Otras miradas

Un camionero vale más que un especulador financiero, y los ingleses ya lo saben

Naiara Davó

Diputada de Unides Podem en Les Corts Valencianes

Una gasolinera BP en Londres, el pasado miércoles. EFE/EPA/NEIL HALL

Las imágenes de colas en las gasolineras británicas para intentar llenar los depósitos de los coches han sido un shock con alto impacto emotivo y político. Desde hace unos años, este tipo de escasez de productos se han asociado a distopías y catástrofes sociales de diversa índole. En la serie francesa Colapso, uno de los capítulos se centra en el conflicto desatado en una gasolinera por el racionamiento del combustible. La escasez del producto emblema del capitalismo tardío activa un imaginario apocalíptico que hace las delicias de los supervivencialistas.

Sin embargo, no estamos ante un desastre climático, ni un apocalipsis zombie, ni un mundo post-guerra nuclear. Lo que ha ocurrido en el Reino Unido ha sido un desajuste brutal entre oferta y demanda de mano de obra. Es decir, no es una catástrofe natural, ni un acontecimiento imprevisible que escapa al control humano. Es un efecto de una forma de regular el sistema en favor de unos pocos y en contra de muchos. En pocas palabras, es el resultado de una forma de hacer política y de intervenir los mercados.

Se calcula que en Europa faltan 400.000 conductores de camiones. Esto se debe, principalmente, a la desregulación total del sector que ha permitido la subcontratación de estos servicios a costes bajísimos. El trabajo de transportista es un trabajo que comporta un altísimo riesgo y muchos sacrificios (días y semanas fuera de casa). La desregulación ha puesto los salarios entre 1.200 y 1.500 euros al mes por este tipo de trabajo. Evidentemente, no compensa.

Me gustaría centrar la reflexión en este punto. Si algo prueba que vivimos en una sociedad injusta y que únicamente persigue el beneficio privado por encima del bien común es justamente la distribución de salarios, rendimientos y beneficios por las actividades económicas consideradas socialmente útiles. Los estudios feministas ya demostraron hace tiempo que las tareas de cuidados, directamente no remuneradas o mal pagadas, generaban un beneficio social incalculable. En la pandemia, ya pudimos vivir en primera persona como toda la sociedad se sostenía gracias al trabajo de cajeras, transportistas, médicas, enfermeras...Y, ahora, con la escasez de mano de obra en el Reino Unido, también podemos observar lo que sucede cuando no se paga como se debe a los que realmente hacen que el sistema funcione.

Parece una obviedad, pero hay que repetirla más veces si hace falta: un especulador financiero, un consejero de Iberdrola o un promotor inmobiliario valen mucho menos que un caminero, una cajera o una cuidadora. La sociedad puede prescindir de los brókers, consultores financieros que viven del humo y otras actividades financieras que reportan muchos rendimientos económicos individuales pero muy pocos beneficios para una sociedad que no hace más que endeudarse. Decíamos, la sociedad puede prescindir de especuladores financieros, pero no puede prescindir de agricultores, reponedores, albañiles o transportistes. Se produce un colapso, los productos no llegan o, directamente, no se crean. Estos trabajadores esenciales suelen ser los peor pagados.

Hay que llevar más lejos el pay them more de Biden. Lo que está pasando y lo que está por venir va mucho más allá de un desajuste en el mercado laboral. Es la expresión más brutal del enriquecimiento de unos pocos a costa del trabajo de las mayorías. Un sistema montado a nivel estructural pero que también incide en lo simbólico y cultural. Poner en valor el trabajo realmente útil, valorarlo y remunerarlo en consecuencia es una cuestión global que va más allá del reparto de recursos. Pasa por otorgarle el prestigio que se merece a trabajos que son considerados sencillos pero que exigen más dedicación, empatía y esfuerzo que ningún otro. Pasa también por dejar de valorar socialmente a los trabajos del mundo de las finanzas, que crean más sufrimiento y más daño que beneficios positivos para el conjunto de un país.

Cuando el paro estaba en máximos históricos, los medios de comunicación se llenaban de gurús neoliberales que se pasaban el día imponiendo el marco de que hay que bajar salarios para ajustar la demanda y la oferta. Ahora que hay escasez de mano de obra, no se observa la misma ofensiva mediática para que los empresarios paguen más a sus trabajadores. Hay un clasismo y un sectarismo en el ámbito económico que siempre responde antes a intereses de las elites que a un análisis riguroso y serio de la realidad.

Falta un Pay Them More y también regular los mercados para corregir sus efectos, no para crear nuevas condiciones de acumulación y que siga la fiesta que nos lleva a un precipicio. Toca luchar por una nueva hegemonía en favor de las fuerzas del trabajo.