Opinion · Otras miradas

Una lata de guerra condensada. La pésima pedagogía de Pérez Reverte

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos

Sebastiaan Faber
Profesor de Estudios Hispánicos

¿A cuántas palabras se puede reducir un evento histórico? Arturo Pérez-Reverte nos narra la Guerra Civil Española en 31 capítulos breves, menos de 3.500 palabras en total. Su nuevo libro, ilustrado por Fernando Vicente, es una hazaña de la economía verbal. También es loable en su voluntad didáctica. Le permitirá a cualquier joven español familiarizarse con el tema en cosa de media hora, al mismo tiempo que le ayudará a situar las vagas nociones que sin duda le produce la mención de la Guerra —escenas de películas, historias de la abuela, una lámina de un libro de texto, un videojuego— en una estructura narrativa y cronológica claramente definida.

Y sin embargo el libro es casi inútil. El problema no es que Pérez Reverte no sea historiador. El problema es que, como pedagogo, es pésimo. En su prólogo dice pretender que se “[recuerde] cómo ocurrió” la guerra, “[p]ara evitar que tan desoladora tragedia vuelva a repetirse nunca” ya que “de aquella desgracia podrán extraerse conclusiones útiles sobre la paz y la convivencia que jamás se deben perder. Lecciones terribles que nunca debemos olvidar”. Clichés aparte, la triste verdad es que su libro no conduce a ninguna comprensión propiamente histórica de la guerra. Por tanto, no permite sacar tampoco ninguna “lección” medianamente traducible al presente. De hecho, el libro de Pérez Reverte hace todo lo posible por impedir que un joven lector piense la Guerra Civil históricamente.

Como nos recordaba hace poco Joan Ramon Resina, es peligroso confundir historia y realidad. La historia es una estructura narrativa que da sentido al pasado hilando una serie determinada de eventos, seleccionados entre muchos eventos posibles. Por tanto no hay historia que no refleje una ideología arraigada en el presente del historiador. ¿Cuál es la ideología de Pérez-Reverte y Vicente? Aquí son clave dos elementos: el qué y el cómo. Primero, los hechos que deciden narrar y los que deciden callar. Y segundo, el lugar que asignan a esos hechos en el relato: el valor que les dan.

A primera vista, el relato condensado queda bastante completo. Están los años de la República, el impacto de las grandes ideologías, la sublevación y los primeros meses de violencia, las batallas más importantes, el bombardeo de Guernica, la participación internacional, el enfrentamiento entre Unamuno y Millán-Astray, el asesinato de Lorca, la mujer como víctima por antonomasia de la guerra. Eso sí, como ha señalado David Becerra, Pérez-Reverte deja casi sin mencionar los logros y las reformas de la República, como la creación de una amplia red de escuelas seculares o la introducción del voto femenino. Tampoco toca el tema de la revolución social: las colectivizaciones de fábricas y campos. La ausencia más escandalosa, sin embargo, es el papel central que tuvo la Iglesia en la guerra y sus causas. Curiosamente, el libro no menciona ni el carácter enfáticamente religioso de la “Cruzada” de Franco, ni el apoyo que recibió del Vaticano y de la jerarquía católica. El que sí mencione la violencia anticlerical en zona republicana hace que el relato se quede cojo.

Por otro lado sí están el exilio, la participación española en la resistencia antinazi y la guerrilla antifranquista. Sobre la violencia en ambos territorios escribe: “Mientras en la zona gubernamental esta barbarie era, en buena parte, fruto del desorden y obra de elementos incontrolados, en la zona rebelde los asesinatos eran tolerados y hasta organizados por los mandos militares, a fin de eliminar toda resistencia y amedrentar a la población”. También la caracterización del régimen franquista es bastante precisa: menciona la “represión despiadada y sistemática, con innumerables consejos de guerra, encarcelamientos y condenas a muerte”. El régimen, escribe, “convertido en una férrea dictadura que iba a durar cuarenta años, procuró aplastar cualquier resto de libertad y democracia”. No hay mención de pantanos, ni se agradece a Franco la astucia de haber salvado a España de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Nada de revisionismo a lo Pío Moa, pues, pace Becerra. Ni tampoco cabe asociar a Pérez-Reverte con el dudoso campo de los Stanley Payne, Luis Suárez o Jesús Palacios, empeñados en edulcorar la imagen del dictador.

Y sin embargo, llama la atención la falta de explicación de los hechos. La descripción de los años republicanos se concentra en la falta de “estabilidad”, causada por “siglos de atraso social y económico”. La mala situación en el campo y las fábricas, escribe, “daba lugar a disturbios y algaradas que alteraban el orden público e impedían la estabilidad política necesaria para aplicar las reformas adecuadas”. En el capítulo siguiente, el autor equipara a dos grupos de “extremistas”: “Quienes pretendían imitar movimientos europeos de los llamados de derecha, como los de la Italia fascista o la Alemania nazi, y otros los de la izquierda, como la Rusia comunista”. Cogido entre los dos extremos, se hunde el centro, asociado con la civilización, la moderación y el sentido común: “Eran tiempos exaltados, y a quienes pedían sensatez, diálogo y entendimiento mutuo para salvar la democracia no se les escuchaba demasiado”.

