Otras miradas

Mujer y bisexual: doblemente impostora

Leonor Cervantes Vargas

Estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas y fundadora de Filosofía en Los Bares

Dos participantes se besan durante una marcha anual de celebración del Orgullo en Budapest.- REUTERS

La primera persona a la que escribí por amor fue a un chico; la primera por la que sufrí el dicho que advierte que donde tengas la olla no metas otras cosas fue una chica; mi primer beso en un festival fue con une chique. Mi primer orgasmo fue con una mujer; mi primer viaje en moto enamorada, con un hombre. Mi primera mentira por amor no recuerdo si fue a causa de una chica, une chique o un chico. El mayor amor platónico de mi vida es mujer y jamás se reconocerá en estas líneas, la persona que evito por la ciudad es hombre y tiene merecido que lo rehúya. Sin embargo, a pesar de estas evidencias que jamás me he negado, acabo una y otra vez sintiéndome en junio impostora en el Orgullo. A pesar de que llevo desde los 15 años autodenominándome bisexual y desde los 12 siendo consciente de mi atracción por más de un género, con casi 22 aún sigo peleándome con que antes que bisexual me considero farsante. Haciendo arqueología de mí misma, he llegado al elemento que se mantiene en este asunto a lo largo de los años: la violencia.

Antes de seguir, me veo obligada a hacer explícito algo que no debería ser necesario. La bisexualidad, por lo menos la que yo entiendo y encarno, que es ante todo militante, es en gran medida disruptiva porque escapa de las dicotomías que vertebran nuestro sistema. Ni la bisexualidad es ser un poco homosexual y un poco hetero, pues es algo en sí mismo, ni es la atracción por hombres y mujeres, asumiendo binarismos. Y, por supuesto, tampoco se ancla únicamente en lo cis. Solo puedo remitir al Manifiesto Bisexual, que ya en 1990 dejaba cosas claras: "La bisexualidad es una identidad completa y fluida. No asuman que es binaria o dual en su naturaleza: que tenemos dos lados o que debemos actuar simultáneamente con dos géneros para ser seres humanos completos. De hecho, no asuman que sólo hay dos géneros". Es bochornoso que tenga que emplear espacio para dejar claro esto. Basta ya con los delirios de grandeza entre compas de disidencia acerca de quién puede o no jugar en la pachanguita de fútbol, más aún cuando creo que, todas las que resistimos de alguna manera u otra, hemos sentido en algún momento que éramos las que tenían que pasar en el recreo en la biblioteca porque para ellas no había hueco en el patio. Dicho esto, continuo.

La primera violencia en mi vivencia de la bisexualidad es su borrado sistemático. No encuentro muchos referentes, tampoco historia sobre mi colectivo, ni concienciación contra la bifobia. A su vez, me siento demasiado para algunos, insuficiente para otros, disruptiva para algunos, esquirol para otros. Me cuesta decirme a mí misma que mi orientación no es fruto de la inercia de un momento sobreestimulante en el que "quiero probarlo todo". También me cuesta decirme que no es la guinda progre que me faltaba, la consecuencia lógica de que yo sea de izquierdas. Igualmente, me cuesta decirme que esto no es un banquillo ni un lugar de paso, ni tampoco algo accesorio; sino que, como bisexual, ya estoy en un sitio y ese sitio tiene peso en quién soy día a día.

Cuando en el instituto mi grupo de amigos comenzó a mantener relaciones sexuales yo fui de las últimas, lo que me hizo diana de comentarios. Lo fuerte es que en ese momento yo ya sabía que era bisexual y lo más fuerte es que hacia ya un año, antes que mi grupo, yo ya me había acostado con una chica. Este dato lo tuve meses olvidado, sentía que eso "no contaba". Como siempre en lo relativo a la bisexualidad, eso era "tiempo muerto", complementario, experimentación, nunca algo que diera muestra de mi identidad y la vertebrara. Ahora, años más tarde, escribo este artículo sabiendo que mi madre lo mandará por el grupo de la familia, y que entonces habré "salido del armario" con mis tíos, abuelos, primos... Ha sido hace horas que he reparado en esto y ni siquiera me he puesto nerviosa. Nuevamente, sé que esto será como "quien oye llover", nada serio. No será normalizado porque se considere como normal; sino porque directamente no se considerará como algo en sí mismo. Violento todo esto, ¿no?

