Otras miradas

El liberalismo no puede ser la ideología de los poderosos

Adam Smith.- Wikipedia

La propaganda de siempre y algunos prejuicios en la izquierda han provocado que la derecha se adueñe del liberalismo. Un error fatal que desde siempre hemos cometido. No está de más recordar que estos prejuicios no son de ahora y que ya estaban en cierta forma con Marx, como ha observado el experto en ciencia política, Norman Finkelstein. Más de 150 años después de El Capital, estos prejuicios siguen siendo un lastre para nuestro espacio.

Algo parecido le ocurrió recientemente a Mónica García al cometer un patinazo a la hora de juzgar a Adam Smith. García ubicó a Smith en el mismo siglo que Friedrich Hayek y comparó ambas ideologías. Un error que es bastante grave si tenemos en cuenta que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha hecho esfuerzos hercúleos durante estos meses para reivindicar el liberalismo y la palabra libertad, a pesar de que echar un vistazo a los hechos desmonta este relato. Es perfectamente constatable que la derecha española y el Partido Popular han tenido un penoso registro en favor de las libertades individuales como consecuencia de la pesada herencia del franquismo. La gestión de la pandemia por parte de Ayuso ha mostrado que se puede reivindicar la palabra libertad mientras se daña la salud de todos los madrileños y se mira con descaro hacia la extrema derecha.

En cualquier caso, regalos como el de García no solo pueden ser aprovechados por la nueva oleada autoritaria, sino que también por los propagandistas neoliberales que con tanto entusiasmo acogen nuestros grandes medios de comunicación. En el fondo, lo que esta propaganda no cuenta es que el liberalismo solo puede estar a favor de la libertad del individuo, y, que, por lo tanto, es una contradicción y una perversión que el pensamiento neoliberal llame liberalismo a justificar que los individuos no tengan otro remedio que rendirse ante el poder ilimitado de gigantes corporativos que en la práctica funcionan como tiranías privadas.

Neoliberalismo no es liberalismo clásico

El método para hacer compatible el neoliberalismo con el liberalismo clásico ha pasado fundamentalmente por descontextualizar el siglo XVIII (y después el XIX) y hacer caso omiso a las intenciones de otorgar más libertad al individuo que filósofos como Locke o Smith tenían en mente.

Se puede apreciar muy bien con el mito que se ha formado alrededor de la figura de Adam Smith: por un lado, Smith no era tan entusiasta con la división del trabajo como se ha pintado. Es cierto que daba buenos argumentos a favor, pero se suele olvidar que también advertía del peligro de que los trabajadores se vuelvan tan "estúpidos e ignorantes como pueda volverse una criatura humana". Por otro lado, Smith estaba en contra de la formación de monopolios, por lo que cuesta trabajo pensar que a día de hoy pudiera estar a favor de los constantes horrores que se cometen en nombre del libre mercado, como pueden ser las liberalizaciones y/o las desregulaciones a menudo en favor de los intereses de estas tiranías privadas.

Además, el afán por limitar la interferencia del Estado estaba plenamente justificado por dos motivos: el primero porque la primera fuente de opresión radicaba en la falta de libertades sociales, viéndose al Estado muchas veces como un enemigo al que había que limitar su poder y segundo porque muchos de estos planteamientos, como se ha dejado caer antes, estaban basados en un ideal de una sociedad conformada por muchos pequeños propietarios donde una intervención del Estado tenía mucho menos sentido que ahora.

La Revolución Industrial demostró que la formación de los monopolios no solo podía deberse a la falta de libertad económica, sino que también el libre mercado podía ser origen de grandes desequilibrios y de graves injusticias. Es por esta razón que no tiene mucho sentido pensar que lo liberal podía pasar por seguir aplicando las mismas recetas que crean desigualdad y conflicto, cuando había quedado demostrado que éstas pervertían los objetivos de emancipación y de republicanismo que el liberalismo tenía en su origen. En este sentido, Mill puede ser un buen ejemplo de cómo el pensamiento liberal quedaba destinado a confluir con otros movimientos liberadores como han sido el anarquismo y el marxismo. Sobre este punto quizá convenga cuestionarse si no es el pensamiento anarquista o libertario el que recoge muchos de estos planteamientos del liberalismo clásico, dando una respuesta satisfactoria a los problemas que planteaban tanto el liberalismo como el socialismo, maximizando las libertades individuales de las personas, pero también ampliándolas a otros ámbitos y entre toda la sociedad. Esto es una opinión que compartía el anarcosindicalista, Rudolf Rocker, que también argumentaba que el anarquismo era el resultado de la confluencia entre el socialismo y liberalismo.

