Otras miradas

La alegría de poder vivir

Ana Bernal-Triviño

Foto de archivo de un padre jugando con su hija en Madrid durante el confinamiento. / EFE
Foto de archivo de un padre jugando con su hija en Madrid durante el confinamiento. / EFE

Dime, ¿qué piensas hacer
con tu única, salvaje, preciosa vida?
Mary Oliver

En estos años me he acordado mucho de mi yaya, como ejemplo. Una persona que siendo una niña escapó de las bombas de la guerra por los montes de Ronda, que tuvo una vida dura, como mujer y como madre, que peleó por ser lo que quería... y a pesar de todo, ella siempre estaba con su sonrisa. Me recordaba a Federico García Lorca, cuando decía: "Hay que vivir con alegría, como un deber". 

Siempre que se acerca el día de los difuntos reflexiono sobre la muerte, supongo que como todo el mundo. Me viene a la memoria el cementerio, los míos que no están, algunas historias... Pero este no es un artículo sobre la muerte sino sobre la vida. Al fin y al cabo, una va unida a la otra. Y deberíamos dejar de tratar a la muerte como un tabú, no silenciarla, sino mostrarla y asumirla.

Esta semana Julia Otero daba la noticia de la recuperación de su cáncer y su mensaje de celebrar cada día que todo nuestro organismo funciona, que las células hacen su trabajo de forma sincronizada sin errores y que podemos respirar y latir. A la vez me acordaba de Pau Donés y de su grito de que vivir es urgente, de que vivamos el "ya" con la mayor intensidad posible. 

El día de los difuntos me ancla a la vida. Tomar conciencia de que de aquí no se escapa nadie. De que todos, con más o menos dinero, o títulos o premios o patrimonio, estaremos un día en ese nicho o en esa urna de cenizas. Insisto que esto no es un artículo de tristeza sino de tomar conciencia de la muerte para saber aprovechar la vida. 

No sé si tuve la fortuna de aprender muy pronto el carpe diem de mano de mi tía. Intenté aplicarlo lo mejor que pude. Aún a regañadientes, porque soy consciente de que perdí momentos por el camino que no recuperaré. Luego, cuando se toca fondo, aprendí que ese carpe diem estaba en todo aquello que no se podía comprar, en la naturaleza o en lo cotidiano. Esto tampoco es un artículo de autoayuda, que detesto. Cuando la vida es complicada, cuando no te atienden bien si enfermas, si no tienes trabajo o peligra tu casa, esos mensajes sobran. No poder vivir es una forma de morir. Garantizar derechos es vida.

Luego, cuando pude remontar el vuelo, aquel carpe diem que aprendí me hacía aprovechar la mínima oportunidad. No haré aquí un resumen de las lecciones que la enfermedad o la cercanía de la muerte me ha dejado. Todos las tenemos. Pero de todas aquellas lecciones, aprendí. Y me sirvieron para afrontar este confinamiento y valorar antes aquello que la gente empezó a descubrir. En cualquier caso, creo que el confinamiento fue una especie de ralentización de la vida, una muerte latente de deseos y una fragilidad rotunda, aceptar que no somos invencibles. Asumir que somos vulnerables te hace ser consciente de que estamos de paso. 

Hace unos días me emocioné porque esa vida congelada o paralizada en la pandemia renace. O, al menos, yo así lo veo. Esa noche andaba por Sevilla. Era uno de los primeros puentes festivos que disfrutamos tras la parte más cruda de la pandemia. Y justo me emocioné por ver la vida fluir, la gente despreocupada, el grupo que pasaba riendo a carcajadas, la anciana que miraba la luna cogida del brazo de su hija, la bicicleta que pasaba por la esquina donde una pareja se abrazaba, la amiga que descansaba su cabeza en el hombro de otra en los escalones al lado de la Giralda, la hoja de otoño que cayó ante mí... Todas aquellas calles que parecían muertas, ahora tienen pulso. Y todas aquellas vidas ausentes durante meses ahora laten. No creo que nos hayamos vuelto mejores. Y quizás es así porque la vida está compuesta de lo bueno y lo malo. Yo tengo la sensación de que la vida es cada vez más ingrata para más gente, con más incertidumbre. Y ante esto creo que solo aquello que podamos palpar y tener seguro es el ancla donde sostenernos.

Pensar en la muerte estos días me lleva a pensar también en cómo quiero vivir. Después de haber tocado fondo, de resurgir, de una pandemia y sabiendo que en cualquier momento ese pasado duro regresará, a veces hago una pausa para decidir cómo. Pienso siempre a largo plazo, en que si me despierto en diez o veinte años pueda decir: esta es la vida que quería. En que si me viene la muerte, me vaya con la sensación de haber aprovechado todo lo que pude, que haya tachado todo lo posible de mi lista de "pendientes" y de que hice bien a alguna persona. No pido más. Así que, a veces, me rebelo si la vida se tuerce pero, otras, acepto. Ahora sé que no se puede entender la pequeña felicidad si no se acepta lo malo. Que si hay cosas que al final no salen, quizás hay otro camino o llegue más tarde. Pero sobre todo que, aunque nos pongan piedras por el camino, nadie nos quite el aliento ni las ganas de vivir, aunque sea duro. Porque en el viaje de la vida solo hay billete de ida, pero no de vuelta. Vivamos, con todo. Y punto.