Otras miradas

COP27: de la decepción a la rebelión

Miguel Pajares

MIGUEL PAJARES Antropólogo social y autor de los recientes libros 'Refugiados climáticos, un gran reto del siglo XXI' (Editorial Rayo Verde) y 'El legado' (Editorial Alrevés)

Una joven sostiene una pancarta en la manifestación por el clima para exigir un cambio en el sistema energético, en la Plaza Mayor, a 23 de septiembre de 2022, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

La cumbre de Sharm el-Sheij que se inicia este domingo llega tras un año en el que la acción de los gobiernos que allí se reunirán ha tenido poco que ver con sus promesas climáticas. Las promesas habían sido rutilantes, sobre todo las realizadas a partir del 2019. En ese año, el Reino Unido se comprometió a alcanzar las cero emisiones netas en el 2050, y después fue concretando objetivos a medida que se acercaba la cumbre climática de Glasgow del pasado año. La Unión Europea presentó su Pacto Verde a principios del 2020, y ya en pandemia lanzó su paquete de ayudas públicas Next Generation, con el que ponía grandes cantidades de dinero al servicio de la transición energética. Además, se comprometió a haber reducido sus emisiones en el 2030 un 55 % respecto a las del 1990, lo que equivalía a reducirlas más o menos a la mitad respecto a las del 2019. Estados Unidos también compitió por el título de campeón climático: en cuanto Biden asumió la presidencia, canceló el controvertido oleoducto en construcción que procedía de Canadá, el Keystone XL, y propuso un plan billonario para desarrollar la energía limpia, además de prohibir las perforaciones petrolíferas en tierras federales. China también mejoró sustancialmente sus compromisos climáticos, prometiendo ser neutra en carbono en el 2060. Otros países también asumieron compromisos similares.

Sin embargo, las decisiones prácticas tomadas por los gobiernos no concuerdan con esos compromisos. El gobierno estadounidense comenzó enseguida a incrementar los permisos de perforación petrolera. En su primer año de mandato, hasta finales del 2021, Biden había aprobado más permisos de perforación en tierras públicas que los que aprobó Trump también en su primer año; y después, con la guerra de Ucrania en marcha, aprobó muchos más. En consecuencia, en este año 2022, Estados Unidos ha dado un fuerte impulso a su producción de petróleo y gas. Canadá batió el récord de su producción en el 2021, y en el 2022 se propuso seguir aumentándola, pese a que su petróleo procede de arenas bituminosas y es altamente emisor. El Reino Unido no ha dejado de otorgar nuevas licencias para la exploración de petróleo y gas en el Mar del Norte, ha dado marcha atrás a su principal medida ecológica, el plan de viviendas de bajas emisiones de carbono, y ha seguido con un plan de carreteras y ampliaciones de aeropuertos que es antagónico con cualquier promesa climática (y ello con independencia de quién haya sido primer ministro en los últimos tiempos). Noruega también prometió una reducción de sus emisiones a la mitad en el 2030, pero ha seguido aumentando sus planes petrolíferos. La Unión Europea tampoco traslada sus promesas climáticas a sus planes de suministro actual y futuro de combustibles fósiles, y algunos países miembro incluso están aumentando el uso del carbón desde que se inició la guerra de Ucrania.

La consecuencia de tanta disonancia está explicada en el informe que ha preparado Naciones Unidas para la cumbre de Sharm el-Sheij. Lo que ese informe nos dice es que, con las políticas actuales de los gobiernos, las emisiones en el 2030 serán un 10,6 % mayores que en el 2010, lo que equivale a unas emisiones similares a las del 2021. La promesa de haberlas reducido a la mitad habrá quedado completamente incumplida.

En el 2019, Naciones Unidas nos dijo que si queríamos tener alguna posibilidad de poner freno al calentamiento global, las emisiones tenían que descender un 7,6 % cada año desde el 2020; y en otro documento del 2020 señaló la forma de lograrlo: una reducción del 6 % anual en el consumo de combustibles fósiles. Pero esto es justamente lo que no estamos haciendo; no hay ningún plan de reducción progresiva en el consumo de combustibles fósiles; y así nos va: en el 2021 se produjo el mayor incremento de emisiones de la historia, según la Agencia Internacional de la Energía. Y, pese a ello, los gobiernos irán a la cumbre como si aún estuvieran en condiciones de cumplir sus promesas de futuro. ¿Cómo esperan lograr tal cosa? ¿Qué alegan? Lo mismo que tantas corporaciones multinacionales que en los últimos tiempos también se han comprometido con los objetivos climáticos: no cuentan con hacer (las corporaciones ni siquiera lo pretenden) una reducción progresiva en el consumo de combustibles fósiles, sino que todo lo fían a otro tipo de soluciones, y la principal de ellas es la captura de la atmósfera del dióxido de carbono que los combustibles fósiles emiten.

