Otras miradas

De nostalgias y memoria en el día de los muertos

Noelia Adánez

En este día de los muertos constato, una vez más, que pensar en la muerte no me afecta de una manera existencial. Acostumbrada como estoy a mirar al pasado -un tiempo lleno de muertos, si me permitís la perogrullada- no me resulta ni penoso ni agobiante imaginar un futuro en el que ni yo ni vosotros que me leéis estaremos vivos. Mi muerte -por decirlo de alguna manera- no me interesa y, sin embargo, pensar en mis muertos me provoca una importante inquietud política. Me explico.

Fuera del presente -el tiempo de los vivos- todo es incomodidad. El pasado nos desafía continuamente. Si volvemos sobre él a través de la historia es porque nos alcanza a cada momento. Aunque historiadores e historiadoras hagan muy bien su trabajo, aunque revisen y actualicen sus marcos interpretativos, abran nuevas vías de investigación y análisis, diversifiquen enfoques y rompan silencios, el relato histórico está abocado a su permanente reconsideración, así como lo está a dialogar con la memoria. No porque lo sostenido acerca del pasado no sea verdad, no porque la historia siempre se escriba desde la parcialidad e incluso la maledicencia; ambas cosas pueden suceder, pero eso no quiere decir que pasen siempre. Sino porque hay un momento en el que lo dicho, lo sabido, perderá indefectiblemente relevancia e interés para el presente.

Solo está vivo lo que se transforma. La historia es una disciplina viva, en transformación permanente, y el pasado es una concatenación de experiencias y circunstancias, de sujetos y procesos amalgamados en un cristal de tiempo. Perdonad la fuga. Lo explica mucho mejor Walter Benjamin, quien en su tesis VI «Sobre el concepto de historia» escribe: "Articular históricamente lo pasado no significa «conocerlo como verdaderamente ha sido». Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro. (…)". *

Las sociedades se transforman a golpe de instantes de peligro; conforme lo hacen las subjetividades de quienes las integramos. Expectativas nuevas y nuevos regímenes de verdad se imponen; nuevos sujetos y nuevas formas de organización y convivencia se acuerdan. Es inútil sentir nostalgia; no hay sentimiento más paralizante y más cercenador de las conciencias. No hay una actitud más antipolítica que la nostálgica. Manuel Vázquez Montalbán dijo que la nostalgia es la censura de la memoria. Y aquí, precisamente, quería llegar yo.

En España hay pendiente un deber de memoria radicalmente incompatible con los discursos de quienes tratando de dar salida a su ansiedad social -en unos casos menos legítima que en otros- nos proponen regresar a un lugar en el que no caben aquellos a quienes Benjamin llamaría los vencidos de la historia. Invaden la esfera pública discursos plagados de nostalgia de un mundo de relaciones estables, de personas que "se sabe lo que son" sin engorrosas identidades de por medio, de clases sociales monolíticas, de lucha dialéctica, o de un orden autoritario reglamentado por actores quintaesencialmente nostálgicos cuyo comportamiento tanto dista de su prédica, ataviados con sotana y armados de superchería represora; un mundo en el que no hay lugar para la heterogeneidad ni para la heterodoxia, un mundo desvitalizado porque no acepta que todo lo que es posible, existe, un mundo creado por y para los vencedores. En la misma tesis VI, Benjamin escribe: "El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer".

No, ahí no caben mis muertos, a quienes reclamo como los disidentes de ese orden imaginario expurgado de memoria, pleno de censuras: los vencidos de nuestra historia reciente, entre quienes se encuentra mi bisabuelo Juan Ramón Díaz, que esperan todavía justicia y reparación. Los que sufrieron cárcel y todo género de represión, los que continúan en las cunetas, las víctimas de la guerra de España y del franquismo y de las fallas y los errores de una transición democrática incompleta. Hay un expurgo del pasado en una historia sin memoria democrática: ahí hay una censura, un silencio, un olvido, una negación de sufrimiento que es una reiteración del trauma. No es tarde para mejorar el Proyecto de Ley de Memoria Democrática que se ha debatido estos días. Tenemos un deber de memoria con los vivos que les permita honrar a sus muertos. Y tenemos la obligación de dar voz a las víctimas a pesar del ruido de los negacionistas, vencedores inclementes y airados de la historia, enemigos.

*Reyes Mate, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin «Sobre el concepto de historia», Trotta, 2006