Otras miradas

Un humanista en Dachau

Rosa Díaz

Historiadora y ha coordinado la edición de 'Un Humanista en Dachau'

Campo de concentración nazi de Mauthausen | Memorial Mauthausen

Hay un monolito en los jardines de Nuevos Ministerios que conmemora la liberación de los españoles deportados a los campos nazis. Allí el pasado 5 de mayo, en una soleada mañana, asistí al homenaje oficial, sin mucho público, aunque con la presencia de dos ministros, el de la Presidencia y la de la Vivienda. Como es sabido, el 5 de mayo de 1945 fue liberado por las fuerzas americanas el campo de concentración de Mauthaussen. Me sorprendió que en el acto no hubiera jóvenes, tampoco ningún colegio o instituto, ningún profesor de historia buscando auxiliarse de una práctica para tratar la II Guerra Mundial o la posguerra española. Apenas había algunos familiares de las víctimas y algún embajador, como el de Austria. Hablaron los dos ministros del Gobierno, la vicepresidenta de la asociación Amical de Mauthaussen y otros campos, y el escritor Manuel Rivas, quien se convirtió en su voz, la de estos prisioneros españoles, interpretando de forma conmovedora la lectura del Juramento de Mauthaussen, un juramento que debería ser de conocimiento obligado para todos nosotros, que debería repartirse en todos los colegios, que debería ser leído en todas las clases de Historia.

«... Tras una estancia de varios años en el campo, comprendemos mucho mejor el valor de la fraternidad de los pueblos. 

... Sobre la base de una comunidad internacional queremos erigir a los soldados de la libertad caídos en esta lucha sin tregua, el más bello monumento: EL MUNDO DEL HOMBRE LIBRE.

Nos dirigimos al mundo entero para decirle: Ayúdanos en nuestra tarea. ¡Viva la solidaridad internacional! ¡Viva la libertad!»

Entre los 16 firmantes, figuraba también el Comité Español.

Esa misma tarde fui al Taller de CTXT para asistir a la presentación del libro Un humanista en Dachau. El libro habla de uno estos españoles, Jose María García-Miranda, profesor y militar, un verdadero humanista en el templo de la barbarie. Santiago Alba Rico hizo una brillante introducción en la que resaltó su figura y nos iluminó, entre otras muchas cosas, comparando los 40 años que los hebreos vagaron por el desierto -a fin de que la nueva generación olvidara la esclavitud- con los 40 años de franquismo -en los que olvidamos la libertad-. Por su parte, Itziar Ruiz-Giménez destacó la tremenda actualidad en el mundo internacional y humanitario de algunos de los dilemas planteados en el libro y el sonoro silencio que envuelve a las mujeres. En cuanto a Rafael Pañeda Reinlein, el autor, presentó su investigación, orientada a rescatar del olvido a su tío-abuelo García-Miranda, recuperando algunos de sus hermosos escritos, junto a otros documentos inéditos de gran interés.

José María García-Miranda Esteban-Infantes, el humanista en Dachau, fue un hombre que recorrió de manera extraordinaria casi todos los acontecimientos primordiales del siglo XX. Se trata de un toledano singular, formado e inteligente, amante de las ciencias y de la naturaleza. Militar indisciplinado, republicano, preso político, marxista primero y libertario después, profesor y astrónomo aficionado, participó en la Guerra Civil como jefe de la Brigada vasco-pirenaica y en febrero de 1939 cruzó los Pirineos camino del exilio junto a su última brigada, la del Ejército Republicano del Este. En Francia fue miembro activo de la resistencia francesa-RIF hasta que, detenido por la Gestapo en diciembre de 1943 junto a 8 jefes del ejército republicano, fue deportado a Dachau. Los denominados "Ocho de Vernet" fueron conducidos primero a la Ciudadela de Perpiñán, después internados en el campo de Vernet D'Ariege y finalmente, tras el desembarco aliado en Normandía el 6 de junio de 1944, deportados al campo de Dachau, no sin antes sufrir mil peripecias, durante dos meses, en el último de los aciagos y tristemente famosos trenes de la muerte.

Se estima en doscientos el número de los españoles supervivientes de entre los 756 allí deportados, pero por Dachau pasaron más de 200.000 prisioneros de más de treinta países. José María fue el único militar español que sobrevivió al horror nazi en este campo. En el momento de su liberación su cuerpo pesaba treinta y nueve kilos; es difícil evaluar el peso abrumador que se había depositado en su alma y su memoria.