Pero nada hay tan alejado de la realidad como semejante pretensión. Las dimensiones que puede alcanzar la captura de CO2, sea plantando árboles o por métodos tecnológicos, están a una escala que nada tiene que ver con el que emitimos. Ahora capturamos por métodos tecnológicos el 0,1 % del emitido y nadie prevé que esto pueda multiplicarse por diez antes del 2030, de modo que en ese año a lo sumo estaremos capturando el 1 %. Y captar mucho carbono plantando árboles, cuando vemos el ritmo que tiene la deforestación, resulta quimérico. La idea del cero-neto para el 2050, basada en que podremos capturar en ese año tanto como emitamos, es la más peligrosa falacia de nuestro tiempo. Sirve para retrasar el descenso en el consumo de combustibles fósiles sin que haya ninguna garantía de que podremos revertir el exceso de emisiones. Como dijo Robert Watson, el que fue presidente del IPCC, «el cero-neto es una trampa tendida por los industriales y los gobiernos para engañar al mundo».

A la cumbre de Sharm el-Sheij llegamos con unos compromisos que ya en las anteriores cumbres tenían mucho de ficticios, y con una apuesta por el incremento en la producción de combustibles fósiles derivada de la guerra de Ucrania que da al traste con lo poco que pudieran tener de reales. Pero, además, esta cumbre será especialmente decepcionante.

El asunto más destacado de la cumbre será la creación de un mecanismo para que los países ricos financien las pérdidas y daños que causa la crisis climática en los países que más la sufren, que son los más pobres. Este fue un asunto ya planteado en la COP del 2010, y en la de París del 2015 los países ricos se comprometieron a aportar 100 000 millones de dólares anuales desde el 2020 (no es una cantidad muy grande: a modo de comparación, 100 000 millones de dólares fueron los beneficios que obtuvieron las 28 mayores petroleras en el primer trimestre del 2022). Pero ese compromiso, pese a ser muy insuficiente, no ha sido cumplido. En el 2020 se dijo que se habían alcanzado los 80 000 millones, pero la mayor parte de ese dinero se dio en forma de préstamos, no fueron ayudas, como confirmó la OCDE en el 2022. ¿Asumirán la semana próxima los países ricos un compromiso real de financiación de los daños climáticos? Es muy dudoso; con la guerra de Ucrania en marcha y todo lo que ha derivado de ella, las prioridades de los gobiernos son otras.

Por otra parte, la cumbre se celebra en un país, Egipto, con decenas de miles de presos políticos, en un ambiente denunciado por Human Rights Watch como de represión generalizada contra las organizaciones de la sociedad civil, incluidas las ambientalistas que tendrían algo que decir durante la cumbre. En Sharm el-Sheij habrá jóvenes organizando debates, e incluso manifestaciones, pero serán los que le convengan a la dictadura salida del golpe militar del 2013; no habrá las protestas masivas que suelen producirse en otras cumbres. Incluso Greta Thumberg ha renunciado a estar presente. En esta cumbre no habrá nadie que pueda avergonzar a los líderes políticos; nadie que pueda echarles en cara que están haciendo unas promesas de reducción de emisiones para el 2030 que no van a cumplir en absoluto.

Será una COP más perdida, cuando los impactos del cambio climático ya están produciendo pavor; cuando Naciones Unidas nos dice que no nos queda más tiempo que perder. En el informe de este año de «evaluación global sobre la reducción del riesgo de desastres», Naciones Unidas se atreve por primera vez a decir que el cambio climático amenaza con el colapso de la civilización; dice que pueden irse produciendo sinergias cada vez mayores entre la destrucción de ecosistemas, las vulnerabilidades económicas y los desastres climáticos, y que ello crea un escenario de riesgo de «colapso global».

Esto, por suerte, ya lo saben muchos jóvenes en el mundo, y muchos científicos, y muchas otras personas. La rebelión contra la colosal amenaza que supone la emergencia climática dio un gran salto en el 2019. Lamentablemente, la pandemia frenó el impulso que había cobrado, pero en los últimos meses está volviendo a recuperarse. Se ha acabado el tiempo de las promesas gubernamentales que siempre están a diez o treinta años vista, mientras las economías siguen haciendo lo de siempre y la amenaza climática se agiganta. Es hora de hacer los cambios radicales e inmediatos que la emergencia requiere, y los rebeldes lo saben.