Otras miradas

No hay libertad sexual con prostitución

Laura Berja

Portavoz de Igualdad en el Congreso por el Grupo Parlamentario Socialista

Una mujer sostiene una pancarta que protesta "contra la explotación sexual" en una manifestación por la abolición de la prostitución, en la plaza Fuente Dorada, a 17 de octubre de 2021, en Valladolid, Castilla y León, (España).- EUROPA PRESS

"Los Cabales premiará a la chica que más hombres se tire durante el mes que viene con 1000 euros de gratificación". Así se anunciaba un prostíbulo de Jaén hace unos días en sus redes sociales. Me cuesta describir la sensación que me invade cuando leo este mensaje.

Que las mujeres seamos consideradas lo que somos, seres humanos, nos ha costado siglos, reivindicaciones y la vida de muchas mujeres. Sin embargo, la prostitución nos deshumaniza, nos arrebata toda posibilidad de conquistar plenamente nuestros derechos de ciudadanía.

La prostitución nos prostituye a todas. Cuando un club ofrece como mercancía sexual a las mujeres y premia de manera descarada la explotación está participando en la construcción de la imagen de lo que somos las mujeres y de lo que debemos permitir. Está creando un imaginario colectivo misógino.

La prostitución traslada un mandato para todas las mujeres: hemos de estar disponibles para los hombres, para satisfacer sus deseos sexuales. A este fin estaremos destinadas de distinta forma, algunas mujeres a través de las relaciones sexuales ya sean en relaciones estables o esporádicas; otras mujeres serán violadas y las culparán porque trasladaron mensajes contradictorios sobre su consentimiento; y otras mujeres estarán disponibles a través de un sistema que las pone en el mercado.

Una sociedad que legitima un sistema que ofrece la disponibilidad de mujeres para hombres que quieren ejercer la dominación y el control de los cuerpos ajenos, autoriza la idea de que las mujeres debemos estar disponibles siempre. En la sociedad machista en la que vivimos esta es una idea asumida y autorizada. La sexualidad de las mujeres está construida al servicio de los otros, nos socializan para cumplir con el mandato de nuestra disponibilidad sexual, donde el deseo femenino no existe. Si nos construyen para estar disponibles, entonces consentimos "libremente".

Una relación sexual igualitaria, que no responde a ideas de dominación, control y violencia debe ser deseada por ambas partes. Cuando hablamos de consentimiento en realidad estamos estableciendo un mecanismo de regularización intentando dar más seguridad a las relaciones sexuales, sin embargo, solo se consiente lo que viene propuesto desde la desigualdad, lo que ya de partida se construye en términos de dominación-sumisión, porque al contrario de esto, lo que se construye desde la igualdad, se desea. Aun así, entendiendo que el consentimiento en una relación sexual es un mecanismo de control que nos da seguridad a las mujeres. ¿Qué valor tiene el consentimiento si a la vez que legislas para que sea el elemento decisivo para considerar una agresión sexual o no, mantienes vigente un sistema en el que puede comprarse el consentimiento a través de la prostitución? La prostitución desvirtúa el consentimiento sexual de las mujeres.

Lo que un hombre compra en la prostitución es la sumisión de mujeres y lo que supuestamente exime de responsabilidad pública al putero es que ha pagado porque la mujer consienta. El ecosistema donde se produce el supuesto consentimiento cuenta además con proxenetas que se lucran de la prostitución de mujeres y con puteros que las violan porque el dinero se hace cargo de la violación con el aval del consentimiento.

¿El consentimiento es una herramienta válida para regular si hay autorización o no en una relación sexual? Sí, el consentimiento puede ser un mecanismo válido siempre y cuando no exista el mercado negro del consentimiento, es decir, la prostitución. ¿Hemos de avanzar hacia regulaciones que prioricen el deseo sexual de las mujeres y no solo su aprobación en una relación? Sí, el deseo de las mujeres es y deber ser político.

Los marcos de convivencia vienen regulados normativamente por la legislación. El legislativo decide con sus mayorías qué es susceptible de convertirse en producto del mercado y qué no. Los derechos humanos de las mujeres no pueden comprarse y venderse. El consentimiento de las mujeres no puede estar en venta. El sistema prostitucional es una de las grandes deficiencias democráticas de los países avanzados. Naturalizar el proxenetismo y que los hombres acudan a la prostitución supone autorizar la esclavitud y la desigualdad. No hay un día que perder para abolir un sistema que nos avergüenza como sociedad y que da amplio amparo a las grandes mafias que trafican con las mujeres más vulnerables. No hay un día que perder para proteger los derechos de todas.