La violencia continúa cuando pienso las maneras que, en esta sensación de apátrida, me han llevado a afirmarme: pues como bisexual, me siento en un rito de iniciación constante. Primero sentí que sería verdaderamente bisexual cuando besara a una chica, luego, que no lo sería de verdad hasta que me acostara con una. Posteriormente, asumí que si en serio lo era sería capaz de enamorarme de alguien que no fuera un hombre. Ahora, que ya he hecho lo anterior, sigo sintiendo a veces que si realmente lo fuera habría sido además su pareja. Probablemente, si esto se da, tampoco lo sienta suficiente, y continue exigiéndome pruebas en esta ceremonia de paso en la que nunca me gradúo. Esta sensación no es nueva para mí, como mujer estoy acostumbrada a sentir la necesidad de una voz más adulta y formada que yo que me dé el visto bueno para existir tal y como lo hago. Esta situación, además de paternalista y patriarcal, es violenta.

La violencia no acaba aquí, pues aquello que decide si pasas o no la aduana es, nuevamente, violento. Es común la indignación de mujeres bisexuales cuando observamos, en nuestros amores masculinos, situaciones de celos por vernos teniendo un trato amigable con otros hombres -miradas, conversaciones, risas...- pero en cambio, aún sabiéndonos bisexuales, indiferencia cuando somos abiertamente cariñosas y/o sexuales con otras mujeres. Yo he protagonizado ese enfado: me he sentido negada como bi. Sin embargo, siendo crítica, me pregunto: ¿Qué estaba necesitando para sentirme reafirmada en mi orientación, que mi novio me sacara del brazo de la discoteca y me regañara? ¿Que se me exigiera cortar mi relación con esa colega? Sí, así claramente me hubiera sentido ejerciendo mi bisexualidad, pero a qué precio: ¿al de replicar dinámicas clásicas de control? ¿Al de ser bisexual en tanto que soy también amenazante?

Me pregunto entonces si no hay otras maneras de sentirme considerada bisexual que no pasen por recibir violencia. Lo cierto es que, de la mano de esta necesidad de violencia para demostrar y demostrarme que formo parte del colectivo, he incluso llegado a pensar: "Si yo recibiera un ataque homófobo entonces verdaderamente sería parte del colectivo LGTB+, esa sería la prueba". Esto me recuerda a otra sensación patriarcal, la que sentía con el hombre del que líneas arriba he escrito que evito en las calles. Con él durante meses pensé: "Ojalá un día me pegue y así sienta que de verdad soy una mujer que está en una situación injusta". Como grupos de resistencia a la violencia a la que nos arroja esta sociedad que es inherentemente violenta, lo estamos haciendo mal si no sabemos cartografiar y vivir nuestras disidencias sin movernos nosotras también en parámetros violentos.

Finalmente, como sucede cuando se está expuesta a violencia, he ejercicio yo la misma con otres. Cansada de sentir que nada era realmente válido, he optado por la forma más clara de dar muestras de algo: asimilándome con el sector dominante. He ejercido violencia cuando en mis relaciones con mujeres y personas no binarias he replicado las maneras patriarcales de relación que marca esta sociedad. He sido bisexual actuando como el peor de los hombres heterosexuales. De este modo, no he sabido ver que una mujer me amaba a no ser que me llorara y se desquiciara, porque así me habían enseñado que se probaba nuestro amor. Tampoco he sido capaz de respetar tiempos, miedos e incoherencias. Además, he sido celosa y manipuladora. También he querido que conmigo se fuera posesiva y autoritaria. He buscado homologarme con las cartas que había, para no sentir una vez más que me estaba moviendo en la nada. Y así, no he reparado en que entre nosotres nos estábamos dando lo necesario para construir un tablero nuevo: lenguaje, señales y ritmos propios. Ahora sí puedo verlo.

Escribo hoy esto, movida sobre todo por las ganas de generar más literatura para nuestro colectivo. En el camino, me doy cuenta de que me sirve para reconciliarme conmigo misma. Escribo entonces también para mis adolescentes, jóvenes, adultas y viejas que anden necesitando perdonarse un poco. A vosotras os digo que ni la bisexualidad es un lugar de paso, ni estamos engañando a nadie, ni vamos a estar siempre condenadas al sufrimiento. El Orgullo y la calma también son nuestros. Así que, bisexuales del mundo, escribid y escribidme: estoy aquí para encarnar juntes nuevos sentires.