Otras miradas

Putin, la OTAN y la melancolía del imperio perdido

Marga Ferré

Co-presidenta de Transform Europe!

Se ve un vehículo dañado tras un combate entre las tropas de asalto rusas el ejército ucraniano en Kiev. —REUTERS/Valentyn Ogirenko

No es fácil se pacifista en tiempos de guerra. Los que blanden los tambores bélicos exigen lealtad férrea y cualquier crítica se torna en acusaciones de apoyo al enemigo. Por eso es bueno aclarar que ser pacifista no es ser equidistante, ni neutral, es no aceptar la lógica de la guerra y la amenaza militar como forma de relacionarnos los seres humanos. El pacifismo es activo, desafiante y muy molesto porque su acción rompe la narrativa narcótica del "conmigo o contra mí", de la exigencia de lealtades incondicionales que toda guerra genera.

El ataque de Putin sobre Ucrania es inaceptable. No puedo ni imaginarme el miedo que deben sentir en el metro de Kiev los ucranianos y ucranianas que se esconden de las bombas y los tanques. Qué barbaridad. Me sumo desde este humilde articulo a lo que exigen el fin de la guerra, la retirada inmediata de las tropas rusas de territorio ucraniano y la apertura urgente de negociaciones.

Pero oponerme a la invasión de Ucrania no me lleva a echarme en brazos de la OTAN, como el discurso dominante pretende que hagamos. Lo ocurrido en Europa es el mejor ejemplo: la misma presidenta de la Comisión que hace unos meses defendía una política autónoma de seguridad para Europa, esta semana anunció grandilocuentemente al lado del secretario general de la OTAN que la Unión Europea y la OTAN son un todo en uno: "One Union, One Alliance" llegó a decir, queriendo parecer fuerte y revelando, al hacerlo, una enorme debilidad. Porque Europa no pinta nada en este conflicto, precisamente, por subordinar su política exterior y militar a las decisiones de la OTAN, es decir, de EEUU.

Hace ya años que Hannah Arendt demostró que comprender no es justificar, así que no nos malinterpreten a los que intentamos entender este conflicto, precisamente para evitarlo, así que lo repito: la invasión rusa de Ucrania es una violación del derecho internacional y una barbaridad bélica, pero eso no tiene que hacernos dejar de ver que la amenaza de la expansión de la OTAN al este de Europa forma parte del problema.

La OTAN es un producto de la Guerra Fría y no tiene sentido que exista. Europa necesita una política de seguridad y defensa propia bajo la égida del derecho internacional y las Naciones Unidas (la OTAN viola la Carta de las Naciones Unidas y no está sujeta a ella). De hecho, la OSCE, la organización para la seguridad y la cooperación europea se creó para eso y este año, que cumple su 50 aniversario, puede ser un buen momento para establecer una estrategia de cooperación y seguridad autónoma, sobre la base del derecho internacional y los derechos humanos como forma de resolver los conflictos.

Hoy toca retomar la larga tradición de lucha por la paz en nuestro continente y oponernos, como tantas veces en la historia, al chauvinismo, el racismo, el imperialismo y los discursos belicistas. Recoger el legado de los Bertrand Russell, Rosa Luxemburgo, Simone Vell, Albert Einstein o Sylvia Pankhust y oponernos, es mi sugerencia, a la imagen de "el enemigo" de "el otro", el "malo", "el que merece ser destruido", insistiendo, como he dicho antes, que esto no significa en absoluto justificar ninguna agresión.

Occidente y la política de bloques

Comprender no es justificar, y en la comprensión de cómo se ha fraguado esta barbaridad encuentro una melancolía por los imperios perdidos y el deseo de restaurar una política de bloques; algo que es esencialmente violento porque enfrenta, contrapone, antagoniza a grupos de seres humanos que no tenemos por qué estar enfrentados, ni culturalmente contrapuestos, ni políticamente antagonizados. Es ficción.

Desde hace pocos años en nuestra parte del mundo ha vuelto con vigencia el concepto "Occidente" y yo sigo sin saber qué es. Imagino lo que quieren decir, pero nadie se atreve a definirlo porque hacerlo lleva, irremediablemente, a una visión racista del mundo. Oigo a un "experto" en televisión decir que los países que se enfrentan a Occidente no tienen valores. Es decir, que, para el experto en franja de máxima audiencia, el pueblo chino, ruso y dios sabe quien más tiene en la cabeza, son gente sin valores. Racismo en estado puro, anunciado desde una superioridad en "valores" civilizatorios occidentales sustentados en la OTAN. Otra vez la melancolía racista del imperio perdido y la añoranza por una política de bloques que se retroalimenta a sí misma.

Una política de bloques que es, además, alocadamente anacrónica: en el siglo XXI el mundo es multipolar, un mundo en el que Asica y China juegan un papel preponderante que disloca la hegemonía estadounidense establecida tras las Segunda Guerra Mundial y apuntalada ideológicamente por la Guerra Fría. El mundo ha cambiado y hay quien parece no querer verlo. Y es un mundo, estoy segura, que quiere construir paz.

Defender la paz, otra vez

Me sumo al pacifismo activo que niega la mayor del discurso bélico: "una guerra para acabar con todas las guerras" se decía para justificar la Primera Guerra Mundial. El "efecto disuasorio", consistente en enviar tropas y armamentos para amenazar, tiene demasiados riesgos porque generar miedo (que es lo que es toda amenaza) no saca lo mejor del ser humano y favorece los discursos victimistas que están detrás de todo discurso autoritario.

Y no lo pienso yo sola: todas las encuestas europeas, Eurobarómetro tras Eurobarómetro, demuestran que el 85% de los europeos defendemos la paz, los derechos humanos y estamos contra las armas nucleares. Que esta terrible guerra no sirva para volver a una nueva Guerra Fría que solo interesa a unos pocos (industria militar incluida) y volvamos a salir a las calles, como ya los están haciendo miles de personas, para frenar la barbarie y luchar contra las guerras.