Otras miradas

Me pido querer ser española

Marta Nebot

Ayuso, en una imagen de archivo. EFE

Como la semana pasada lloré, ésta me propongo reírme aunque la risa que me sale da grima.

Mi columna anterior contaba que estaba encerrada en Madrid esperando el resultado de una prueba de covid que no llegaba. Llegó y era negativa. Así que estuve cinco días presa para nada; sin trabajar ni cobrar, sin paseo, sin abrazo de mi hijo, sin vis a vis, sin atención médica, sola–sola. La cada día más grande cárcel de aislamiento de Ayuso me encarceló en nombre de su libertad de mantener a la atención primaria en cuadro –como estaba, está y estará, a menos que alguien lo remedie-. Porque Ayuso puede hacerlo y lo hace sin sonrojarse, aunque eso termine con las libertades más básicas de cualquiera que tenga un catarro y sea responsable. Si el estado de alarma fue inconstitucional y nos encerrábamos en familia ante una escasez mundial, ¿qué será que te obliguen a aislarte solo en un cuarto por falta de manos en la atención primaria? Poco se habla de las cárceles covid de Ayuso, poco se habla de lo que en Madrid está volviendo a pasar, poco se dice que es imperdonable y que este nuevo colapso volverá a costar vidas.

La semana anterior estuve tres días encerrada, esperando a que alguien de la seguridad social me llamara; ésta, decidí que no podía hacerle a mi hijo de once años esa putada y, después de comprobar que la cita solicitada por la aplicación pertinente era para tres semanas después (el 10 de enero), me planté en la puerta de mi centro de salud y entré a pesar del cartel enorme que decía que no entrara, que pidiera cita por la aplicación que me acababa de mandar a la nada.

Pedí a Pequeño que me esperara fuera. Le conté a quien estaba en la ventanilla, desde más de dos metros de distancia, que venía con un niño con síntomas y que la aplicación me daba cita para cuando ya no valía. Una médica que no era la nuestra nos atendió aunque no tenía porqué, a pesar de decirnos que no debíamos estar allí, que llevaba todo el día viendo a desesperados sospechosos y que eso nos ponía a todos los que pasábamos por esa consulta en peligro. Le expliqué la situación y ya no supo qué decir. Se puso su pantalla protectora y examinó a Pequeño, como si el covid no pudiera alcanzarla. Después, nos consiguió una prueba para el día siguiente, teniendo en cuenta lo que vio y los contagiados que nos acechan.

Pequeño dio positivo como su padre y su novia antes. Llevaba con ellos varios días cuando los tres presentaron síntomas. Están encerrados en su casa con fiebres altas. Las videollamadas nos acercan y nos hacen más llevadera la distancia en estas fechas señaladas. Cenaron por Navidad huevos fritos con patatas. Mi novio y yo cenamos tortilla española. Mis padres lo mismo en su casa, más asustados y sin descongelar la merluza prevista. Durmieron con su nieto hace una semana. Mi padre, aunque lleva tres dosis de la vacuna, está inmunodeprimido después de una medicación fuerte tras una intervención quirúrgica.

Y en medio de la digestión de tanta incertidumbre, el Rey nos volvió a hablar para nuevamente no decir nada. Como Pedro Sánchez, pocos días antes, que nos dijo que no estamos como estábamos, que muere menos gente, que menos van al hospital. Y sé que todo eso es cierto y que volver a permitir contratar a sanitarios jubilados y prejubilados y médicos extracomunitarios puede ayudar a descolapsar la atención primaria. Sin embargo, en tierras de Ayuso eso es lo mismo que nada. Su presupuesto para atención primaria para este año es inferior al ejecutado el pasado y el anterior y sus declaraciones no pronostican ningún incremento de esa partida.

Así que, presidente: ¿Por qué no dejan de posponer la Ley del Paciente? ¿Por qué no tenemos ya la ley de Residencias? ¿Por qué no se ha impuesto una ratio de médicos y enfermeras por habitante y de cuidadores por nuestros mayores? ¿Por qué permite, sin batalla, que esto vuelva a pasar? ¿No ve que la desigualdad sanitaria es el maná de la ultraderecha? ¿No se da cuenta de que ayusear no soluciona nada? ¿Por qué, habiendo dinero, no obliga a garantizar la atención más básica? Presidente, ¿no es usted consciente de la desafección política tan brutal que esta repetición de la jugada entraña?

Una de las pocas cosas que puedo decir con orgullo es que tengo amigos por toda España. Los asturianos estos días me cuentan que les hacen una PCR ante la duda y les dan el resultado en cuatro horas. Por eso esta semana por Navidad vuelvo a querer ser asturiana, pero para el año que viene me pido querer ser española, es decir, me pido una atención primaria de calidad para toda España; una, grande y libre y para ya.