En el capítulo siguiente, el autor explica los orígenes de la sublevación con una referencia a la frustración entre los mandos militares por haber perdido protagonismo político y social, y la sensación de “caos” que daban “las revueltas callejeras, sublevaciones e incidentes diversos” que, de nuevo, “alteraban el orden público”. En los primeros meses de guerra, dice, “el odio, la barbarie y la incultura se manifestaron por todas partes”. El transcurso de la guerra entera en la versión de Pérez-Reverte cabe resumirlo en la oración que abre el capítulo 8: “Los dos bandos pelearon con crueldad y también con valentía”.

Lo que tienen en común todos estos pasajes no es tanto su carácter simplificador, quizás propio del género, sino la forma en que reducen fenómenos históricos a fenómenos afectivos y categorías morales profundamente ahistóricos: odio, barbarie, incultura, crueldad, valentía. Como si no mediaran la defensa de privilegios económicos y políticos, la intolerancia religiosa, el afán de emancipación (intelectual, obrera, campesina, femenina), el miedo a la modernidad cultural, o la guerra civil concebida como guerra colonial contra la propia población. Pérez-Reverte, encerrado en un fácil liberalismo de estabilidad y orden público, recae en el antiguo cliché de la locura colectiva: el cliché que tanto auge tuvo en la versión franquista de la guerra a partir de los años sesenta, y que sirvió para dar forma a la Transición. El problema es que ese cliché no sirve para comprender o combatir la violencia: ni la que se manifiesta en “disturbios y algaradas” ni mucho menos la tremenda violencia que puede encerrar la defensa del “orden público”.

Lo que más llama la atención, sin embargo, es el capítulo final del libro: “A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del Rey Juan Carlos, … que había sido designado sucesor por el general Franco. Mediante el jefe de gobierno Adolfo Suárez, … Juan Carlos I volvió a legalizar los partidos políticos, procuró la reconciliación nacional, liquidó el régimen franquista y devolvió a España la democracia”. Final feliz. Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

No hace falta señalar que este resumen final de lo ocurrido entre 1975 y 1978 es altamente discutible y, sin duda, la parte más débil del relato de Pérez-Reverte. Sí merece la pena subrayar que el libro, al terminar como lo hace, deja un enorme e inexcusable vacío. Hay un epílogo que brilla por su ausencia: el largo e intenso debate sobre la memoria histórica y sobre la propia transición; el hecho incontrovertible de que la democracia de 1978 estuvo marcada tanto o más por las continuidades con el franquismo como por sus rupturas con él.

Al renunciar a ese epílogo, el libro socava su misión autoimpuesta —impartir una lección de historia a un público juvenil— y se condena a la inutilidad. Un joven de 13 años que hojee estas páginas en busca de una explicación sobre los muchos años —¡toda su vida!— que equipos de voluntarios llevan exhumando fosas comunes por todo el territorio del Estado, se quedará con las manos vacías. Una adolescente que se pregunte por qué su bisabuelo condenado por el régimen franquista sigue registrado como criminal, también. El libro tampoco vale para un niño que se quede estupefacto al enterarse de que una jueza argentina ha llamado a declarar a su tía abuela sobre la desaparición de su padre en 1936, porque la tía abuela se encuentra desamparada en el sistema judicial español. Además, si el Rey, valiente y solito, “procuró la reconciliación”, ¿cómo explicamos que la Guerra Civil siga suscitando tanta controversia, incluso entre los expertos? O, si “devolvió” la democracia al país, ¿cómo se supone que entendamos la relación entre la Segunda República y la España postfranquista?

Aquí nos damos de lleno con el escandaloso déficit pedagógico de este libro, que es también un déficit democrático. Presenta hechos, no enseña a pensar. Invita a la aceptación pasiva del relato presentado, no a su cuestionamiento, ni mucho menos a un proceso de reflexión crítica que dé sentido a ese pasado. Todo lo contrario: da la impresión de que la historia es una serie de actos y eventos claramente definidos, y congelados en ilustraciones de cómic, que piden que los evaluemos moralmente desde un presente superior, con el fin de sacar “lecciones” fáciles —y por tanto inútiles— de convivencia democrática y sentido común.

Con su visión de la historia como cuento de hadas, Pérez-Reverte no sólo no nos invita a pensar históricamente sino que nos lo impide. En este sentido, quizá su error pedagógico más grave sea que no explica a sus jóvenes lectores cómo se llegaron a establecer los hechos que relata como ya dados, ni cómo el propio autor los llegó a asimilar. Ya que no menciona ni fuentes primeras ni secundarias, el relato histórico presentado surge como verdad revelada. En otras palabras, Pérez-Reverte, al hablar ex cathedra para un público infantilizado al que regala cucharaditas de dulce historia enlatada, oculta lo que el conocimiento histórico tiene de proceso, y por tanto de interpretación y de debate. Un debate que, por cierto, es mucho más esencial para la salud democrática que cualquier mantenimiento del “orden público”.