Opinion · Otras miradas

Quién mató a Samuel, el Aylan español

Elena Cabrera

Periodista de la Fundación porCausa

Elena Cabrera
Periodista de la Fundación porCausa

Ninguna madre pone en peligro la vida de su hijo si no es porque huye de algo peor. En la madrugada del 11 de enero, una mujer congoleña que se subió, en la costa de Tánger, a una torpe lancha hinchable, junto a su hijo de unos seis años y una docena de personas más. Estaban dispuestos a cruzar el Estrecho, a pesar de la noche y el frío.

Ella está muerta y su hijo, al que llamaremos Samuel, también. No podemos preguntarles por qué arriesgaron así su vida. Pero, sinceramente, da igual. Sabemos la respuesta: ninguna madre pone en peligro la vida de su hijo si no es porque huye de algo peor.

Los activistas que trabajan en el norte de África lo saben. Las fuentes que manejamos en la Fundación porCausa nos lo confirman sotto voce: la presión de Marruecos sobre los migrantes que esperan y buscan la manera de llegar a Europa se está haciendo insoportable. Los defensores de los derechos humanos agarran megáfonos y lo dicen en voz alta. Siendo hechos y los porqué son tan evidentes, la sociedad civil no entiende porqué el Gobierno Español no interviene.

Quizás la explicación es la siguiente: el Gobierno sí interviene. A su manera.

La presión marroquí empuja a las personas a salir de allí y solo hay tres caminos para hacerlo: tierra, mar o aire. El aire está descartado sin visado, un simple papel tan quimérico para muchos extranjeros como el unicornio rosa. Para evitar el paso por tierra ya nos hemos encargado, desde 1990, de levantar poco a poco una valla asesina en los dos enclaves que España (Europa) tiene en territorio africano: Ceuta y Melilla. (Una delimitación fronteriza diseñada para matar y que cientos de personas están solicitando su modificación). Solo queda una salida: el mar de Alborán.

El Alborán es un lugar hermoso, delimitado por acogedoras bahías e intrépidos cabos, atisbado desde las ciudades de Motril, Cartagena, Alhucemas o Nador. Más hacia el oeste, al otro lado del Estrecho, las costas de Tánger se miran frente a frente con las de Cádiz y su mítica playa de Zahara de los Atunes, destino de muchos veraneantes. Toda esta retórica de la belleza de nuestras costas se vuelve un esperpento grotesco, falso y estúpido cuando aparece un cuerpo inerte de un niño de seis años sobre la arena de la playa de Barbate, arrojado allí por la marea.

Y el espectáculo se le va de las manos a las autoridades cuando el subdelegado del Gobierno en Cádiz hace una timorata y vergonzosa comunicación pública de este hecho, como si quisiera restarle importancia.

Los sutiles mecanismos de control han sido activados. El letargo post shock en el que flota la opinión pública tras la conmoción que provocó la fotografía de Aylan no se va a romper con la muerte de Samuel, como ya sabíamos. Y no es porque seamos insensibles a las muertes sino porque hemos sido convencidos de que no somos responsables.

Hay un relato que nos hemos creído y hemos interiorizado. Es una historia que cuenta que nadie tiene la culpa: ni el subdelegado que lamenta los hechos, ni el presidente al que no le gustan las fronteras, ni el secretario general que condena las actuaciones. Nadie ha puesto ahí un desierto que mate de sed a los que huyen de otras muertes. Nadie ha colocado un mar ahí en medio que hace zozobrar las zodiacs. Y nadie ha levantado una valla que desgarra las piernas y los brazos, que deja caer los cuerpos desde seis metros de alto, que flanquea puertas que solo se abren hacia Marruecos.

Fin de la ironía. España es responsable. Ninguna madre pone en peligro la vida de su hijo si no es porque huye de algo peor.