Otras miradas

¿Dónde hemos estado los hombres ante el testimonio de Rocío?

Octavio Salazar Benítez

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba

Una vez que ha terminado la emisión de la docuserie en la que Rocío Carrasco ha convertido en palabras lo que durante años ha callado, no he dejado de preguntarme dónde estábamos los hombres, y muy especialmente los heteros, los miércoles por la noche. Y subrayo la opción sexual porque, al menos en redes sociales, solo he visto reacciones de muchos hombres homosexuales incluso emocionados ante el testimonio de la que, sin necesidad de sentencia que lo certifique, ha sido y es una mujer maltratada.

Tal vez algún que otro machote lo ha seguido y ha callado para no señalarse como "traidor" en Twiter y aledaños. Yo mismo tuve mil dudas ante los primeros programas y ante el formato que temía acabara desembocando en una tertulia gritona e inexperta. Eso sí, no han faltado las habituales reacciones (pos)machistas de individuos enfadados consigo mismos y con las mujeres, y muy especialmente con las mujeres feministas, que se han dedicado por ejemplo a lanzar su ira contra la presentadora del programa, Carlota Corredera, o contra Ana I. Bernal, de la que no toleran que sea, además de mujer y feminista, una profesional formada e informada, cuya voz ha dado un rigor inusual a un programa emitido en horario de máxima audiencia en una cadena como Tele5.

Esa pregunta, que no es retórica, sino que pretende ser una llamada de atención a esa mitad que continúa siendo, que continuamos siendo, o que en muchos casos tenemos la ilusión de seguir siendo, los reyes del mambo, es la que con tanta frecuencia nos lanzan las mujeres ante una evidencia tan dramática de la desigualdad como es la violencia de género. Dónde estamos los hombres, por qué callamos, por qué la seguimos viendo como si fuera algo que sucede fuera de nosotros, por qué no le otorgamos la prioridad política que merece, por qué la seguimos considerando como un tema menor y por qué, además, muchos seguimos teniendo ese poso tan misógino que nos impide otorgarle valor y reconocimiento a la voz de las mujeres.

En este caso, me temo que, una vez más, y ante una audiencia millonaria, Rocío Carrasco, y quienes han hecho posible el programa, nos han vuelto a poner delante de los ojos un espejo que nos ha devuelto una imagen de nosotros mismos que nos incomoda. Porque ante un testimonio como el de Rocío los hombres no nos podemos ver, como solemos hacer gracias a la feminidad sometida que nos ha interesado crear y amparar, al doble de nuestro tamaño real, sino que, por el contrario, esa imagen poderosa de una mujer al fin arremangándose y diciendo aquí estoy nos ha hecho sentir muy pequeñitos.

Incluso a los que podemos tener la tranquilidad de no reconocernos como maltratadores y violentos, pero que seguimos amparando dentro de nosotros un machito que se resiste a desaparecer. Una mujer como la que ahora parece ser Rocío, y como las que en torno a ella han ido destripando semana a semana todas y cada una de las variantes y efectos de la violencia machista, genera muchas reservas e incluso miedo en muchos hombres no habituados a reconocerlas como seres con poder, liberadas al fin de los lastres que las domesticaban y siendo capaces por tanto de plantarle cara a cualquier obstáculo que frene su autonomía.

Tal vez una de las lecciones más contundentes que nos ha ofrecido el programa, además de ser capaz de situar en horario de máxima audiencia un tema político central y por lo tanto de llegar a un público no habituado a debates y reflexiones desde el compromiso feminista, es que la violencia de género no cesará mientras que no pongamos el foco en los sujetos responsables. Por supuesto que hay que seguir arbitrando medidas y recursos para que las mujeres salgan del infierno, además de que tendríamos que revisar unos procedimientos judiciales que las revictimizan, pero todo ello tiene que ir acompañado de unas políticas públicas que incidan en la socialización masculina.

Una responsabilidad que no es solo de los poderes públicos, sino también, por ejemplo, de unos medidos de comunicación que en muchas ocasiones tergiversan el profundo problema político que constituye la violencia machista al ubicarlo en un contexto de crónica "rosa" que descontextualiza lo que, lejos de ser una cuestión amorosa, es una cuestión de derechos humanos. Una clave que, por cierto, espero que aprenda una cadena como la que ha emitido la serie tan exitosa y que con tanta frecuencia ampara y legitima sexismo en su parrilla. Alguien debería recordarles a sus directivos, que imagino son hombres, y a los responsables de su programación, que la violencia que sufren las mujeres tiene múltiples formas y es también consecuencia de un imaginario colectivo que insiste en presentarnos a nosotros como dominantes y a las mujeres como seres sometidos, sexualizados y disponibles.

Ojalá muchos más hombres hubieran tenido la decencia de acercarse, como mínimo con una cierta curiosidad, al relato que nos ha sacudido las últimas semanas. Habría sido una buena manera de empezar a tomar conciencia de la responsabilidad individual que debemos asumir en la transformación feminista – o sea, igualitaria – de la sociedad, así como de entender cómo hay formas de violencia que, al carecer de la evidencia brutal de la física, son incluso más dañinas y no son sino reproducción pura y dura de las ansias de dominio y control que desde niños nos inculcaron a los que soñamos con ser hombres de verdad.

Esos que ahora, con frecuencia, usan el término feminazi como ataque que más bien es una huida de sí mismos, es decir, de su incapacidad, de su cobardía también, para darse cuenta de que quien más y quien menos tiene un "Antonio David" dentro.  Lo cual, insisto, no quiere decir que todos y cada uno de nosotros seamos sujetos que merezcamos una sentencia condenatoria, sino que todos y cada uno de nosotros, incluidos los que creemos que ya hemos dado un paso hacia adelante, seguimos respondiendo a unos mandatos de género que nos reconcilian con la virilidad más tóxica.

Y de esa manera reproducimos y le damos alas al machismo porque preferimos seguir instalados en la comodidad pasiva, y en este caso el que calla está otorgando y multiplicando. Una masculinidad que ya, gracias al feminismo, cada vez más mujeres no toleran y frente a la cual, pese a tanta lágrima y tanta herida que no cicatriza, cada vez son más las que se arremangan como Rocío y rompen el silencio en el que fueron educadas. Ahora ya solo queda que nosotros nos bajemos la mangas y rompamos el silencio que nos hace cómplices de ella y que, en consecuencia, dejemos ser eslabones de la cadena que genera tanto dolor, injusticia y sufrimientos.