Otras miradas

¿A la Segunda Restauración monárquica qué le sigue: la Tercera República?

Conxa Rodríguez Vives

Periodista

El rey Felipe VI (i) y Letizia (d) presiden el acto de presentación de la nueva marca de Ifema, este martes en el Palacio Municipal IFEMA, en Madrid. EFE/Mariscal
El rey Felipe VI (i) y Letizia (d) presiden el acto de presentación de la nueva marca de Ifema, este martes en el Palacio Municipal IFEMA, en Madrid. EFE/Mariscal

Los historiadores (me ahorraré nombres y apellidos porque los hay de todos los colores) no se ponen de acuerdo en si vivimos en la Segunda o Tercera  Restauración monárquica o si en 1975 (proclamación) o 1978 (constitucionalidad) se inició la instauración, restauración o re-instauración de la monarquía cuya legitimidad genera también desacuerdos porque fue el dictador Francisco Franco quien escogió el régimen o forma de Estado hereditario para España. Poca legitimidad tenía Franco surgido de una guerra civil provocada y ganada por él. La monarquía española difiere de las europeas en que ha sido la única rehabilitada (otro término, por si no hubiese suficientes) en el siglo XX. No puede compararse en poder político a la de Arabia Saudí, Marruecos o Tailandia. En Europa, es la monarquía de quita y pon; la más parecida a la española es la abolida en Grecia, cuyo Estado soberano lleva décadas con la república (allí, a la tercera ha ido la vencida) más moderna y nueva, junto a la alemana, del Viejo Continente.

El debate académico sobre los conceptos de legitimidad, instauración, proclamación, inmunidad soberana o corrupción de Estado continuará hasta lo imprevisible. Los políticos utilizan estos conceptos según les conviene. Si historiadores y políticos diferencian la instauración de la restauración porque las bases de 1975 son distintas, en democracia liberal, a las de 1874, la discusión será eterna e inconclusa. Mientras, la democracia y el contexto histórico en España deben avanzar. Puestos a intentar establecer criterios unánimes, ¿cuándo empieza la cuenta de las restauraciones, en el siglo XVIII, tras la Guerra de Sucesión, en 1814 con Fernando VII, tras José Bonaparte, en 1870 con Amadeo de Saboya? La monarquía y las instituciones que la avalan funcionan de facto y se perpetúan. Aunque quieran distinguir la instauración de 1975 de la proclamación del 29 de diciembre de 1874 (por dos días no salen los números redondos), Adolfo Suárez viene a ser de facto el Antonio Cánovas del Castillo del siglo XX.

La Primera Restauración monárquica, y Borbónica, con constitución que legitimó al Rey (1876-1923), duró 47 años. Alfonso XIII se prolongó hasta 1831 sin legitimidad constitucional, incluida la dictablanda de 1930. Siguiendo este criterio de monarca legitimado por constitución, en la historia de España (al menos desde 1812) sólo la de 1876 y la de 1978 conllevan restauración monárquica. El resto de constituciones no implican restauraciones monárquicas. La proclamación de Juan Carlos I en 1975 entraña la Segunda Restauración en 1978. En diciembre de este año se cumplirán 44 años de la Segunda Restauración. El récord de duración lo lleva todavía la Primera. En los últimos años, la historia se repite. Juan Carlos I abdicó y ha abandonado España por haber amasado una fortuna y colocarla en paraísos fiscales extranjeros mientras representaba la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley española que prohíbe la evasión de capitales y a él el cobro de dinero como intermediario en asuntos ajenos a la jefatura del Estado y a su asignación oficial. La Fiscalía le reconoce los delitos y la impunidad para ser procesado por prescripción (hasta 2012), inmunidad (hasta 2014) y regularización del año pasado (hasta hoy). Por ser quien es, se ha ido de rositas.

El rey emérito (título inventado por el Gobierno de Mariano Rajoy y la Casa Real) dejó España camino de Abu Dabi el 3 de agosto de 2020 para allanar el reinado de su hijo. Su antecesora Isabel II (notoria también por escándalos financieros) estaba de veraneo en San Sebastián en 1868 cuando le informaron que debía tomar rumbo a París para facilitar la continuidad de la monarquía, que llegó a importar rey extranjero antes de allanar la restauración con su hijo. Alfonso XII dejó la academia militar Sandhurst (Inglaterra) para pasar las Navidades de 1874 con su madre en París y no regresó, puesto que fue proclamado rey.

Una maniobra, la de exiliar a la madre y proclamar al hijo, parecida a la de más de un siglo después de abdicar en el hijo antes de huir por corrupto. Los Borbones son verso suelto en Europa. No tienen tradición y, por lo tanto, abdican a su conveniencia. Las monarquías escandinavas (Dinamarca, Suecia y Noruega) y la británica no abdican, reinan hasta morir; las dos centroeuropeas (Bélgica y Holanda), del mismo origen histórico, se jubilan a la edad adecuada. La Unión Europea, con 27 miembros, no dice ni pío sobre el régimen hereditario de seis de ellos (Dinamarca, Suecia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y España). El principio hereditario, y la biología, no ampara, democráticamente, a ninguno de los ocho.

Continuidad y estabilidad son los conceptos que suelen atribuirse a las monarquías europeas. La continuidad no es precisamente el fuerte de la española de quita y pon. La estabilidad quedó quebrantada desde que Felipe VI, asesorado o intencionado, optó por la reprimenda a Cataluña en lugar del tono conciliatorio cuando simularon en 2017 una república independiente que no se creían ni los que la proclamaban. La mayoría en Cataluña y País Vasco, la izquierda política, sectores apolíticos, medio PSOE y grupos de la derecha de Ciudadanos y PP ven con fastidio la degeneración de la institución monárquica y de la Segunda Restauración. La ejemplaridad de la familia real que solían aducir los aduladores, mejor no entrar en ella. ¿Qué aporta al español medio la monarquía?

La democracia española cumplirá 47 años. Ha demostrado que puede convivir hasta con la extrema derecha, que la utiliza para destruirla (no es nuevo de España ni de Vox). Un avance en democracia, históricamente, eliminaría el factor hereditario, arrastrado al menos desde 1812, del sistema político. En esa cadena de hechos históricos, toca el turno de la Tercera República, cuyos poderes y funciones fije una constitución que garantice la continuidad y estabilidad del Estado y que no se llame ni Felipe ni Leonor. Para que no se repitan los errores de los últimos siglos. Para eso sirve la historia.