Otras miradas

El feminismo y el hombre nuevo

Ricard Ribera Llorens
Politólogo

A unos días del 8 de Marzo, Día de la Mujer Trabajadora, es buen momento para analizar cómo el entramado económico, social y cultural del patriarcado nos afecta al conjunto de las personas. Los efectos más evidentes de este sistema recaen sobre las mujeres, especialmente en las de los sectores populares, aunque el modelo social patriarcal también perjudica a los hombres. Los hombres no son ejecutores del machismo como una pieza de un engranaje, sino que también son víctimas, en tanto que el rol de género que se les atribuye amputa sensaciones, valores y comportamientos inherentes a la persona, a la vez que influye en la elección del modo de vida y en las prioridades.

Mujeres y hombres tienen diferencias biológicas, salta a la vista, pero las calidades, defectos y comportamientos que se les presupone en tanto que hombre o mujer, no son fruto de la biología. El sexo femenino y el sexo masculino, el hecho de ser hombre o mujer, es algo determinado por la naturaleza, en cambio los roles que se les impone a cada uno en función del sexo son una construcción social: el género. A la mujer se le adjudican las tareas de cuidado y reproducción no remuneradas, como algo que le es propio, calidades como la delicadeza y el cariño y se le da el ámbito privado del hogar como su reino, del que puede salir para trabajar, pero no puede olvidarlo porque es su responsabilidad.  Mujeres que compaginan hogar y empleo, a menudo en tareas relacionadas con su rol de las tareas domésticas, el cuidado y la reproducción o de apoyo a las actividades importantes que desarrollarán los hombres.

En cambio, al hombre se le presupone el trabajo remunerado fuera del hogar, la autoridad y la inteligencia para desarrollar tareas de importancia, la competitividad, la fuerza, y lo que es muy importante se le atribuye el ámbito público, la capacidad de participar y decidir. Respecto la familia, al hombre se le imagina como el que trae el pan a casa después de un largo día de esfuerzo y relaciones sociales, lo que le otorga una autoridad y prestigio de los que no dispone la mujer. En caso de ser un hombre moderno y concienciado tendrá la decencia de jugar con los pequeños y asumir alguna tarea doméstica (recuerden, los hombres buenos en casa ayudan, no comparten). A los hombres no se les presuponen valores, calidades y actitudes como la cooperación, el cuidado y el cariño, el mostrarse débil, el exteriorizar los sentimientos, no se espera de ellos que se hagan cargo de hijos y ancianos, ese rol es para las mujeres.

Todo lo que no se espera del hombre, sin duda, son partes importantes de la persona, el hecho de tratar a los demás y a las demás desde la supuesta superioridad tampoco ayuda en nada a ningún hombre. Para cambiar la masculinidad, con el objetivo de que los hombres recuperen todo aquello que se les ha negado desde la infancia, también hay que pensar de nuevo las relaciones sociales, sobre todo entre hombres y mujeres, en plan de igualdad, confianza y de aportación mutua entre personas (cada una con su proyecto vital y sus preferencias) y no entre sexos con roles establecidos. Todo ello lleva implícito repensar el modelo de hombre y reforzar el proceso de liberación de la mujer, que lejos de haber llegado a su fin aún tiene mucho camino que recorrer.

Pongamos un ejemplo de los cambios necesarios en las relaciones sociales. En el ámbito sentimental se debe replantear el propio modelo de relaciones y reafirmar la capacidad de escoger qué tipo de relación se quiere y qué papel quiere jugar cada uno. Malos augurios nos esperan si retrocedemos en el camino andado, tal y como indican algunas relaciones entre adolescentes que, soñando en el amor romántico, anulan la individualidad de cada uno y la chica tolera el mando y el control por parte del chico. No hemos consolidado el cambio en ese aspecto, en lo que se refiere a la liberación de la mujer y  mucho menos en el comportamiento igualitario del hombre, y aun así se ha bajado la guardia.

Otro ámbito paradigmático de la masculinidad que amputa al hombre es el tema sexual. Al hombre se le presupone ser un portento, al hombre no se le suponen dudas, nervios o miedos, la potencia sexual cimenta el honor del macho. Se le educa para enfrentar las relaciones con las mujeres desde la superioridad, lo que en sí mismo denigra a la mujer pero también perjudica al hombre que no puede escoger relacionarse en igualdad. Su máxima expresión es la cosificación de la mujer, tomada como un objeto sexual al servicio del hombre, al que se le puede observar por su aspecto y no por ser una persona con inteligencia, sentimientos y sensaciones. El extremo de esto es la prostitución, socialmente está aceptado que el hombre pueda comprar el cuerpo de una mujer cuando y como quiera, para hacer lo que quiera y procurarse el placer a sí mismo desde una postura de superioridad.

La nueva masculinidad necesita enfrentarse a todos estos aspectos, porque está lejos de la igualdad y el trato entre personas, así como debe cambiar la relación con la familia, el hogar y el trabajo. Para repensar todo ello debemos dar el salto de la imagen pública a la realidad, no sirve aquello de "yo ayudo en casa" o el relato de hombres modernos con formación y recursos que nunca soltarán una palabra malsonante sobre las mujeres, pero que su actitud en casa o con las mujeres no cambia tanto. Los hombres, todos, debemos hacer una reflexión sobre los principios que emanan del feminismo para replantearnos a nosotros mismos y nuestros modelos.

El feminismo no es un ataque al hombre, el feminismo debe ser una apuesta por la construcción de un hombre nuevo y la destrucción del patriarcado. Sin repensar al hombre y las relaciones sociales no habrá igualdad. Para dar el salto debemos superar paradigmas caducos entre los que se mueve la izquierda política y social y las administraciones públicas, no podemos hablar de concejalías, secretarías o áreas de la mujer, porque ello supone que al hombre no hay que cambiarlo. Hay que proponer políticas públicas y acciones políticas y sindicales para la igualdad de género, pensadas en hombres y mujeres que trabajan dentro y fuera de casa, que aman, que cuidan a pequeños y mayores, y que participan de la vida social, asociativa y política. Renunciar a alguno de estos aspectos supone negar una parte esencial de la persona.