Otras miradas

Todos tenemos un Vecna

Carla Berrocal

Ilustradora y dibujante de cómics. Autora de 'Doña Concha'


Fotograma de Strange Thin'

Hace años que me gustaba Kate Bush, pero desde que acabé Stranger Things 4 llevo unos días escuchando en bucle Running up that hill. Una y otra vez, obsesiva, le doy al play y la canción me sube placentera al cerebro. Es el gusto del sonido ya conocido, de los ritmos y acordes visitados que amansan. Me siento Max cuando la escucho y levito un poco.

La mayor sorpresa para mí en esta temporada de Stranger Things ha sido su alegoría sobre la salud mental, reconozco que me ha cautivado por su sensibilidad. La lucha contra Vecna me es familiar porque es la lucha que alguna vez hemos experimentado todos: la de una voz malvada que nos sorbe los ojos y nos parte por dentro, aquella a la que nos enfrentamos miles de personas cada día cuando padecemos ansiedad, depresión o las dificultades de vivir con diversidad mental.

Max está herida, y al igual que ella, yo también me he escondido y no he dejado entrar a nadie. -"No me pasa nada" - le dice ella a sus amigos. Y me veo a mí misma diciendo lo mismo alguna vez bajo una apariencia de rostro neutral, de emocionalidad plana, cuando en realidad lo que sentía eran las garras de un enorme sufrimiento que me consumía y del que no hablaba con nadie. Pronunciaba esa frase bajo un abanico de razones que cruzaban mi mente, siendo la razón más habitual que lo hiciera para no sentirme carga ante mis amigos o familiares. Es decir, formaba el germen perfecto para las raíces de cualquier trastorno mental.

A mi juicio, es particularmente interesante la aparición en la serie del personaje de Chrissy, una animadora que tras su aspecto y su vida perfecta esconde un trastorno de alimentación. En ella se puede ver la presión a la que sometemos los cuerpos de las mujeres. Y es interesante porque verlo en una serie mainstream permite, no solo visibilizar los problemas de salud mental, si no que valoremos más el tejido social de los protagonistas. Sin él ocurrirá lo peor, tal y como vemos con la propia Chrissy y después con Fred. Cuando le toca el turno a Max y empieza a padecer los primeros síntomas de estrés -las pesadillas, las migrañas, el miedo intenso-, con sus amistades deterioradas y sola, acabará conducida directa hacia los pies de Vecna, la encarnación misma del terror absoluto. Sin desvelaros mucho más, en un momento de la trama, llevada por el pánico, escribe una carta para despedirse de su hermano Billy. "Durante un tiempo intenté ser normal, pero una parte de mí también murió". Su pérdida violenta, de la que no se recupera, le trastoca el carácter y pierde la luz que solía tener. Se estaba apagando, como yo, como cualquier persona que afronta un duelo y es incapaz de sobreponerse. Me acordé entonces de aquella vez que mi terapeuta me recomendó lo mismo: escribe una carta a la persona que has perdido y dile todo lo que no pudiste. Spoiler: no pude hacerlo y sigo sin ser capaz, es una experiencia demasiado dolorosa. Algún día, quizás. No sé.

 Mientras escribo esto atardece en Madrid. El cielo es rosado, pardo, como la cueva de Vecna. Yo, como Max, también corro lejos de mis fantasmas, atravieso piedras, derrumbes y lloro mucho. Lloro, pensando en los amigos que me gritan al final del túnel mientras intentan cuidarme de mis demonios. Les escucho vociferar mi nombre para ayudar, haciéndome pensar en lo bueno de todo esto para encontrarle sentido. Mientras, el mundo se desmorona a mi alrededor. Running up that hill dice Kate Bush y me pregunto cuántas colinas nos quedan aún por subir.