Otras miradas

Miles de personas dormirán hoy con hambre y frío en los refugios gestionados por Grecia

Synelefsi

Grupo de organizaciones, observadores y analistas, expertos en migraciones

Un hombre se sienta en el campo de refugiados de Lagadikia, a unos 40 km al norte de Salónica.- AFP

En el Día Internacional de los Derechos Humanos que celebramos este viernes, al menos 10.000 hombres, mujeres y niños que viven en los campos de refugiados gestionados por el Gobierno griego alcanzarán la cifra de 71 días, más de dos meses, sin acceso a dinero ni alimentos. Aunque las pequeñas organizaciones humanitarias hacen todo lo que pueden, la mayoría, si no todos, se irán esta noche a la cama con hambre. Incluso aquellos que tengan una cama en la que dormir.

Conforme avanza el invierno, estas personas, cada vez más desesperadas, temen por sus vidas y por su futuro, mientras que los ciudadanos griegos que vieron aumentar sus ingresos y su empleo gracias al dinero que estas personas recibían y gastaban, afrontan ahora una seria amenaza económica.

"Resulta frustrante que los abogados y los tribunales digan que nos creen, que saben que estamos en dificultades, que no podemos regresar a casa, pero que, sin embargo, nos nieguen el derecho de asilo", dice Bial Shukri, de 39 años de edad, ciudadano kurdo iraquí de Mosul. En 2014 huyó, como muchos otros, cuando el Estado Islámico entró en su ciudad y empezó a asesinar a los ciudadanos kurdos.

Bial Shukri

Bial viajó hacia el norte y se estableció en un pequeño pueblo cercado a la frontera de Irak con Turquía, donde conoció y contrajo matrimonio con su esposa y tuvo una hija que ahora tiene cinco años. En 2019 se vio expulsado de su hogar por un conflicto entre facciones kurdas, cada una de las cuales pensaba que él pertenecía a la otra. "Fui capturado en tres ocasiones por diferentes grupos armados. Yo no estaba en ninguno de ellos", relata. "Pero eso significaba que cada uno de ellos sospechaba que estaba implicado con los otros. Entonces empezaron a amenazarme y a atacar mi casa. Rompieron mis ventanas. Estábamos aterrorizados y pensábamos que nos matarían. Teníamos que huir", prosigue.

La joven familia de Bilal llegó en febrero de 2020 hasta el asentamiento de Lagadikia, un campo de refugiados que limita con el pequeño pueblo del nordeste de Grecia que tiene el mismo nombre. Como no han sido registrados como refugiados, se vieron forzados a dormir en una tienda de campaña.

Casi dos años más tarde, aún siguen allí. Pero las cosas se han vuelto mucho más difíciles para él. Bilal, su hija y su esposa embarazada han visto sus peticiones de asilo rechazadas en dos ocasiones por el Gobierno griego, y como consecuencia de ello no tienen derecho a comida, dinero ni otros servicios, incluido el alojamiento.

"Había 90 familias viviendo en este campamento cuando yo llegué. Ochenta recibieron un documento de identidad. Nosotros tuvimos una respuesta negativa. Eso nos obliga a vivir en una tienda de campaña en el campamento. Tenemos una hija de cinco años. Y cuando nos despertamos por la mañana, no se nos permite permanecer en el campamento. Cada día nos dicen que tenemos que irnos. No tenemos comida, ni dinero, ni ningún lugar al que poder ir", explica Bilal.

La situación de esta familia no es inusual. Algunos cambios en la legislación griega que entraron en vigor en el mes de septiembre han hecho que desde el pasado mes de octubre, en torno al 60% de los hombres, mujeres y niños que residen en los campos de refugiados controlados por el Gobierno de este país –unos 11.800, de un total estimado de 19.600 solo en los campos de la península– han sido despojados de cualquier ayuda financiera o de otro tipo. Tampoco pueden trabajar, porque oficialmente están fuera del sistema fiscal y de seguridad social griego.

