Otras miradas

Broncano y 'La Resistencia' aciertan: convencer es mejor que cancelar

Naiara Davó

Diputada en les Corts Valencianes por Unides Podem

David Broncano, presentador de 'La Resistencia', junto al cantante Marc Seguí.

El polémico cantante Marc Seguí acudió el martes pasado como invitado a La Resistencia. Cuando se hizo el anuncio de la entrevista, una legión de twitteros se lanzó como una manada sobre Broncano rescatando unos intolerables tweets machistas y homófobos que el invitado escribió hace cinco años. Esta exaltada reacción en las redes provocó que el presentador se tuviera que plantear la suspensión del programa, ante el miedo a ser considerado un colaborador, un cómplice, de mensajes inaceptables.

Si hubiese hecho caso a la policía moral de las redes sociales, no hubiésemos podido ser testigos de una victoria cultural y política: el reconocimiento, por parte de Seguí, de su error al escribir aquellos tweets. Broncano acertó escogiendo la vía del diálogo en abierto y la rectificación para avanzar frente a aquellos que prefieren la quema de brujas en las plazas públicas.

La censura y la cancelación es algo que las personas de izquierdas y feministas conocemos de primera mano. De hecho, quienes han sufrido en los últimos tiempos una censura de verdad son cantantes como Pablo Hasel, que está en la cárcel por las letras de una canción o un grupo como Los Chikos del Maíz, a los que el ayuntamiento de Sevilla gobernado por el PP les prohibió un concierto en 2012. Por no recordar la condena del Tribunal Supremo contra Strawberry (cantante de Def con Dos) en 2017, anulada en 2020 por el Tribunal Constitucional, o las famosas multas contra la revista El Jueves por sus caricaturas de la Casa Real.

Cuando los privilegiados se ofenden, descargan todo su poder contra las personas que hicieron esa ofensa (multas, condenas judiciales, cárcel). Hemos visto demasiadas veces al sistema jurídico emitir fallos que responde antes a esos intereses que a los de la mayoría. De la misma manera que eso es inaceptable, también debemos decir que lo es el intento de censura, más humilde y menos basto, que cierta izquierda pretende ejercer contra las personas que no opinan cien por cien como ella. Esos aquelarres en las redes sociales empiezan a ser preocupantes. Parece que a veces se heredan los peores vicios del poder, uno de ellos es la ofensa cuando alguien expresa una opinión contraria a la propia.

Durante muchos siglos, la enunciación de las mujeres, de los negros o de los humildes era, en sí misma, una provocación para los estamentos de poder. La burla, el desprecio o el silenciamiento de ciertas opiniones por quién las decía fue una constante hasta bien entrado el siglo XX.

Sin embargo, nosotras no podemos reproducir esa forma de entender el debate público. La democracia democratiza, y la libertad, como sentenció Rosa Luxemburgo, siempre es la libertad del que piensa diferente. Una cultura cívica y defensora de los derechos humanos sabe que más diálogo, más ideas y más democracia siempre es mejor que el autoritarismo, la censura o la tiranía. Esa cultura, además, educa y socializa en valores que expanden y asientan todavía más esos derechos.

Estar convencida de las ideas propias es estar convencida de que estas ideas pueden someterse a un debate público y que serán capaces de ganar y convencer al resto de interlocutores. Los que censuraban en el pasado, lo hacían porque sabían que su poder era ilegítimo y que si una idea democrática se difundía podía prender la mecha de la revolución popular, poniendo en riesgo su estatus y su propio poder. Ahora, la cancelación, en muchas ocasiones, supone una falta de confianza ante la capacidad de penetración de las convicciones propias.

Tenemos que estar seguras de que las ideas en torno a la defensa de los derechos de todas, de los derechos humanos, son mejores que las de la derecha reaccionaria. Y que tienen mucha más capacidad de convencer. Si Broncano hubiera cedido a las presiones de las redes sociales, nos hubiese privado de una rectificación que vale más que mil tweets muy indignados que no tienen ningún efecto sobre la posibilidad de que las ideas propias avancen y se conviertan en hegemónicas. La tarea que tenemos por delante es seguir defendiendo el debate público en igualdad y no alimentar hogueras ni linchamientos públicos sino combatir las propuestas inaceptables con más audacia e inteligencia que ellos. De otra manera, corremos el riesgo de que los monstruos del pasado vuelvan con más fuerza por culpa de nuestra propia inoperancia.