Otras miradas

Pinchazos y terror sexual. Amigo, date cuenta

Nagua Alba

Psicóloga. Exdiputada en el Congreso de los Diputados

Pixabay
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El ecosistema mediático veraniego siempre me ha parecido complejo de gestionar. Imagino a pobres redactoras y redactores estrujándose el cerebro bajo el ventilador buscando cómo rellenar las cabeceras cuando los cargos políticos se han ido de vacaciones en un periplo similar al de las doce pruebas de Astérix: la mejor paella de Benidorm, cortes de pelo para que tu perro no pase calor, la heladería con los sabores de helado más sorprendentes o las largas colas al amanecer para llegar primero a colocar la sombrilla en la playa.

Es cierto que este verano no ha habido especial escasez de noticias preocupantes; los incendios, las olas de calor y el cambio climático, la pandemia que nunca acaba, la guerra en Ucrania y la crisis energética han servido para rellenar minutos y minutos de informativos cada día más angustiosos. Pero no por ello se ha dejado de caer en la arraigada costumbre de exprimir hasta el extremo cualquier posibilidad de contar algo con una buena dosis de sensacionalismo. Este año, la palabra de actualidad es "pinchazos".

No hay más que consultar un buscador cualquiera para darse cuenta de que los anuncios de mecánicos o servicios de grúa 24h se han visto sepultados por centenares de noticias (a cada cual más aterradora) cuyos titulares contienen la palabra "pinchazo". Parece ser que la mediáticamente ya muy trillada "sumisión química" ha evolucionado y si sales de fiesta este verano ya no solo debes vigilar tu bebida en todo momento, sino también cada milímetro de tu dermis, a ver cómo te lo montas.

Con ello no quiero decir que no deba dársele la dimensión que merece cualquier agresión machista (repito: cualquiera, no solo las espectaculares como la sumisión química o las violaciones grupales). Pero en el caso del tratamiento que se da a estas noticias, hay dos cuestiones que me preocupan especialmente: cómo una vez más nos encontramos ante relatos de terror sexual que nos hacen vivir con miedo, y cómo estos relatos vuelven a centrarse en las víctimas y no en los agresores.

La primera cuestión la analiza maravillosamente Nerea Barjola en Microfísica sexista del poder a través del caso Alcásser. Dice Barjola que "las representaciones sobre el peligro sexual contenidas en los relatos son formas de castigo que tratan de aleccionar, corregir y coaccionar a las mujeres [...] patrones de vigilancia social establecidos, sobre lo que una mujer puede o no hacer, [que] tratan de adoctrinar el cuerpo de las mujeres, vulnerar su capacidad de decisión en un intento de someterlas a un autocontrol y un autodominio continuos". Salvando las distancias con el caso Alcásser y todo lo que  implicó, creo que este verano las mujeres estamos siendo víctimas de un mecanismo similar. La línea editorial más asidua si se repasan las últimas noticias sobre pinchazos podría titularse: "amiga, muérete de miedo". Los artículos y videorreportajes se llenan de ejemplos de diversos lugares y situaciones donde puedes ser pinchada y múltiples consejos sobre qué hacer en tal caso. Cada vez más y más casos. La única conclusión posible es que no hay escapatoria, no puedes salir de noche de manera segura si eres mujer, un demente malvado con una jeringuilla en ristre estará esperándote allá donde vayas. Lo mejor es que seas buena y te quedes en tu casa. Si no, atente a las consecuencias. De nuevo nos expulsan del espacio público a través del terror.

El segundo problema tiene que ver con los sujetos que sufren la violencia y con quienes la ejercen. Muy bien, solo hace falta leer un par de noticias para tener claro quiénes son las víctimas o las víctimas potenciales (básicamente nosotras, todas nosotras). Se escriben líneas y líneas alertándonos y aconsejándonos. Todas podemos empatizar con las agredidas. Pero, ¿quiénes son los agresores? Para eso tendremos que leer entre líneas, se presentan como sujetos oscuros, difusos, fantasmas que acechan en la noche. Tan intangibles que hacen imposible que nadie se identifique con ellos o reconozca en ellos a algún conocido. Las protagonistas son solo ellas y la droga que les inoculan. Todo el mundo está muy cómodo hablando de métodos de sumisión de lo más elaborados y mandándonos a casa a cuidarnos, porque quién va a querer mencionar que el agresor, de forma abrumadoramente habitual, no se parece en nada a ese psicópata borroso apostado en una esquina, sino que perfectamente puede ser tu colega, tu hermano, tu compañero de curro o quién sabe, quizá tú mismo, querido lector. Puede que sea incluso alguien que no busca violar, sino ejercer el poder sobre las mujeres aterrorizándolas. Vaya movida sería darte cuenta de que, si cualquiera puede ser un agresor, toca hacerse cargo de que esto no ocurra; toca decirle a nuestro amigote de fiesta que pinchar a una tía no mola, que es delito; toca no proponerlo como entretenimiento de la noche para reírse un poco; toca asumir que tú puedes ser uno de los malos, y que debes encargarte de no serlo.

Si no visibilizamos esto, la sociedad se centrará en seguir aterrorizando (y disciplinando) a las mujeres para que no las agredan, pero nunca se responsabilizará de los hombres que agreden ni se tomarán medidas que aborden la cuestión como síntoma de un problema estructural que se llama machismo. Volveremos a casa asustadas y bien tapadas mientras ellos se adueñan del espacio público y de nuestros cuerpos. Y se olvidará de que lo que está mal es agredir o permitir que se agreda, no ser agredida. No lo permitamos. Amigo, date cuenta. Amigos, haceos cargo.