Todo esto resulta especialmente duro en un día como hoy, 10 de diciembre de 2021, Día Internacional de los Derechos Humanos, que marca el 73 aniversario de la adopción de la Declaración Universal de Derechos Humanos. El Artículo 25 de dicha Declaración establece que "todas las personas tienen derecho a un estándar de vida adecuado para la salud y el bienestar de si mismo y de su familia, incluyendo el acceso a comida, ropa, alojamiento y atención médica, así como los servicios sociales necesarios".

Organizaciones de ayuda humanitaria como IHA, que gestiona un centro comunitario con espacio para niños pequeños en el que se ofrecen clases de lengua y de otras materias, cafés vespertinos, y se distribuye comida y otros bienes a la población de Lagadikia, están intentando cubrir las necesidades más básicas de estas personas. Pero el alcance de lo que pueden hacer está fuertemente limitado por su tamaño.

Laira Phylactou-Bastow, Coordinadora de Proyectos de IHA, explica: "Hemos distribuido comida cada semana, porque las necesidades más básicas de estas personas no están cubiertas. Hoy estamos repartiendo coliflor, aceite de girasol, guisantes, judías, leche y harina para 95 personas". "Antes, quienes tenían más dificultades eran aquellos que no tenían permitido permanecer en el campamento, pero tampoco podían volver ‘a casa’ en sus países. Tampoco se les permite tener acceso a los servicios del campamento, porque se les ha denegado el derecho de asilo. Pero ahora también necesitan ayuda aquellos que sí han recibido asilo".

Centro comunitario gestionado por IHA

Quienes han recibido asilo ahora solo reciben ayuda hasta un día después de que se les otorgue dicho derecho de asilo. Esto no solo es un tiempo insuficiente para que puedan integrarse en el sistema griego, encontrar un nuevo alojamiento y un empleo para poder pagarlo, sino que además han de esperar, a menudo durante varios meses, a recibir el nuevo documento de identidad que necesitan para trabajar, abrir una cuenta bancaria o probar su estatus para poder encontrar un hogar.

Para complicar aún más la situación, el 1 de octubre de 2021 el Gobierno griego tomó el control del programa ESTIA, iniciativa mediante la cual hombres, mujeres y niños recibían dinero en efectivo, enviado por la Unión Europea, para financiar la alimentación y otros bienes esenciales como jabón, pasta de dientes, artículos de higiene y productos para bebés. La falta de preparación del Gobierno para realizar adecuadamente estos pagos ha hecho que, en lugar de ello, solo se les entregue comida precocinada. Esta ha sido la situación durante 71 días.

También aquí la organización IHA, al igual que otras pequeñas organizaciones a lo largo y ancho de Grecia, está trabajando duramente para poder compensar estas carencias. "Siempre hemos distribuido pañales para bebés de 0 a 3 años, pero ahora también estamos distribuyendo artículos de higiene para todas las personas, en respuesta a los problemas del programa para distribución de dinero en efectivo. Antes eran solo para quienes no recibían este dinero pero ahora, como nadie lo está recibiendo, distribuimos para todo el mundo", explica Phylactou-Bastow.

Para Bilal, sin embargo, los servicios que provee IHA son bienvenidos, pero están muy lejos de ser la solución a sus problemas. "En el campamento, algunas familias reciben comida, y si tienen más de la que pueden comer, nos la ofrecen. IHA reparte algunas cosas, y eso es bueno. Cuando esto ocurre, tenemos comida suficiente. A menudo tenemos hambre, pero no todos los días. El mayor problema es sin embargo que hace muchísimo frío. Estamos yo, mi hija y mi mujer. Mi esposa está embarazada, y hace muchísimo frío. Pero ya he recibido dos respuestas negativas (a la petición de asilo), así que no puedo hacer nada para resolverlo", señala. "Hace tanto frío aquí y el campamento está vacío. Hay 40 contenedores en los que no vive nadie. He preguntado si puedo ocupar uno con mi familia, y el director del campamento ha dicho que no. Dice que si yo ocupo uno vendrá gente desde Alemania y Suiza para ocupar otros. Pero un tribunal reconoció que venimos de un lugar peligroso y que no podemos regresar a Iraq. Que moriría allí", denuncia.

