Otras miradas

¿Quién se atreve a hablar? El caso de Depp y Heard es solo la punta del iceberg

Ana Bernal Triviño

A la izquierda, la actriz Amber Heard. A la derecha, el actor Johnny Depp.- dpa/ EUROPA PRESS

Gerda Lerner analizaba cómo, a lo largo de la historia, se decidió explotar la capacidad reproductiva y sexual de las mujeres para garantizar los linajes. Así se establecieron métodos para que las mujeres no se rebelasen a ese destino: negarlas y agredirlas. 

Lo primero era crear un relato que negase sus vivencias, tutelarlas bajo excusa falsa de incapacidad, tomar siempre con sospecha el testimonio de la mujer, alimentar el mito de la mala madre, la mala mujer, la mentirosa, humillarla, desautorizarla... Vamos, lo mismo que hoy día. Eso o callarlas por la fuerza a través de la violencia y que ya aprendieran de una vez. Las violaciones y los castigos físicos (no ya los psicológicos) estaban a la orden del día. Entre algunas opciones, la máscara de tortura de hierro (más usadas en Reino Unido y Escocia, aunque adaptadas en otros países). Se introducía un trozo de brida dentro de la boca para presionar la lengua o bien, de forma directa, aplicaban púas u hojas cortantes sobre sus lenguas para callarlas.

De ahí que cuando Olimpia de Gouges habló en Francia, fuera llevada a la guillotina. O que cuando en Reino Unido las sufragistas levantaran la voz, fueran también sometidas a torturas y a humillaciones para conseguir callarlas. Ellas dieron algo de esperanza a aquellas anónimas que veían cómo esas mujeres rompían poco a poco un muro de silencio, aunque eso les llevara también a que les arrebataran la custodia de sus hijos e hijas.

Nuestra historia demuestra que nosotras no quisimos poner a ellos mascaras de tortura ni apalear a los hombres que agredían, sino que fuéramos escuchadas y que nuestro testimonio no fuese invalidado de entrada.

Lo conquistado corre peligro de perderse. A las mujeres que rompieron el silencio con el #MeToo (y otras que siguieron) no le pusieron una máscara de hierro pero sí que fueron calumniadas y señaladas. 

Estos días he leído varios reportajes sobre si el caso de Johnny Depp y Amber Heard puede generar un efecto que silencie de nuevo a otras mujeres, que ya no se atreven a denunciar, sino a ni siquiera contar que han sufrido violencia. Quienes odiaron el #MeToo tenían aquí la baza perfecta: mezclar un denuncia falsa (sin serlo porque ella no denunció), con la negación la violencia de género (cuando el juicio era por difamación, con una sentencia previa que acreditaba malos tratos) y mezclando el sistema judicial norteamericano con el español (que no tiene nada que ver y donde ni hay equipos no de parte). Y todo esto, por supuesto, aprovechando para negar estadísticas oficiales. Porque de este caso, como cuando quiso Rocío Carrasco ser escuchada, como el de cualquier madre protectora que denuncia en los medios que no consigue justicia, como el de la niña de la Manada que fue cuestionada en todo el juicio, y como otras muchas víctimas negadas, lo que quieren es callarnos (con campañas de descrédito añadidas).

El feminismo nunca ha pedido el linchamiento de los supuestos agresores ni el ojo por ojo, sino que la justicia actúe comprendiendo la dimensión de esta violencia. Porque Amber no leerá la machirulada de turno que hayas llegado a escribir, pero sí una amiga, hermana o prima que quizás no sepa cómo pedir ayuda y que ahora piense que es mejor que no. Que la realidad es que aún el 80% de las mujeres no denuncian violencia de género o sexual por miedo. Pero luego, cuando llega el asesinato, ya nada lo remedia. Entonces escuchas: "debería haber hablado antes". Y se las responsabiliza. Pero, ¿cómo ayudaste tú, en tu entorno, en juzgar públicamente a las víctimas?

El machismo ha encontrado su golpe de efecto. Denunciar por difamación a todas las mujeres que hablen y denuncien. Y así, ellas tienen que salir calladas de los juzgados mientras detrás tienen unas pancartas de "Stop Feminazis" con humillaciones y difamaciones continuas y nadie mueve un dedo ante ellas. Ahí nadie menciona ni presunción de inocencia ni difamación. Se les olvida. Hay otras formas de poner hoy día máscaras para callarnos. A golpe de conversación o de tuit. Y con toda la intención de destruirlas.