Otras miradas

La crisis de Ucrania y China

Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China.

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El presidente estadounidense Joe Biden participa en una reunión virtual con el presidente chino Xi Jinping en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca el 15 de noviembre de 2021 en Washington, DC. El presidente Biden se reunió con su homólogo chino para discutir temas bilaterales. Alex Wong/Getty Images/AFP

China sigue con natural preocupación la crisis en torno a Ucrania. De una parte, expresando su crítica al papel de EEUU y la OTAN por su "obsoleta mentalidad"; de otra, midiendo sus acciones para evitar dar la impresión de cualquier interferencia que hipoteque el sacrosanto principio de desarrollar una diplomacia de no injerencia. No siempre es un equilibrio fácil. Ucrania es un referente importante en su Ruta de la Seda. En 2014, la deposición de Víctor Yanukóvich se produjo tras el regreso de un viaje a China, entonces ya su segundo socio comercial, con el que pretendía reforzar el vínculo bilateral. Todo se vino abajo después.

En el detalle, China se sabe ganadora: de haber guerra, eso distraería a Washington de su otra guerra (comercial, tecnológica...) con Beijing; de no haberla, la tensión habrá servido para reforzar los fundamentos y dar nuevos impulsos a la "no alianza" entre Rusia y China; de adoptarse sanciones contra Moscú, esto realzaría el valor de la solidaridad china con el Kremlin. En 2021, el volumen comercial bilateral se elevó un 35,8 por ciento para llegar a cerca de 146.900 millones de dólares. La OTAN empuja a Moscú a los brazos de Beijing. Aun así, globalmente, para los intereses estratégicos de China, es de interés que Rusia resista el embate occidental.

Beijing rechaza la expansión de la OTAN (a troche y moche, no solo hacia el Este de Europa sino incluso hacia Sudamérica, con Colombia, donde EEUU ya dispone de acceso a varias bases militares). La considera expresión de la perpetuación de la lógica de la Guerra Fría y también la vincula con la promoción del AUKUS o la potenciación del QUAD, en su entorno inmediato. Todo ello formaría parte de una misma dinámica orientada a reafirmar la hegemonía occidental haciendo gala del principal instrumento a su disposición, no la fuerza de su economía sino de su poder militar.

En el caso europeo, la estrategia apuntaría a la generación de conflictos que sepulten cualquier posibilidad de "autonomía estratégica" de la UE y atar en corto a Bruselas evitando su acercamiento a Rusia o China ya que eso debilitaría la política de la Casa Blanca. De plantear la "competencia estratégica" en solitario, probablemente estaría derrotada de antemano. A más tensión en Europa, ni habrá Nord Stream 2 con Rusia (lo que supondrá un gran negocio para EEUU) ni se afianzará la relación con China, hoy objetivo principal de todas esas derechas europeas que imperan en las instituciones comunitarias. Para Beijing, por ejemplo, no es casual que algunas capitales, más próximas a Washington que a Bruselas, lideren un replanteamiento de la relación con Taiwán que puede tener repercusiones importantes como las está teniendo ya con Lituania.

Vincular, por otra parte, la posibilidad de una guerra en Ucrania con el estallido de un conflicto similar por Taiwán carece de sentido a día de hoy. En primer lugar, la naturaleza de cada caso es distinta: en uno hablamos de seguridad, en otro de integridad territorial. China no "aprovechará" una crisis para resolver otra, aun en gestación. En Taiwán, la prioridad sigue siendo la solución pacífica por más que se agite el fantasma de la intervención, exagerando la amenaza como patrón mediático por parte de Occidente. El denominador común es que en ambos casos las multinacionales del armamento incrementan de forma mayúscula sus ya pingües beneficios.

China no puede más que sonrojarse cuando EEUU acusa a Rusia de pretender ejercer una limitación de la soberanía de Ucrania al rechazar su adhesión a la OTAN. Y recuerda que el caso de Honduras está muy fresco: Xiomara Castro, la ganadora en los comicios presidenciales, anunció en campaña su intención de romper con Taiwán y reconocer a China. Biden envió entonces a Honduras una expeditiva comisión portando advertencias contundentes respecto a las consecuencias de dicho acto. Todo ello se supone que para preservar la soberanía plena del gobierno hondureño... Por lo pronto, el entorno de Xiomara Castro se desdijo.

A diferencia del diálogo con EEUU a propósito de la creciente influencia china en América Latina y el Caribe, a China le funciona el diálogo con Moscú en relación a Afganistán o Asia Central, donde priman los intereses comunes. Hay reservas y desconfianzas pero se subsumen en un entendimiento general que refleja la disposición para avanzar en la definición de un modelo alternativo.

En el contexto de los JJOO de Invierno y despreciando el "boicot diplomático" instigado por EEUU, el encuentro entre Vladimir Putin y Xi Jinping la próxima semana en la capital china no hará sino constatar una afinidad al alza que hace palidecer aquella "alianza eterna" suscrita en 1950 –que tan poco duró- con base en aquel internacionalismo proletario de antaño. El pragmatismo parece haber tomado el relevo de la ideología. Y con más éxito, sin duda.