Este es un extracto de la carta que, recién liberado, escribió a Lucía, su mujer, el 8 de mayo de 1945:

«Ha sido un año horrible; hemos sufrido malos tratos, vejámenes y tormentos tales que no pueden contarse porque se hace imposible creerlos. ¡Cuántos miles de españoles han perecido, y lo mismo puede decirse de franceses, polacos, etc.!

Los que quedamos vivimos de milagro pues incluso en los últimos días los organismos criminales del nazismo habían decidido exterminarnos ¡y éramos 25.000! para que no pudiéramos hablar ni contar nada de la cámara de los gases, de los palos, del horno crematorio donde han sido quemados nuestros compañeros, etc. etc.

Hemos vivido unas horas de gran zozobra; afortunadamente la oportuna llegada de los americanos hizo fracasar en parte los siniestros planes fascistas y ahora ya vivimos como hombres.»

Charlando con el autor, le hablo de mi visita a Dachau hace unos años y de cuánto me impresionó al entrar, bajo una copiosa lluvia, el estrepitoso silencio que también "caía" sobre el recinto y que enmudecía incluso a los niños que jugaban en el pequeño parque que bordea la entrada. Ni siquiera pude escuchar a los pájaros. Rafael Pañeda me explica que él «había leído sobre la extraña sensación –noche y niebla– que cubre los campos. Es cierta. Pero nada comparable a la impresión que produce estar físicamente en las cámaras de gas. Las imágenes que hemos visto en cientos de documentales de cadáveres amontonados listos para el crematorio han desgastado la experiencia. Hay que estar allí dentro, con el cuerpo y la imaginación, para atisbar el Mal, esa maquinaria de exterminio que devoraba a seres humanos a los que se había negado esa condición y a los que se llamaba untermeschen-subhumanos».

Tras sobrevivir al infierno, García-Miranda volvió a su pequeño pueblo del exilio en el Pirineo francés y malvivió dando clases y algunas conferencias. La lectura de estas conferencias, recogidas en el libro de Pañeda, nos hace disfrutar de una sensibilidad exquisita y una rica prosa: un ejemplo de resilencia a través de la cultura y la poesía.

García-Miranda volvió del exilio en 1957, ayudado por su familia, y permaneció silenciosamente en su amada Toledo, ganándose la vida como profesor particular, hasta sus últimos días. Debió encontrar muchas dificultades para explicar a sus amigos y parientes el horror que había vivido. Cuesta imaginar, por ejemplo, de qué hablaría con su tío Emilio Esteban-infantes, vencedor en nuestra guerra civil y perdedor en la campaña de Hitler contra Rusia, donde fue general jefe de la División Azul, la número 250 de la Wehrmacht.

«Solo una sola cosa no hay -decía Borges- Es el olvido». Pero ¿cómo siquiera olvidar lo que se ha ignorado tanto tiempo? Precisamente para superar esta losa de silencio en tantos hogares españoles que albergan historias parecidas, necesitamos todavía hoy dar a conocer hechos, personas y vidas cuya memoria debe ser rescatada como parte del imperativo moral de hablar con nuestros muertos y como condición política de una convivencia todavía temblorosa. El franquismo fusiló a unas 40.000 personas ya en la posguerra. No podremos olvidar a los muertos hasta que no podamos hablar con ellos, escucharlos, reconocerlos, respetarlos antes de dejarlos finalmente marchar. No podremos pasar nuestra página colectiva hasta que también la mayoría de los españoles rinda respeto y reconocimiento a las víctimas aún desaparecidas en fosas, así como a esos compatriotas masacrados en los campos nazis a los que se negó -considerados "apátridas"- su condición misma de españoles.

En el nivel familiar son los nietos, esa otra generación diferente a la que vagó por el desierto, los que se han ocupado y se siguen ocupando, con muchas dificultades, de este diálogo con los muertos, con el propósito de inspirar la más que necesaria conversación entre los vivos. ¿Tan difícil es lograr a nivel institucional lo que las familias ya están haciendo? ¿O es que haremos un monumento al prisionero desconocido y al desaparecido también?

García-Miranda nos dejó este pequeña y extraordinaria historia de un hombre que luchó y sufrió al lado de muchos y que pide ahora, para sí mismo y para sus compañeros, el ingreso en la memoria común.