De todas formas, todavía hay planteamientos del liberalismo clásico que convendría repasar. Es bastante cierto que a día de hoy sigue produciéndose una especie de simbiosis entre las élites políticas y económicas, a menudo en perjuicio del público. Lo podemos ver constantemente en nuestro día a día, ya sea con el problema del oligopolio eléctrico y la falta de competencia, las puertas giratorias o el problema de la vivienda, donde, al final, nuestros gobernantes no se atreven a desafiar a los grandes grupos de presión. Todo ello perjudica enormemente nuestra democracia, causando un gran desconcierto entre el público, ya que desconoce a menudo no solo el origen de la causa, sino a quién debe culpar de la disfunción de la democracia.

Lo mismo puede decirse de lo que se entiende hoy en día como libre comercio, cuando se asocia "libre" con proteger los intereses de los gigantes corporativos. Todo esto Smith lo contemplaba alertando de que "la acción silenciosa e imperceptible del comercio exterior y las manufacturas" beneficiaría a los grandes propietarios que no estarían dispuestos a compartir sus riquezas con nadie, y denunciando que desde siempre "los amos de la humanidad" han querido todo para ellos y nada para el resto.

A día de hoy podemos ver cómo esos amos siguen controlando el mundo, como puede deducirse de la vacunación en el mundo donde las políticas proteccionistas benefician a las élites y se aplican en perjuicio de la población de los países más pobres. No debe sorprender que la izquierda haya hecho suya la causa de liberalizar las patentes, mientras que los que dicen representar al liberalismo han vuelto a justificar la avaricia de las élites económicas, como es el caso de Juan Ramón Rallo que ha sembrado dudas sobre la suspensión de las patentes, llegándolo a calificar de "puro postureo".

Asimismo, a todo lo dicho debe añadirse que la sumisión de los trabajadores y las trabajadoras al poder ilimitado de las tiranías privadas se debe a que se hace a cambio de aceptar un salario esclavo porque desgraciadamente el sistema carece a día de hoy de alternativas. Algo que no pasaba desapercibido por la tradición liberal y libertaria estadounidense, como puede verse en el Partido Republicano en tiempos de Abraham Lincoln cuando se hablaba precisamente de la esclavitud del salario.

Como sagazmente ha señalado la filósofa Elizabeth S. Anderson, no es muy razonable hablar de libertad solo porque el individuo tenga la capacidad de salir de ahí. Anderson ve que lo mismo podría decirse de un dictador como Mussolini, argumentándose que no era un tirano "porque los italianos podían emigrar". Pongamos, por ejemplo, el caso de Madrid y de muchas grandes ciudades donde se pagan alquileres abusivos, ¿es razonable pensar que puede haber libertad si la alternativa para un sector considerable de la población a trabajar y rendirse a estas tiranías consiste en que le echen de su casa?

No obstante, esto no es el único agravio que recibe el individuo. Nuevamente, pensemos en cómo las grandes corporaciones distorsionan el mercado y la competencia en perjuicio no solo del trabajador, sino del consumidor. El consumidor es también el otro gran damnificado, ya que el sistema económico actual es perjudicial para la propia naturaleza del individuo (por recoger elementos del liberalismo y del anarquismo), dado que a través de la publicidad se insta al consumidor no elegir lo que quiera, sino a elegir lo que los grandes centros de poder quieren. Pero aun aceptando como válidas estas necesidades de la sociedad consumista, la sociedad se ve damnificada en su conjunto, ya que la propia distorsión del mercado hace que el consumidor pague más de la cuenta en beneficio de esas élites económicas que, como diría Smith, conspiran constantemente contra el público.

Dicho esto, debe asumirse que la única alternativa real que tenemos pasa por una intervención pública decisiva que ponga el bien común por delante de todas las cosas. Esta intervención se contemplaba ya en la tradición liberal, aunque haya que tomar muy en serio las advertencias de Smith sobre el peligro real de que los gobernantes acaben aliándose con las élites económicas. Es evidente que es un riesgo que siempre hay que tomar cuando se apuesta por la intervención pública, pero que es perfectamente solucionable si el público es capaz de presionar al gobierno para que la economía funcione en favor del bienestar general.

El ejemplo reciente de la subida de la luz es bastante claro ya que se hace urgente, como ha señalado Juan Torres, que el público presione al gobierno. No obstante, las presiones deben ir en la dirección correcta en aras de no comprometer la transición verde. Algo a lo que sí que parecen dispuestos los neoliberales patrios al culpabilizar a las primas a las renovables y a Bruselas sin aportar soluciones viables.

Esto último resume un poco la falta de altura de ciertos pensadores que siguen decididos no solo a apostar por un sistema económico que corrompe la democracia, sino que además compromete nuestro futuro y nuestra existencia. De nuevo, aprovecho la ocasión para hacer una necesaria distinción entre el liberalismo, una filosofía que la izquierda debe reivindicar siempre que pueda (e incluso intentar hacer propia) y otro liberalismo que acostumbramos a ver en los medios de comunicación, al cual propongo llamarlo de otra forma, pues no es más que una ideología con la capacidad de destruirnos y que a día de hoy solo sirve para favorecer a los amos de la humanidad.