Otras miradas

The Last of Us, Brasil y la amenaza zombie

Guillermo Zapata

Imagen del videojuego 'The Last of Us'

El camino de Joel y Ellie, los protagonistas de "The Last Of Us", videojuego que estrenará la semana que viene su esperada adaptación seriada, camina sobre la construcción del afecto en medio del apocalipsis. Por ser mas concretos hablamos de una pandemia (el juego es de 2013) que produce una mutación que convierte a los seres humanos en caníbales. Pandemias que convierten en zombie a una humanidad sin recursos e indefensa, me quiere sonar.

Joel pasa de considerar una carga a Ellie a identificar en ella a un ser humano. Alguien que merece ser cuidado y protegido. Ellie por su parte madura intentando preservar lo que la hace humana. La segunda entrega de The Last Of Us nos hablara de su vida posterior. Todo lo que sucede fuera de este esquema (que es mucho) es lo que hace a The Last Of Us un hito en la historia de los videojuegos. Desde encarnar en uno mismo como jugador no tanto las decisiones de los personajes sino más bien la ejecución de dichas decisiones sobre las que poco o nada tenemos que decir, convirtiéndote en cómplice forzoso de un ecosistema durísimo en nivel emocional, a los propios vericuetos de una trama donde la esperanza parece haberse evaporado. Esa es, quizás, la base de las historias de zombies contemporáneas. La disolución de la esperanza y su sustitución por diversas formas de supervivencia.

Lo zombie siempre ha sido un contenedor excelente para la metáfora social de mayor o menor trazo grueso. Desde La Noche de los muertos vivientes de George A. Romero hasta la exitosa serie de tebeos y posterior éxito audiovisual The Walking Dead. La apuesta de The Walking Dead, que terminó el pasado 20N (No es una broma, es una serendipia), es precisamente sustituir la metáfora social concentrada por un "supervivencia intensa de largo recorrido". La hipótesis inicial del creador de la serie de tebeos, Robert Kirkman, era plantearse qué pasaría si el apocalipsis zombie se extendiera sin un aparente horizonte final. El juego de lo zombie siempre nos devuelve una hipótesis sobre nuestra sociedad y su respuesta a la catástrofe. Si en The Walking Dead llegaban a manifestar en voz alta "Los zombies somos nosotros" siguiendo esa pésima costumbre de las ficciones hoy de exponer sus temas en voz alta no sea que alguien se pierda, lo que hace The Last Of Us es darle tono emocional y complejidad a esa idea de la humanidad como resto y minoría en un mundo que ha transformando toda emoción en hambre.

Como digo, lo zombie permite analogías de mucho tipo. Desde críticas a la sociedad de consumo en Zombies Party (Shawn of the dead en el fabuloso juego de palabras original) a las oleadas furiosas de Guerra Mundial Z que han sido utilizadas como metáfora de la migración en campañas de la extrema derecha. Es un concepto elástico que suele apuntar hacia abajo. No hay muchas ficciones de aristocracia zombie. Los zombies son cosa de mayorías. A la minorías aristocráticas siempre se les ha reservado el papel del vampiro en el reparto de los monstruos.

En los últimos dos años hemos asistido a una producción de imágenes-zombie de primer nivel. Hablo de los dos asaltos a instituciones protagonizadas por la extrema derecha tras sendos procesos electorales en EEUU y en Brasil. Las dos con elementos comunes y, de nuevo, serendipias en imaginarios y acciones. Las dos con cierta connivencia de partes del Estado, las dos con líderes-vampiro que se desentienden de sus masas-zombie cuando las cosas se ponen complicadas. Las dos fracasadas.

La condición de zombie de estos dos momentos políticos viene para mi del extraño comportamiento de la gente que participaba en los mismos una vez habían conseguido su objetivo. La imagen de personas deambulando por los pasillos del poder, sentados en sillas reservadas a diputados, gritando consignas que se agotan sin que termine de pasar nada producen una especie de parálisis, de búsqueda de un tiempo detenido y representan bien esa especie de simplificación del mundo por el cual la toma de un edificio físicamente es la toma del poder y cómo esa idea se evapora ante sus ojos y, acto seguido, convierte en zombie todo el entusiasmo furioso que había detrás de ella.

El propio entusiasmo ya era un entusiasmo zombie. La zombificación no es más que la disolución de lo humano a una única pasión ciega: el hambre. Repetición y hambre en cuerpos emocionalmente vacíos es lo que define a un zombie. Los zombies de nuestras democracias se han alimentado de fake news, que no son exactamente mentiras, sino más bien relatos apocalípticos del mundo. Su entusiasmo voraz se ha llenado de apocalípsis, de derrota del mundo. Creen que vienen tiempos horribles, que los representantes políticos han sido sustituidos por monstruos, que se viola de forma sistemática a niños indefensos en el sótano de pizzerias, que la ciencia que nos cura en realidad nos está volviendo, efectivamente, zombies, que el reino de dios nos ha avandonado, que el mundo está habitado por perversiones del cuerpo en forma de personas trans, mujeres, gays, abortos, etc. El mundo que creen salvar es un infierno inhabitable, puro apocalipsis. En Brasil y en EEUU la conexión entre fundamentalismo religioso y extrema derecha está perfectamente investigada. Son zombies que niegan los problemas reales que tenemos para sustituirlo por ficciones apocalípticias.

Decir, sin embargo "los zombies son ellos" no resuelve el problema, aunque lo describa. Porque en las historias de zombies el problema nunca está en los zombies. Los zombies son el síntoma del problema. Los zombies padecen, aunque no lo noten. Son víctimas de el Mcguffin de turno: una pandemia, un vertido tóxico, una bomba, etc. Y la solución siempre está en otro lugar. Igual que la solución a estos dos asaltos está en otro sitio. ¿Quién los promueve? ¿Quién los financia? ¿Quién les da de comer?

En definitiva, para acabar con los zombies hay que buscar a los vampiros y darles caza. Y entre tanto, aprender con toda su dureza lo mismo que aprenden Ellie y Joel. Que solo sobrevivimos de los zombies a través del afecto, a través de la reconstrucción de un lazo social que se tiene que dar en un mundo donde la zombificación existe y es una amenaza, pero también recordando que no es la única que existe. Es más, que es minoritaria. A veces, si solo vemos zombies, se nos olvida todo lo demás, que es donde está la salida.