Opinion · Otras miradas

Tímida (pero necesaria) defensa de la CUP

Miguel Guillén Burguillos
Politólogo

El gobierno de la Generalitat de Catalunya no ha sido capaz de aprobar su proyecto de presupuestos para 2016. La oposición en bloque ha votado negativamente la propuesta del conseller Oriol Junqueras y el gobierno de Junts Pel Sí se ha quedado solo. El president Puigdemont ya ha anunciado que después del verano se someterá a una cuestión de confianza, pues entiende que ha perdido la confianza de la CUP, que en su día permitió su investidura.

Todas las miradas, una vez más, se han dirigido a las diputadas y diputados de la CUP, que tenían la llave en este asunto, como ya la han tenido en otros muy importantes y como la seguirán teniendo en un futuro próximo. Lo que acontezca en el Parlament de Catalunya, simplificando mucho, está en manos de lo que decida la asamblea de la CUP. Se ha demostrado. Que le pregunten si no a Artur Mas. Y como era también previsible, los ataques hacia la formación independentista y anticapitalista han arreciado, principalmente desde Junts Pel Sí y su entorno. La gente cercana a Convergència está siendo especialmente dura en sus ataques, a través de declaraciones públicas y en las redes sociales. Vuelve, si es que alguna vez se fue, lo que se ha dado en llamar el «PressingCUP».

Vaya por delante que la CUP no precisa de la defensa de este humilde articulista, sólo faltaría, pero he creído necesario hacer una serie de observaciones. A modo de advertencia, ni he votado nunca a la CUP ni creo que lo haga mientras se presente en solitario y no apueste por confluencias amplias de izquierdas, a pesar de que aprecio personal y políticamente a algunos de sus miembros. Pero a lo que íbamos: ¿por qué creo que la CUP no se merece esta retahíla de ataques, insultos en muchos casos? Sencillamente por una razón de peso: porque esta formación está siendo coherente. Ni más ni menos.

Somos muchos los que pensamos que la hoja de ruta de Junts Pel Sí conduce (si es que conduce a algún sitio) a un callejón sin salida, un «cul de sac» que decimos en catalán. Puigdemont prometió 45 leyes y 750 medidas concretas a desarrollar en tan sólo 15 meses, pero la cruda realidad ha evidenciado las carencias y la falta de realismo de esta mal llamada hoja de ruta hacia la independencia. Hacia Ítaca, se atrevían a decir algunos.

Después de casi medio año de nuevo gobierno de la Generalitat la actividad legislativa ha brillado por su ausencia, y el desánimo ya hace tiempo que ha empezado a cundir entre los independentistas de buena fe que el 27 de septiembre del año pasado decidieron votar a la coalición que formaron las organizaciones CDC, ERC, ANC y Òmnium. La palabra «referéndum» ha vuelto a la palestra, y lo que parecía una «pantalla pasada» ha vuelto a aparecer en boca de no pocos dirigentes de Junts Pel Sí. Aquí no es casualidad que En Comú Podem, que hizo bandera del referéndum en la anterior campaña de las generales, se convirtiera en primera fuerza en Cataluña. Xavier Domènech lo ha repetido hasta la saciedad: reclamamos un referéndum vinculante, que permitiría desbloquear la situación. Algo que también han reclamado pública e insistentemente líderes como Pablo Iglesias, Íñigo Errejón o Alberto Garzón. Porque, sinceramente, creo que sin un referéndum vinculante y sin una negociación con el Estado el proceso hacia la independencia no es viable. Y habría que ver si más del 50% de la sociedad catalana apoya la independencia en este hipotético referéndum…

