólo la actitud hostil — fruto de una evidente estrategia destinada a ahogar las dos ciudades españolas— por parte de nuestro vecino del sur, sino también el olvido sistemático al que, desde el Gobierno (del color que sea) de la Nación Española, se somete a ceutíes y melillenses. Y es que, tanto en un caso como en el otro, la callada fue la única respuesta que se obtuvo de Madrid.

Resulta evidente que las relaciones entre países entrañan una gran complejidad. Multitud de intereses comerciales y geopolíticos convergen y deben ser tenidos en cuenta a la hora de adoptar decisiones en un terreno pantanoso donde cada gesto, incluso cada silencio, adquiere la categoría de símbolo susceptible de múltiples lecturas. España tiene que procurar mantener un buen trato con Marruecos, nadie pone en duda tal cosa. No obstante, deben existir límites intraspasables. Hasta el pasado lunes, el precio a pagar había sido el "limbo jurídico" de las dos "ciudades con estatuto de autonomía" (en la Constitución Española no viene recogido eso de "Ciudad Autónoma"): por no molestar a Mohamed VI (y, anteriormente, a su padre, Hassan II), las Cortes Generales nunca han permitido la plena integración territorial de Ceuta y Melilla a través de la ejecución de la Disposición Transitoria Quinta de la CE; en la misma línea, Ceuta y Melilla se encuentran fuera del "paraguas" de la OTAN, así como de la Unión Aduanera Europea. Los ciudadanos de ambos territorios estamos acostumbrados a constituir esa eterna "excepción" de la que tan celosamente cuida un Marruecos encantado con la existencia de un "hecho diferencial" que le facilita hablar de ocupación ilegítima.

Estos días, se ha ido más allá. Si bien el control fronterizo siempre había sido el principal instrumento con el que Marruecos respondía a todo aquello que entendía como una afrenta, nunca había mostrado al mundo un ejercicio tan obsceno de desprecio hacia la vida de sus propios ciudadanos, un hecho todavía más grave si tenemos en cuenta que ha sido motivado por una acción de carácter puramente humanitario. Como ha señalado el periodista especializado en el Magreb, Ignacio Cembrero, en España existe una larga tradición, instaurada por el fundador de la Inteligencia Moderna Española, Emilio Alonso Manglano, consistente en acoger a todas aquellas personalidades que, por diferentes motivos, se considera que no cuentan con acceso a un tratamiento sanitario adecuado.

Seguramente, España se equivocó al no informar a su vecino de la acogida del líder del Frente Polisario. Ahora bien, es preciso apuntar que, por un lado, y como ya se ha señalado al comienzo, Marruecos no es precisamente "gentil" a la hora de informar de sus decisiones; por otro, que la desproporcionada e inhumana respuesta ha supuesto, en esta ocasión, un salto cualitativo que, al margen de lecturas más globales, propició que Ceuta viviera una segunda "noche de los transistores", con dispositivos móviles inteligentes en lugar de pequeñas radios. El temor y la confusión ante algo que se presentaba como absolutamente descontrolado, con seres humanos ateridos en las costas o deambulando desorientados por playas, aceras y carreteras mantuvo a la ciudad pegada a las pantallas, sin apenas desconectar de redes sociales que entremezclaban vídeos e imágenes de altercados reales con información falsa que se extendió como la pólvora. Al día siguiente, amaneció una ciudad, en palabras de su Presidente, "en Estado de Excepción no decretado", con los centros escolares semidesiertos, múltiples comercios y establecimientos con la persiana bajada y apenas movimiento en las calles.

La cuestión del Sáhara ha sido la excusa esta vez, pero seríamos ingenuos si pensáramos que esto trata únicamente de eso. Con su penúltima jugada, Mohamed VI pretende desestabilizar, tensionar la ya de por sí frágil convivencia de Ceuta, colocando una alfombra roja al discurso "trumpista" de la exclusión, los muros y la mano dura. El monarca y Abascal se retroalimentan. En una ciudad en la que la mitad de la población profesa la fe islámica, resulta absolutamente dramático que una fuerza política que identifica musulmán con marroquí y señala al islam como el principal enemigo de Occidente obtenga el 22% de los votos en las Elecciones Autonómicas y se lleve el único escaño en juego de las Generales.

El triunfo de la ultraderecha es, sobre todo en Ceuta, el triunfo del rechazo racista al colectivo musulmán; y a Marruecos le interesa que el colectivo musulmán sea y se sienta rechazado en suelo español. El líder de Vox, en su visita a la ciudad, se ha empleado a fondo en continuar la obra de ese enemigo en el discurso, pero aliado en la práctica. Con sus apelaciones al miedo y al belicismo ante una multitud que coreaba gritos de "invasión" y aplaudía llamadas a militarizaciones y acusaciones de "quintacolumnistas" contra sus propios vecinos, esa "España de pecho abombado" que describe Santiago Alba Rico en España (Lengua de Trapo, 2021) ha puesto su montaña de arena para tratar de hacer saltar por los aires una coexistencia que desprecia, una diversidad, la ceutí, que atenta contra su concepto de españolidad heredero del nacionalcatolicismo franquista.

No se puede pedir a un obsesivo que descanse. Un fanático es aquel que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema. Mientras que el resto del mundo ha visto niños y chavales deambulando de aquí para allá, los adalides de "la Reconquista" han encontrado a "jóvenes en edad militar", a futuros perpetradores de una acción armada contra las instituciones españolas. No se han molestado en analizar, ni por un segundo, las consecuencias económicas que en las ciudades vecinas de Castillejos, Tetuán o Martil han tenido el ya mencionado cierre abrupto de la frontera (cuyo comercio irregular suponía una merma en los ingresos fiscales del reino, pero aportaba paz social en la zona) y la posterior pandemia global. El castigo que todo ello ha supuesto para los trabajadores marroquíes que vivían del flujo fronterizo se pudo constatar en las diferentes jornadas de manifestaciones populares que exigían el entendimiento entre los dos países y la apertura de la que es la frontera más desigual del planeta. Desde entonces, y a pesar del anuncio de la creación de una industria local por parte del Gobierno, la tensión se ha mantenido. Es ahí, en ese drama y no en fabulaciones de templarios, donde hay que buscar los motivos que explican que miles de jóvenes hayan visto en esta "jornada de puertas abiertas" la oportunidad de huir con lo puesto y buscar un futuro.

Hemos vivido un doloroso episodio y estamos viviendo una crisis sin precedentes que, sin embargo, debe servir para que la democracia española y la Unión Europea se replanteen varias cuestiones. En primer lugar, hay que preguntarse si la externalización de la frontera sur, es decir, si la cesión de la gestión del flujo migratorio a un tercer país con escaso respeto por los Derechos Humanos, es, no ya sostenible desde un punto de vista ético, sino eficaz desde un punto de vista político. Marruecos dispone de una herramienta de extorsión y chantaje que no duda en utilizar con relativa frecuencia, poniendo en peligro la vida de seres humanos desesperados. En segundo lugar, hay que hacer hincapié en la actuación en los países de origen y en la activación de vías legales y seguras; en tercer lugar, urge diseñar estrategias para que aquellos que reivindican los gobiernos de la Dictadura y la expulsión del diferente no recojan los frutos de un (legítimo) patriotismo previamente transformado en (ilegítima) xenofobia. Por último, es necesario que se abra una discusión política acerca del estatus de las ciudades de Ceuta y Melilla, con la defensa de su españolidad como fundamento para su total integración en la estructura territorial y administrativa del Estado.