Otras miradas

El tiempo en precariedad ¿cuánto dura?

Julia García

Responsable de Ciudadanía de Oxfam Intermón

Universitarios.- Pixabay

Estamos mal, pero vamos a peor. España tiene el dudoso privilegio de ser el país de la Unión Europea donde más se ha disparado la pobreza juvenil en los últimos años. Una de las tremendas cifras: una de cada tres personas trabajadoras de menos de 35 años está en pobreza laboral. Una de las principales causas de esta precariedad es una temporalidad desproporcionada que afecta, en lo que va de año, a nueve de cada diez jóvenes en nuestro país.

Aída, una joven de 32 años, ya en el límite de dejar de serlo, pone voz, entre miles, a una realidad de asfixia generacional: "estamos ahogados y se nos pide más esfuerzo, y no se puede. Nos están pidiendo que tiremos de un carro y las ruedas son cuadradas". Sobrevive con varios trabajos temporales mientras se prepara unas oposiciones a la administración pública. Estudió periodismo, y es una buena locutora de la radio, pero ha desistido después de estar la mitad de su vida laboral en paro y la otra mitad con contratos temporales, algunos de un día de duración.

Resulta obsceno escuchar algunos de los argumentos que circulan en torno a la reforma laboral y que ponen el foco en las dificultades que encuentran las empresas para contratar trabajadores cualificados y no en la precariedad, culpabilizando a quien padece las consecuencias de los malos empleos. La educación pública de calidad es un derecho, no un requisito para obtener un trabajo digno, que es otro derecho fundamental.

También está quien apela a la disyuntiva entre calidad o cantidad. Si nos sentamos en una mesa con diez jóvenes trabajadores menores de 25 años, según las estadísticas, cuatro estarán en paro, y de los seis restantes, cinco tendrán un contrato temporal. Seguir insistiendo en que abaratar los costes empresariales a costa de devaluar la calidad del trabajo va a crear empleo, resulta igualmente cuestionable.

En el último análisis realizado en Oxfam Intermón señalamos la constante justificación de la cultura de la temporalidad en España con las que se aplican políticas que lejos de reducir la precariedad, ha dejado precariedad para todas. Con la equiparación de las condiciones de despido entre un contrato temporal y uno indefinido, algo más de una de cada tres personas con contrato fijo a tiempo completo es despedida antes de cumplir 12 meses en ese empleo (en 2013 era una de cada cuatro).

Pero quizás, la consigna que más titulares acapara es la necesidad de flexibilidad de las empresas para adaptarse a la incertidumbre de la actividad productiva. Sin embargo, para adaptar los costes laborales a una bajada de la demanda, las empresas cuentan con los despidos objetivos cuyo coste ya difiere poco de los contratos temporales (8 días por año trabajado). La relación entre el trabajador y el empleador es, por naturaleza, desigual.  Aumentar la capacidad de las empresas para tomar decisiones de manera unilateral y sin contrapesos de regulación, no es flexibilidad, si no desregulación.

Entre tanto, hay una generación trabajando en grandes almacenes con un cronómetro que mide la productividad mientras susurra "eres prescindible". Y al terminar, las conversaciones de viernes tarde -casi noche porque ha tocado hacer horas extra no pagadas– siguen girando en torno a alquileres desorbitados en pisos compartidos, debates sobre si endeudarte o no para hacer ese máster carísimo que te promete (sin garantías) un trabajo mejor, enfado con anuncios de congelación de óvulos a 3.000 euros la entrada cuando tu problema es que no tienes ingresos dignos que te permitan plantearte tener hijos. Y todo ello, a pesar de encajar varios trabajos simultáneos, y el propio trabajo de buscar trabajo.

Se están negociando las reglas que marcarán las relaciones laborales de los próximos años, incluso décadas. Pero lo que verdaderamente está en juego es el modelo de país que seremos. La generación que nacimos entre 1986 y 2002, la que llaman la más preparada, somos también la más precaria y, por consiguiente, en la que más ha crecido la desigualdad. Si no se da un giro de volante apresurado, estas desigualdades amenazan con cronificarse. Ahora más que nunca es el momento de tomar decisiones valientes.