Pero volvamos a la CUP. Digo que han sido coherentes. Y lo han sido porque, a pesar de que son muchas las voces internas en desacuerdo con el posicionamiento final en la cuestión de los presupuestos de la Generalitat, no podían apoyar unas cuentas «autonomistas» que consideran  insatisfactorias, contrarias a los principios que defienden. La diputada Eulàlia Reguant ha explicado en su intervención en el Parlament que «los planteamientos de política social y económica que defendemos desde la CUP son radicalmente opuestos a los que se plantean desde Junts Pel Sí». También ha dicho que «estos presupuestos son mejores que los anteriores, pero son manifiestamente insuficientes para paliar algunos de los problemas que podríamos afrontar ya». Según Reguant, «los presupuestos son insatisfactorios a nivel social, una muestra del arrodillamiento de las políticas públicas a los intereses de los poderosos», etc. La diputada anticapitalista ha recordado que «para nosotros estos presupuestos deben emitir una señal muy clara de firmeza. Deben mostrar (…) que el proceso de independencia va de verdad. Ante esto tenemos unos presupuestos que claudican ante Montoro».

Una dura intervención, sin duda, que ha puesto muy nerviosos a los diputados de Junts Pel Sí y a muchos de sus votantes y simpatizantes alrededor de toda Cataluña. Y hay quien ya empieza a dudar de si algunos dirigentes de Junts Pel Sí realmente quieren alcanzar la independencia, o si por el contrario solamente pretenden mantenerse en el poder. Que la CUP quiere llegar a su particular Ítaca no se puede poner en duda, estés a favor o no de sus planteamientos y actuaciones. Y si la independencia se quiere hacer unilateralmente, en algún momento habrá que desobedecer al Estado español. Una vía a mi juicio suicida, pero que defienden no pocos diputados independentistas y muchos de sus votantes.

Se habla de las dos almas de la CUP. no sé si con razón. Aquí me gustaría detenerme brevemente a explicar los conceptos que Max Weber denominaba «ética de la convicción» y «ética de la responsabilidad». El primero haría referencia a la convicción de un político que se rige solamente por principios morales y donde siempre se deben respetar estos principios, independientemente de las circunstancias. Hacer lo contrario sería ilícito. Por su parte, la ética de la responsabilidad sería aquélla basada en la acción, es decir, la verdad continuaría siendo el principio moral de referencia, pero quizá no se pueda aplicar siempre de forma automática y en ocasiones habrá que ceder con quien estemos negociando.

En el caso de los presupuestos de la Generalitat, parece que en la asamblea de la CUP ha predominado la llamada «ética de la convicción», es decir, independientemente de la circunstancia (en este caso decidir si se presentaba o no una enmienda a la totalidad de los presupuestos elaborados por Junts Pel Sí), los anticapitalistas se han mantenido firmes en sus principios, a pesar de que ello pueda producir (esto está por ver) un descarrilamiento del proceso independentista en Catalunya. Algunas voces, más en la línea de la «ética de la responsabilidad», estaban dispuestas a ceder y apoyar el proyecto de presupuestos de Junts Pel Sí. Se trataría de una posición no maximalista, y por tanto con predisposición a hacer concesiones si con ello se colabora en la consecución del objetivo principal, esto es el camino hacia la independencia. El politólogo Quim Brugué dice que «cuando contrastamos los sueños (ideales) con la práctica (realidad), la política se convierte en un terreno abonado para la frustración».

Optar por la «ética de la convicción» es lícito. Como lo hubiera sido hacerlo por la «ética de la responsabilidad». Pero nadie podrá decir que la CUP no ha sido coherente con sus principios en su decisión. Yo en particular opino que en política debemos guiarnos primordialmente por la «ética de la responsabilidad», porque las posiciones maximalistas, férreas y rígidas no ayudan a avanzar en las decisiones. Con una concesión sin duda decepcionarás algunas personas, pero la misión de un político es tomar la decisión más acertada para el conjunto de la sociedad, aunque con ello decepciones a determinados sectores.

A la vuelta del verano, un nuevo capítulo de este culebrón procesista de nunca acabar: la cuestión de confianza de Puigdemont. ¿Qué decidirá la CUP? ¿Convicción o responsabilidad? Ya veremos.