Durante el día, la joven familia de Bilal tampoco puede entrar en calor. "No se nos permite entrar en el Centro Comunitario porque solo tengo una vacuna frente a la covid-19 y mi mujer también. Recibimos la primera, pero luego nos llegó el segundo rechazo a la petición de asilo y se nos retiró del sistema. Así que cuando fuimos a recibir la segunda inyección no pudimos hacerlo, porque ya no existimos aquí. Esto significa que no puedo entrar en los edificios porque no tengo la secuencia completa de la vacuna. Es decir que los domingos, cuando se organiza el espacio para mujeres de IHA, mi mujer no puede entrar. Siempre estamos con frío".

Bilal tampoco puede ir a ningún otro lugar. "No tengo documento de identidad", explica. "Sin él, no puedo conseguir un trabajo, abrir una cuenta de banco, alquilar un alojamiento. Todo lo que quiero es un empleo, ganar dinero y poder sostener a mi familia. Quiero que mis hijos – mi hija y mi futuro hijo – puedan ir al colegio. Quiero un trabajo. Quiero un trabajo. Pero es imposible. Es invierno. Ni siquiera podemos entrar en un edificio para calentarnos después de dormir en la tienda de campaña".

En el pueblo de Lagadikia, los ciudadanos griegos también afrontan dificultades porque ninguna de las personas refugiadas en los campamentos están recibiendo dinero del programa ESTIA desde hace 71 días.

Valentina Zigiridou, directora de la tienda general del Mercado Loutras, explica: "Lo cierto es que la instalación de campo aquí hizo que llegase dinero. Estamos mucho mejor. Viene gente de los campos y compra las cosas que necesita y que quiere. Tenemos muchos clientes que vienen y se han convertido en una gran fuente de ingresos". "Para la gente de aquí también, porque vemos cómo compran y empiezan a gustarles productos que al principio compramos porque le gustaban a los refugiados. Y esto a beneficiado a todo el mundo en muchas otras cosas. Teníamos tres tiendas: esta, una en Vagiochori y otra en Loutra Volvi (donde están instalados otros campos de refugiados cercanos). Tiendas que empleaban a personas. Gente que tenía empleo gracias a los refugiados, y el dinero que estaban gastando allí.

"También hemos visto cómo la población local compraba y le gustaban los productos que al principio comprábamos porque le gustaba a los refugiados. Y esto ha beneficiado a todos un muchos sentidos. Teníamos tres tiendas, ésta, una en Vagiochori beneficiado a todos de muchas otras formas. Teníamos tres tiendas, esta, una en Vagiochori y otra en Loutra Volvi (donde operaban otros dos campos de refugiados cercanos). Daban empleo a la gente. Las personas tenía trabajo gracias a los refugiados y al dinero que se gastaban aquí.

"Las familias estaban gastando 100 euros en las cosas que necesitaban. Pero ahora no pueden hacerlo. Están mirando si pueden comprar huevos de uno en uno, porque no pueden permitirse comprarlos". "En lugar de comprar cosas, la gente viene preguntando si pueden quedarse lo que vamos a tirar. Te rompe el corazón porque es muy duro para ellos pedirlo. Ellos venían y compraban cosas y ayudaban a toda la economía".

"Ciertamente han supuesto un cambio para nosotros. No solo económicamente, sino también en otros términos. Íbamos a irnos todos de Grecia. No queríamos hacerlo, pero estábamos en una situación muy mala. Sin embargo teníamos esta tienda abierta justo antes de que instalasen el campo y eso supuso una gran diferencia para nosotros. Seguimos aquí, damos trabajo a otras personas, compramos productos locales y parte de la buena marcha de nuestra tienda es gracias a los refugiados".

En el Día Internacional de los Derechos Humanos es razonable preguntar qué soluciones hay para dar respuesta a las dificultades y la angustia de estas familias, para ayudarles a vivir, a aprender, a trabajar y a contribuir a su propio bienestar y éxito, y al de todos los demás.