Otras miradas

Lucas Hernández, pegar se paga

Lucas Hernández, en una imagen de archivo. - EPA/Lukas Barth-Tuttas/POOL/EFE
Lucas Hernández, en una imagen de archivo. - EPA/Lukas Barth-Tuttas/POOL/EFE

Un futbolista famoso, Lucas Hernández, está a punto de entrar en prisión, el jueves que viene, por saltarse la orden de alejamiento de la que era su novia; ahora, su esposa. Ella tenía otra orden igual, pero todavía no se la habían notificado cuando les pillaron en Barajas, volviendo juntos de su luna de miel en las Bahamas. Sí, se pegaron, se reconciliaron y se casaron y las incógnitas y las preguntas alrededor de este caso son muchas.

¿Por qué él, si su última apelación no sale adelante, entrará en prisión y ella no? Porque él delinquió y ella no tanto y porque él tiene ya dos condenas anteriores por violencia de género. ¿Por qué si se perdonaron, se casaron y son felices y comen perdices viene ahora la Justicia, cuatro años después (los hechos ocurrieron en 2017), a romper lo presuntamente arreglado? La tardanza tiene que ver con los tiempos judiciales, que aquí nunca son rápidos. Los motivos por los que la Justicia no perdona lo que ellos perdonaron son el tema de este artículo.

El grado de violencia de una discusión puede ser subjetivo y cuando hablamos de ese nivel en una pareja se considera un asunto personal, privado, íntimo. El que nunca haya gritado, expresado cólera o exteriorizado agresividad con la suya que tire la primera piedra. El grado de tolerancia con eso es personal e intransferible.

Dicho esto, asumiendo que somos humanos, algunas parejas van más allá y normalizan los gritos y los portazos, los navajazos verbales, las lágrimas y las rabias más o menos contenidas y, siempre y cuando no lleguen al insulto flagrante y/o a golpear o zarandear al otro, la ley lo considera tolerable, parte de los acuerdos tácitos que subyacen en cada unidad de convivencia, por muy censurables y autodestructivos que sean. Todos conocemos parejas enganchadas a las montañas rusas de emociones. Cuanto más gorda es la bronca –más alto el pico–, más desahogan los llantos de después, más apasionada y satisfactoria les resulta la reconciliación, que no es más que la calma chicha entre pico y pico. Un poco más lejos van los que terminan sus discusiones a tortas, los que normalizan la violencia física y la convierten en parte de su relación de pareja, de su día a día y del de su familia.


Hasta hace muy poco la línea divisoria entre lo permisible y lo prohibido no es que fuera difusa, como ahora, es que no estaba definida y, sin esa frontera, todo valía. Las cifras de muertas, los partes médicos en los hospitales y los de los psicólogos y los psiquiatras y la lucha feminista fueron destapando una masacre de género opaca, oculta, más brutal y sangrante que las demás porque es ejecutada por quienes deberían querernos. Se trata de una plaga aún más larga que otras porque engendra y perpetúa amores enfermizos: l@s niñ@s que los maman los mimetizan cuando se hacen adultos, siguen poniendo eslabones en cadenas infinitas de amores destructivos.

Así que, finalmente, la sociedad acordó que pegar no es una opción, es un delito. Nos marcamos esa línea roja. Acordamos que quien pega a su pareja delinque y que, aunque los implicados se perdonen, las condenas hay que cumplirlas, sobretodo, porque es una lacra tan monstruosa, enfermiza y neurótica que en muchos casos es perdonada sin cesar por sus víctimas. De la misma manera que no perdonamos al secuestrador por mucho síndrome de Estocolmo que el secuestrado tenga, con el maltrato pasa lo mismo; por más que la casuística diga que el síndrome de Estocolmo de las maltratadas abre muchísimas puertas que la Justicia intenta cerrar en todos los barrios, pobres y ricos.

El caso del futbolista que esta semana ha vuelto a los medios, por lo que ha trascendido, parece uno de estos. Lucas Hernández tiene dos condenas firmes por violencia de género. A la tercera, si su apelación no prospera, cumplirá la sentencia yendo a prisión. Él y su mujer se perdonaron por aquella noche de 2017 en que acabaron a tortas en la puerta de su casa a altas horas de la madrugada. El parte de lesiones de él dice que presentaba una abrasión en la mejilla y otra en el cuello. Ella tenía un ojo morado, el labio roto y un traumatismo en las costillas. Para él, el fiscal pedía siete meses de prisión; para ella, cuatro por la abrasión y dos más por rayarle con una llave el coche. Finalmente, la sentencia fue salomónica, como suele pasar en estos casos, según me cuentan abogadas especializadas. 31 días de trabajos para la comunidad para cada uno y sendas órdenes de seis meses de alejamiento. Ninguno de los dos cumplió ninguna de las dos penas.

Las abogadas consultadas añaden otras preguntas a la cuestión: ¿dónde queda, en estas sentencias salomónicas, la legítima defensa? ¿Es lo mismo lo que pega una chica delgada que lo que pega un deportista profesional? ¿Se las condena por defenderse? ¿Se las empuja a dejarse pegar?

Y para terminar, 2 cositas de cosecha propia:

– Señor futbolista y esposa, usted y su señora se creyeron por encima del bien y del mal, al margen de la ley, dueños de sus golpes, pero ni ustedes ni nadie lo son. Por mucho que lo consideren amor apasionado, repito: pegar no es una opción, es un delito. En su caso, evitar la pena habría sido tan sencillo como volver en aviones distintos. Reírse así de la Justicia es lo que –previsiblemente– le llevara a prisión y su caso es importante para aclarar a quien no lo tenga claro: la violencia de género no es perdonable por la Justicia, las sentencias hay que cumplirlas.

– Señoras y señores en general, quiéranse como quieran o puedan, querámonos de la mejor manera posible, pero recuerden, recordemos, que no está permitido pegarse y que hacerlo, además de ser probablemente el fracaso personal más espantoso, te puede llevar a prisión seas quien seas.